Carmen de Pablos Martín
¿Te has preguntado alguna vez cómo era la mujer de los tiempos del románico? No, no me refiero a las encumbradas damas de la nobleza de las que todos hemos oído historias sino a las invisibles, a las que vivían y morían en las pequeñas villas y aldeas, a aquellas mujeres sin nombre que, de forma anónima, contribuyeron al éxito de la repoblación del casi vacío sur del Duero en la entonces llamada Extremadura castellana de los siglos pleno medievales.
Sabemos de ellas a tenor de la documentación existente, como los fueros locales, e interpretamos por ella que vivían a la sombra de los hombres, desde una posición de subordinación, en casi todos los ámbitos de su vida. Su familia y el vecindario más cercano era todo su mundo, un universo muy restringido y con frecuencia agobiante.
Eternamente menor de edad y secundaria sin derecho a premio, la mujer, salvo excepciones en las clases más privilegiadas, no tuvo voto y apenas voz, y eso sin hablar de las campesinas, artesanas, viudas, pobres, enfermas o sectores marginados que compusieron realmente la mayor parte de la población en la Edad Media.
La mujer de los tiempos de la repoblación tampoco formaba parte de la clase militar, ni de la clase política ni de la clase administrativa, ni de la gremial, que empezó a gestarse entonces, y… sin embargo fueron indispensables en la tarea repobladora por derecho propio y contribuyeron al desarrollo de villas y aldeas.
En fin, esta sería una burda descripción de un retrato impreciso, borroso, que requeriría sin duda una buena dosis de investigación y ¿por qué no? también de imaginación, pero, se me ocurre que, quizás, la representación más plástica de la mujer de entonces, en el mundo rural, la seguimos teniendo muy a mano, sin ir demasiado lejos: quedó plasmada, a falta de otros registros, en los sobrios templos románicos de nuestros pueblos y aldeas.
Posiblemente conozcas muchos de ellos y tendrás forjada una idea al respecto. ¿Coincidirá con la mía? Al menos espero que compartamos que el románico rural nos invita a comprender cómo se percibía a las villanas y aldeanas en esos siglos del cambio, aunque, como siempre, de forma abiertamente manipulada, orquestada esta vez por la Iglesia.
Lo cierto es que, aun asumiendo que las diversas interpretaciones de la escultura y la pintura románica pueden ser más que discutibles, mujeres de todas las clases sociales y de todos los estados civiles se asoman desde las decoraciones de nuestras iglesias rurales y retratan una comunidad parroquial en la que ellas, aun en segundo plano, nos ilustran sobre esa sociedad en la que les tocó vivir.
Para esta primera aproximación a ese álbum fotográfico esculpido en piedra, he escogido una pequeña zona de la provincia de Segovia, no especialmente rica en iconos artísticos, pero muy estimulante, con una naturaleza rica en senderos y contrastes y un amplio repertorio de actividades de ocio que permiten intercalar románico y medio natural. Me refiero a la cuenca del río Pirón, muy próxima a la capital segoviana.
Los valles que forman el río Pirón y su afluente el río Viejo se extienden en el área de pastos que anuncia ya el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama y nos deparan cañadas y cordeles, pequeños cortados y un extenso cañón poblado de álamos, sabinas y encinas que aún protege restos de civilizaciones pretéritas.
Pero hoy, además de un estimulante recorrido senderista aprovechando la mañana otoñal, te invito a aprovechar la tarde para observar lo que normalmente pasa desapercibido, los retratos pétreos de hombres y mujeres del románico que poblaron esta tierra hace ya nueve siglos y que siguen enfrentándose año tras años a la dura climatología segoviana.
