Ricardo Ortega
Un millón y medio de pares de ojos se posa cada año en la mole armoniosa del Acueducto de Segovia. 120 pilares y 167 arcos de piedra para salvar la plaza del Azoguejo, que cumplen su función con tal perfección matemática que el visitante solo puede dar la razón a quienes sueñan las leyendas: llegar a la conclusión de que no fue Roma quien decidió la colocación prodigiosa de estas 20.400 piezas de granito, apiladas por grúas gigantes (polyspastos), sino el mismísimo Demonio.
Según la tradición, el Diablo erigió esta infraestructura a cambio del alma de una niña que se la ofrecía a cambio de no tener que acarrear más agua. Pero supongamos por un momento que no, que fue Roma la encargada de construir este curso de agua de 17 kilómetros para llevar el líquido desde Guadarrama, procedente de la lluvia o el deshielo, hasta la ciudad. Segovia o Secovia, decían los latinos.
La localidad había abandonado la condición de ‘mansio’ (una mera parada junto a la calzada) y se había convertido en un núcleo importante dentro del ‘conventus’ jurídico de Clunia Sulpicia. Podía transportar un caudal máximo de entre 20 y 30 litros por segundo para abastecer a una población de unas 20.000 personas.
¿Tantos habitantes sumaba ya Segovia? En realidad eran muchos menos, y este dato es el que nos puede llevar a sospechar que el Acueducto cumplía más que una función de mera distribución de agua: con esta obra Roma levantaba un enorme arco del triunfo, un recordatorio de su poder; en lo alto de la construcción se colocó una placa con la fecha y el nombre del arquitecto responsable.
También quizá con la identidad del político que ordenó levantar la obra. Pero es uno de los elementos que se convirtieron en polvo con el paso de los siglos. Por eso la certeza se desenfoca en relación con este coloso pétreo, construido a comienzos del siglo II, durante la dinastía Antonina. Si se levantó a partir de los años 112–116, el periodo corresponde con el periodo final del emperador Trajano o los comienzos del mandato de Adriano.
¿Por qué erigirlo? Era necesario disponer de una infraestructura para traer el agua desde el manantial de la Fuenfría, de mayor pureza que la que podía obtenerse de los ríos Eresma y Clamores, los dos cursos de agua que rodean la ciudad vieja, a la que otorgan su aspecto de nave varada al pie de la sierra.
Tras la caída de Roma, el acueducto continuó con su función a lo largo de los siglos, tanto tiempo como hasta 1972. En 1884 fue declarado Monumento Nacional y en 1985 fue declarado Patrimonio de la Humanidad junto con la ciudad antigua.
Hoy sigue atrayendo la atención de ese millón y medio de pares de ojos. Ese es el número de turistas que pasan por el Azoguejo a lo largo del año según estadísticas oficiales, que son la única verdad revelada hoy que han caído del Olimpo todos los dioses.
Un curso de agua de 17 kilómetros
El acueducto recorre más de 15 kilómetros antes de llegar a la ciudad. El agua se recoge en una cisterna conocida con el nombre de ‘El Caserón’ para ser conducida por un canal de sillares hasta una segunda torre (Casa de Aguas), donde se decanta y desarena.
Después recorre 813 metros (con una ligera pendiente) hasta lo alto del Postigo, el espolón rocoso sobre el que se asentaba la ciudad. Antes, en la plaza de Día Sanz, hace un brusco giro y se dirige hacia el Azoguejo, donde salva la depresión con la arquería convertida en icono de la ciudad. En la parte más elevada mide 28 metros, con unos cimientos de unos 6 metros de profundidad.
Visto desde la plaza, el monumento impresiona. Pero contemplado el Azoguejo desde la cumbre de la mole granítica se percibe de verdad la dimensión del gigante; lástima que el Ayuntamiento ya no permita recorrerlo para sobrevolar la plaza. La de accidentes que se han evitado a los turistas armados con un palo de selfie…
167 arcos de piedra
Desde la llegada a la ciudad hasta la plaza de Día Sanz hay 75 arcos sencillos y a continuación 44 arcadas de orden doble (esto es, 88 arcos), siguiendo después -al llegar al Postigo- otros cuatro arcos sencillos.
En el piso superior los arcos tienen una luz (espacio entre columnas) de 5,10 metros. Los pilares son de menor altura y grosor que los del piso inferior. El remate es un ático por donde discurre el canal conductor de agua.
En el piso inferior los arcos tienen una luz que oscila alrededor de los 4,50 metros y los pilares disminuyen su sección a menudo que se desciende. El piso inferior se adapta a los desniveles del terreno.
En lo alto pueden verse dos nichos, uno a cada lado del Acueducto. Se sabe que en uno de ellos estuvo la imagen de Hércules, fundador de la ciudad según otra leyenda. En tiempos de los Reyes Católicos se colocaron en esos dos nichos la imagen de la Virgen del Carmen (aunque muchos creen erróneamente que es la Virgen de la Fuencisla, patrona de la ciudad) y san Sebastián.
Hoy en día solo se puede apreciar una réplica de resina de la primera talla, que fue sustituida en 2019 por el deterioro de la imagen original tras casi 500 años a la intemperie. La imagen original, ya restaurada, puede contemplarse en el museo de la Casa de la Moneda, junto al Eresma.
El 4 de diciembre, fiesta de Santa Bárbara, patrona del cuerpo de Artillería, cuya academia está en Segovia, los cadetes arropan la imagen de la Virgen con una bandera.
Por internet circula la especie de que el protagonista de este reportaje nunca ha sufrido una restauración. En realidad, en la época de los Reyes Católicos se realizó la primera gran obra de reconstrucción. Se encargó de las obras el prior del monasterio cercano de los Jerónimos del Parral, llamado Pedro Mesa. Se reedificaron 36 arcos, con mucho respeto hacia la obra original.
En los últimos años ha sufrido un patente deterioro por la contaminación ambiental, por las obras realizadas en su entorno, por el proceso natural erosión del granito y por el tráfico rodado, que hasta 1992 aún pasaba bajo los arcos. Tampoco han ayudado los bares de ambiente nocturno.
Para garantizar su supervivencia, se procedió a un minucioso proceso de restauración en 1992 que duró casi ocho años. Hoy este emblema de la presencia romana en la Península está listo para afrontar otros 2.000 años. Al paso al que el turismo va trastocando la vida en la ciudad, es posible que esta desaparezca dentro de unos cuantos siglos mientras el coloso siga en pie, extraño y orgulloso en mitad de la nada.



