El Fuero de Miranda: una jugada de trileros para engañar a la Corona

Los mirandeses del siglo XII demostraron poseer una temeridad digna de una película de estafadores. Cualquier cosa con tal de proteger a la ciudad frente a los abusos del conde de Salinas

Ricardo Ortega

La historia de la Miranda antigua y medieval está marcada por su carácter de frontera, por su situación estratégica, pero también por los conflictos entre clases sociales que defendían su posición en el complejo tablero de ajedrez que eran los siglos XI y XII.

Esta situación llevó a los mirandeses de hace mil años a ejecutar una jugada maestra, o quizá un plan salido de una cabeza trastornada: conseguir un fuero para la ciudad por las buenas… o jugándose el tipo.

La historia oficial ha defendido siempre que el fuero se otorga por Alfonso VI, aquel que desterró al Cid, en el año 1099. Gracias a ello el monarca es recordado por una larga avenida en la ciudad y con una estatua en el parque Antonio Machado, obra del artista burgalés Salaguti.

Con el paso del tiempo, los siempre quisquillosos historiadores descubrieron en el texto detalles incongruentes para 1099.

Fue una pequeña revolución, de esas que se dan de vez en cuando en la ciencia, y la conclusión fue prácticamente unánime: al presentar el texto del fuero a Alfonso VIII en 1177, con vistas a su confirmación, lo que hicieron los mirandeses fue colarle un documento falso, copiado del Fuero de Logroño.

Alfonso VIII ratificaba un fuero inexistente y, sin saberlo, otorgaba la norma que los locales demandaban para consolidar o ampliar sus privilegios [Quizá con alguna matización. Porque señalaba Inocencio Cadiñanos que pudo, simplemente, tratarse de un fuero concedido por el rey y parcialmente falsificado posteriormente “con el fin de otorgarle una antigüedad que no tenía y que necesitaban las autoridades mirandesas con el fin de avalar sus pleitos”].

Sea como fuere, esta ‘nueva’ y sorprendente versión de los hechos se publicó en 1998, aunque no ha calado en el público: ya dijo alguien que en España la mejor manera de guardar un secreto es escribirlo en un libro: Alfonso VI conservó su calle y fue elevado a los altares -es un decir- del parque Antonio Machado.

Lo recordaba el presidente del Instituto Alavés de Arqueología, Rafael Varón, durante una visita guiada al castillo de Miranda. Con el río Ebro y el casco urbano extendido a la vista de los visitantes, señalaba este arqueólogo mirandés que el primer antecedente de la fortaleza fue una iglesia dedicada a Santa María, que en un momento dado se fortifica. “A partir de los restos materiales hallados en el proceso de excavación, se puede comprobar que se trataba de un templo románico muy importante”, recalcaba Varón.

En algún momento del siglo XIV, los condes de Salinas se interesan por este lugar estratégico, se hacen con el edificio de la iglesia y lo modifican para disponer de una casa-torre probablemente similar a las que todavía se pueden contemplar en el norte de Burgos o la provincia de Álava.

Este punto fuerte servirá para controlar el paso por el puente (precedente del actual puente de Carlos III) y para sojuzgar a la población.

Varón recuerda que existía el relato de un conflicto entre los vecinos y el señor, que acabó con la orden de prender fuego al barrio existente en el actual cerro de la Picota. Una decisión que no forma parte de la leyenda, sino que es un hecho histórico, como pudieron comprobar los arqueólogos que encontraron un estrato con restos de un gran incendio.

¿Dónde nació Miranda? La única certeza que puede ofrecer el historiador es que bajo la base del castillo hay restos de la primera población. Lo que no se sabe es si también hubo viviendas colina abajo, junto al río. “Los procesos de construcción acometidos desde la Baja Edad Media han podido arrasar aquellas viviendas antiguas, de modo que no se sabe con exactitud”, recalca.

El único indicio de que existiera una población en la orilla del Ebro nos lo ofrece el hecho de que en la orilla de enfrente existiera una iglesia románica (del siglo XII) dedicada a san Nicolás. Conservó esa advocación hasta mayo de 1936, cuando el furor revolucionario llevó a quemarla. Hoy la iglesia se dedica al Espíritu Santo.

En cuanto a ese punto fuerte situado en el alto, hoy llamado cerro de la Picota, la infraestructura se amplió durante los siglos XVIII y XIX hasta la versión que hoy se puede visitar. Nunca participó en un conflicto entre reyes o entre territorios, aunque sí tuvo su papel durante la Guerra de la Independencia, al albergar a una parte de las tropas francesas que enlazaban la frontera de Irún con Madrid.

También estuvo activo durante las guerras carlistas, en concreto durante la primera y la tercera. Durante esta última, acogió el cuartel general del liberal Ejército del Norte.

Se va acabando la historia de la fortaleza. El castillo se abandona, acaba en estado de ruina y algún desprendimiento a punto está de causar una desgracia, lo que lleva al Ayuntamiento a vender el conjunto. Es el año 1903 y la piedra del castillo se empleará para construir una plaza de toros en el barrio de la Charca, muy cerca del actual parque Antonio Cabezón.

Durante décadas los vecinos de la ciudad repitieron aquello de que “en Miranda no hay castillo”, pese a las evidencias documentales y a pesar de que siempre existió la ‘calle del Castillo’. Afortunadamente, los historiadores y los arqueólogos no se habían dado por vencidos con esta fortaleza.

Deobriga, autrigona y romana

En la misma visita, Rafael Varón ofrecía las claves de la ciudad autrigona y romana de Deobriga, cuyos restos se encuentran en buen estado de conservación pese a haber estado sepultados 16 siglos bajo suelo agrícola.

El público asistente pudo conocer dos grandes sorpresas experimentadas por los arqueólogos: que la ciudad romana era más grande de lo que se esperaba y que, en un nivel inferior, se encuentra la población prerromana, con un potencial arqueológico excepcional.

Para Varón, “no hay muchos ejemplos de una ciudad de estas dimensiones en el territorio autrigón”, que se extendía por el norte de Burgos, la provincia de Álava y parte de Vizcaya y Cantabria. “Aunque no es el único yacimiento -recalca-, sí destaca por su potencial investigador” para conocer este pueblo prerromano al que se permitió edificar una segunda muralla mientras Roma miraba con recelo las de otros pueblos de la Península.

visita bajo el vial de ircio
Parte de la visita se desarrolló bajo el vial que sobrevuela Deobriga en dirección a Ircio. Reportaje fotográfico: Ricardo Ortega

Recuerda Rafael que el yacimiento de Arce-Mirapérez “es sin duda el asiento de la ciudad autrigona de Deobriga, mencionada por las fuentes clásicas de época romana”.

Después de algunas controversias sobre su ubicación, las actividades arqueológicas llevadas a cabo desde 1999 hasta la actualidad “han permitido reconocer un castro prerromano en el cerro del Infierno, un oppidum autrigón a los pies de este, que fue sustituido por una civitas y mansio romana que estuvo activa entre los siglos I y V de nuestra era”.

El arqueólogo mirandés dirigió las excavaciones en el yacimiento en 2004, 2005, 2006 y 2010. Además, forma parte de un equipo de investigación de la Universidad de Cantabria que está investigando el yacimiento con técnicas no invasivas, desde principios de esta década.

Al mismo tiempo, fue coautor del Plan Director del Castillo de Miranda, dirigió la campaña de excavación de 2009 en el cerro y formó parte de la Dirección Facultativa de los trabajos de rehabilitación entre 2010 y 2012.

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