Créeme. Nuestras pequeñas, y a veces sosas iglesias rurales, se convierten, cuando les prestamos atención, en un interesante repertorio de vicios y virtudes, un espejo, no sé si cóncavo o convexo, de la sociedad medieval. Capiteles, arquillos, canecillos, metopas y arquivoltas hablan por sí solos. Y, además de la iconografía religiosa, mucho más conocida y reconocible, el románico rural, el románico popular o concejil, sobre todo del este de la provincia, el del valle del Pirón, nos ofrece un interesante repertorio profano, con un carácter etnográfico notable.
¿Era esta iconografía una simple decoración, un repertorio de exempla o un reflejo de la vida de la época? ¿Te animarías desde aquí a dar un paseo, aunque sea virtual, por ese románico rural del Pirón en clave femenina? Si es así, como en un juego de pistas, te reto a que reconozcas allí, in situ, las imágenes que aquí te adjunto en forma de boceto, si es que te decides a visitar sus templos. Prácticamente todas las encontrarás en el exterior de los templos.
No es la mujer un tema recurrente en la escultura románica, ni mucho menos, pero, aun de forma asimétrica con el varón, siempre aparece en cualquier pequeño templo olvidado. La clave está en mirar siempre hacia arriba, a los capiteles de las galerías porticadas y a los aleros de las iglesias rurales. Ahí están.
Es curioso, pero, si observas con atención, serás capaz de imaginarla incluso en su aspecto físico, conocerás su edad, su clase social y hasta deducirás su estado civil: las casadas con sus tocas, las doncellas con sus cabellos sueltos, las damas de alta cuna con sus ricos ornamentos o las humildes aldeanas con sus sencillas túnicas.
Así ocurre en la mayoría de los pueblecitos de nuestro circuito, como en San Miguel de Sotosalbos, donde solteras y casadas comparten alero con nobles damas veladas o en San Vicente, de Pelayos del Arroyo, donde aparecen tocadas con sus mejores galas y joyas; así lo entendemos también en San Cristóbal de La Cuesta donde incluso reconocemos el busto de una anciana o en la coqueta iglesia de San Miguel en Tenzuela lleno de figuras femeninas, donde una mujer velada, casada sin duda, inclina su cabeza, quizás en señal de asentimiento.
En San Félix, de Muñoveros, la segunda arquivolta de su puerta de acceso, que mantiene aún parte de su policromía, reúne diecisiete representaciones faciales tanto masculinas como femeninas, en las que pueden distinguirse peinados, tocados e incluso gestos, todo un retrato de la sociedad del momento.
Hasta las reinas, como Beatriz de Suabia, la primera esposa de Fernando III el Santo, dicen, aparece esculpida en el espectacular ábside de la iglesia de Santiago, en Turégano, junto a su esposo y el entonces obispo de la diócesis segoviana.
En general, salvo excepciones, casi todas estas representaciones son elementos de un arte popular y pobre, en una sociedad campesina sin pretensiones de excelencia, que tenía sobre todo una intención utilitaria, y que ahora nos sorprende y hasta nos emociona desde su rústica e ingenua técnica escultórica.
El románico, aunque parezca imposible, también nos habla de sentimientos, incluso de los más complejos. Son multitud los rostros de mujeres y de hombres en piedra que trabajan, leen, bailan, piensan, sonríen, se mofan, presumen, muestran sus miedos, sufren o simplemente miran pasar la eternidad, cada día más desgastados por el tiempo inexorable. De entre ellos, siempre me llama la atención uno que refleja ese sentimiento de ausencia que anuncia una despedida. En el Pirón tenemos prueba de ello y lo encontramos encarnado en un caballero que se despide de su dama en un hermoso capitel interior de San Vicente, en Pelayos del Arroyo.
El tema es recurrente en el románico, pero único en la provincia de Segovia y aquí que se conoce popularmente como el capitel de la despedida, aunque hay quien piensa que podría ser todo lo contrario, una bienvenida. Y aquí lo tienes, convertido en boceto, para su mejor lectura. Reconocerás al caballero, a caballo, con capa corta, portando un halcón, que es despedido (o bienvenido) por su dama, con el pelo cubierto por una toca, y seguida de su corte. La escena ocupa todo el capitel y guarda restos de policromía. La encontrarás en la parte noble del templo, en su presbiterio.
Hay mucho más, además de rostros y bustos de mujeres, normalmente en los canecillos y las metopas de los aleros de los templos. ¿Te has preguntado alguna vez, por ejemplo, si trabajaba la mujer en la Edad Media? Todo depende de lo que consideres “trabajo”. En sentido estricto, trabajar, trabajar, sin duda trabajaba, y duro muchas de ellas, pero no siempre con derecho a remuneración. En el campo, la mujer participaba más que activamente en el trabajo agrícola o ganadero junto con su familia, además de ocuparse de su casa, marido, hijos y padres prematuramente envejecidos.
Para la inmensa mayoría, fuera cual fuera su posición social, la familia seguía siendo el centro de su vida y su dedicación a ella llenaba la mayor parte de su rutina, junto con la casa y sus quehaceres. Casarse y traer a hijos al mundo eran los objetivos a cumplir en el guion que les venía dado desde la cuna, y el ciclo de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, con el cuidado de los enfermos incluido, era su verdadero cometido. No había necesidad de nada más. Su labor cubría la toda la labor familiar y asistencial necesaria.
Quizás por ello, mujeres preñadas aparecen en muchos templos segovianos, como una invitación a la maternidad para las casadas, o, en caso de las solteras, como una muestra de pecado o un aviso a navegantes. Más inusual es encontrar lo que muchos historiadores del arte han considerado como la representación de un parto, que puedes intuir en la segunda figura, donde aparece una mujer tocada pero desnuda, con una vulva de un tamaño descomunal. Ambos conceptos aparecen en canecillos del circuito del Pirón, el primero, en San Miguel de Sotosalbos y el segundo en de San Cristóbal de La Cuesta.
Y aunque el hogar era el verdadero trabajo de la mujer, en ciertas circunstancias, podía conseguir un empleo remunerado. Además del servicio doméstico en casas pudientes, había dos profesiones tradicionales, aunque no muy bien pagadas, que las mujeres solían ejercer. Una de ellas era la de panadera y otra la de lavandera. Nos las describen los fueros, esos primeros corpus legislativos medievales que regían la vida de las comunidades de villa y tierra.
Es raro, no obstante, encontrar muestras escultóricas de mujeres trabajando, pero en el valle del Pirón tenemos al menos una, en uno de los canecillos de la pequeña iglesia de San Miguel Arcángel, de Tenzuela. ¿Eres capaz de adivinar la posible profesión de la mujer de la tercera ilustración?
Fíjate en la posición de la mujer, de rodillas en el suelo y las manos sujetando lo que parece un tablón. Difícil es asegurar a ciencia cierta su labor, pero se coincide en que podría tratarse de una lavandera, si es que interpretamos como tabla de restregar lo que porta entre sus manos.
Mal que nos pese, la figura femenina no siempre tenía para el mundo medieval connotaciones meramente descriptivas, como miembro de su comunidad parroquial; en numerosas ocasiones era portadora de un significado negativo, normalmente ligado al pecado. Y es sin duda ésta la iconografía la que más llama la atención, donde lo que creemos ver e interpretar hace juego. La mujer, condicionada por su primer desliz, el de Eva, fue eternamente responsable del mismo para el mundo medieval y por ello, la figura femenina en el románico se convierte en una de las claves para entender el concepto de pecado, y en concreto de uno de los más recurrentes de la humanidad; ya te imaginarás que me refiero a la lujuria.
¿Son las imágenes procaces la constatación de su condición de pecadora o simplemente una advertencia para practicar la castidad? No lo sabemos. Rara vez el románico permite afirmaciones contundentes. Lo que sí parece claro es que sólo el género femenino en su vertiente religiosa tiene un sentido positivo por encarnar a María, la mujer pura y virtuosa por excelencia y la madre terrenal de Dios que vino a redimirla de la terrible Eva.
En la escultora románica profana, la mujer normalmente salía malparada, asociada al concepto de maldad o de tentación o de los dos a la vez. Si dedicas unos instantes a recorrer con la vista el exterior de nuestros templos descubrirás, por ejemplo, como en la iglesia de Santiago, en Turégano, una pareja se abraza desde uno de los canecillos del ábside y el espléndido pórtico de San Miguel de Sotosalbos se nos antoja como un pequeño repertorio de la vida sexual medieval. Allí nos parece incluso observar en una de sus metopas una escena de sexo, desgraciadamente muy erosionada. No te será difícil localizar en un arquillo del primer alero a una mujer que levanta su falda sin reparos para dejar ver su sexo, como puedes intuir en la ilustración.
Normalmente no te hará falta entrar en los templos para descubrir este curioso repertorio amatorio. Las representaciones eróticas se hallaban mayoritariamente en el exterior de las iglesias, su parte más profana, y muy frecuentemente en los canecillos, por lo que es excepcional hallarlas en el interior, normalmente reservado a la exaltación de lo divino, pero siempre hay excepciones que confirman la regla.
Quizás una de las escenas más contundentes de castigo a la veleidad femenina la encontramos también en Santiago, Turégano, en uno de los capiteles interiores de una de las ventanas del ábside, que se descubrieron hace unos años y se mantienen, con su policromía, en todo su esplendor. En él dos demonios negros, con cuernos y alas poseen a un personaje desnudo con apariencia de mujer, de cuya boca parece salir una gran serpiente, tema que se repite en Santo Tomás, en La Higuera, esta vez con un varón.
La calle no estaba hecha para las mujeres “honradas”, que pasaban un larguísimo tiempo en el interior de sus viviendas, sino para juglaresas, furcias, regateras u otras mujeres de mala vida, que vagaban por caminos y que debían ganarse el sustento en tugurios infectos o en ferias y mercados, lugares no siempre seguros para su integridad física. Era un riesgo que había que correr para poder malvivir. Pero la imagen de la mujer en su vertiente de pecadora no se limita a la exhibición de su cuerpo más o menos explícita. En sentido más negativo que positivo, también aparece desarrollando algunas de estas actividades profesionales de dudosa moral.
Las juglaresas, bailarinas, contorsionistas y saltimbanquis se asociaban al vasto catálogo de conductas pecaminosas y a la prostitución encubierta, como podemos observar en una metopa de la iglesia de San Miguel de Sotosalbos, donde podemos contemplar a una obscena bailarina, ya descabezada, contoneándose acompañada de un tañedor de rabel y un perro; en otro canecillo del mismo templo una abultada contorsionista se exhibe boca abajo.
Además del desnudo, la provocación, el sexo explícito o las actividades indecorosas, el románico jugó también con símbolos y metáforas; allí las referencias implícitas y explícitas a la mujer, siempre en negativo, fueron notables, aun adoptando formas imposibles, no humanas, en las que normalmente se conservaba un rostro femenino mientras que el cuerpo se completaba con atributos animales. La mitología se convirtió en la fuente de inspiración de un buen repertorio de fantasías eróticas donde destacaron arpías y sirenas que, por su abundancia, sobrepasaron claramente en número a las representaciones tradicionales de la mujer pecadora. Asociadas a la figura femenina, todas estas representaciones, salvo raras excepciones, representaban los instintos más bajos.
Una de las representaciones iconográficas más impactantes es, sin duda, la arpía, que curiosamente puede ser masculina, pero mayoritariamente aparece en clave femenina. Esos seres fantásticos, usualmente representados con cabeza de mujer, cuerpo de ave y cola de serpiente, garras o pezuñas, abundan en toda nuestra geografía y portan en sí mismas una connotación negativa que se asociaba al vicio, la provocación y la maldad.
Las hay tristemente erosionadas por el paso del tiempo, como en San Bartolomé, en Basardilla o en un capitel del pórtico y un can de San Miguel, en Sotosalbos, y las encontramos perfectamente reconocibles en un capitel exterior del ábside de Santiago, en Turégano, a pesar de haber sufrido asimismo la inclemencia de siglos o en la nave de San Miguel de Tenzuela. También podrás descubrir alguna en uno de los capiteles del presbiterio de San Vicente, en Pelayos del Arroyo, pero, quizás, las más sugerentes se encuentran en San Cristóbal, de La Cuesta, donde un hombre, entre dos de ellas, consigue por fin dominarlas, tema que se repite en el arco triunfal de su vecina Nuestra Señora de la Asunción de Caballar.
Sirenas hay por toda la geografía castellanoleonesa, y en buen número. Las tenemos de los dos tipos posibles, sirenas-pez y sirenas-ave, dos caras de la misma moneda que coinciden en identificarse, como en la Odisea, con el engaño y la seducción por antonomasia y que han pervivido hasta nuestros días con expresiones peyorativas como aquella de “dejarse llevar por cantos de sirena”.
El románico pareció de alguna forma conjugar la tradición clásica en su afición por estos seres, que comenzaron a ser aladas en la literatura griega y se fueron transformando en seres marinos para el mundo latino. La cuestión es que las sirenas, en su doble vertiente, se hicieron recurrentes en los templos de los reinos cristianos y se esculpían en lugares bien visibles, como en las portadas o en los atrios, para advertir a los pecadores del peligro de la tentación.
Quizás las que más llamen su atención sean las sirenas-pez, por su vistosidad y su facilidad de reconocimiento. Estas eran el paradigma de la atracción, las que mejor encarnaban en el románico la tentación de la carne y del deseo, a través de ese medio cuerpo desnudo femenino y esa gran cola que… entonces, y quizás ahora también, se percibía cargada de una especial sensualidad. Estas nereidas lujuriosas de pasiones descontroladas nos sorprenden en casi todos los templos de la provincia de Segovia.
En el circuito del Pirón también podréis reconocerlas, como en un capitel muy erosionado que encontraréis sin dificultad en San Miguel de Sotosalbos representando una sirena de doble cola sujetada por ambas manos, en la nave de Nuestra Señora de la Asunción de Caballar u otra muy deteriorada, por faltarle una de sus colas, en la ermita de La Octava, de Peñarrubias de Pirón, como ves en la ilustración.
A diferencia de las sirenas-pez, las sirenas-ave solo conservan el rostro femenino como única parte humana de su conjunto, que suelen completar con cuerpo y garras de ave o, a veces, pezuñas, como las arpías, con las que tradicionalmente se confunden… Sus brazos son ahora alas, que pueden estar desplegadas o plegadas. También, en contraste con las primeras, se identifican más con el engaño que con la atracción sexual, y, en la mentalidad medieval, representarían esa tópica habilidad femenina para engatusar a los hombres sin necesidad siquiera de usar la atracción física.
La iconografía de la sirena-ave es relativamente frecuente en el románico rural y en el Pirón podrás encontrarlas en casi todos sus templos, como en Caballar, La Cuesta, Peñarrubias de Pirón, Pelayos, Tenzuela, Torreiglesias, Turégano y Sotosalbos, que es la que ilustra esta sección.
En fin, visites o no visites la segoviana cuenca del río Pirón, en cualquier caso, la próxima vez que pases al lado de algún templo románico, no olvides buscar su iconografía femenina; si tienes prisa y lo prefieres, puedes ir familiarizándote con el tema echando un vistazo a mi página web “Románico en femenino”, donde encontrarás información de la cuenca del Pirón y de toda la provincia de Segovia. Si te decides a visitarlo en persona, ahí encontrarás también itinerarios recomendados que puedes alargar o acortar según tus gustos o posibilidades. ¡Buen viaje de vuelta al Medievo!

