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Mirada a un castillo

Rafael Varón. ArkeoClio

Corría la primera década del siglo XXI y alguien se acordó de que en Miranda de Ebro hubo, alguna vez, un castillo. No era la primera vez que esto pasaba, pero en esta ocasión la mollera y el tesón de quien tuvo este recuerdo eran de fundamento rocoso.

Se dio la circunstancia de que tenía poder para hacerlo, un cargo político que le permitía liderar un proyecto que verificase la existencia de restos y su buena condición, que se redactase un plan director, y buscar fondos para que se ejecutase la recuperación de un patrimonio que no existía.

El castillo de Miranda de Ebro era un fantasma historiográfico local, un secreto arcano oculto a la vista de la vecindad de esta ciudad y que solo se manifestaba en libros de historia, grabados antiguos y vieja documentación que remontaba al siglo XIV.

Todas estas fuentes atestiguaban un pasado poco brillante pero indicador de una historia local agitada y muy significativa de este lado del reino de Castilla: la de los señores que buscaban mantener su poder a costa de las libertades de las villas, el apoyo a Carlos I en la Guerra de las Comunidades, el decaimiento de las casas de nobles locales en beneficio de la monarquía, las guerras con Francia a finales del siglo XVIII y principios del XIX, su reactivación en las carlistadas del XIX y su desaparición en el inicio del siglo XX.

Una desaparición que es relativa, pero muy intensa. Relativa porque además de restos documentales los había físicos, a la vista y enterrados. Intensa porque en la memoria colectiva de la nueva ciudad de Miranda se había hundido en un olvido casi total. En buena medida porque este castillo supuso la representación de un larguísimo quebradero de cabeza desde su origen: cuando no había bandidos disfrazados de nobles había que repararlo, o mantener a las tropas francesas o españolas, a los militares liberales o soportar la amenaza de los carlistas. Casi 600 años de molestias, algunas muy severas.

Pero si hay algo evocador dentro del inconsciente colectivo del occidente europeo, junto con los piratas, son los castillos. Si a este momento arrebatador le unimos el tesón y las oportunidades políticas y administrativas, contenidas por el necesario control administrativo y científico-técnico, tenemos que desde 2006 se puso en marcha un proceso de recuperación –que no de reconstrucción- que ¿concluyó? en 2012.

La inversión de fondos europeos permitió que hoy contemos en Miranda, y por extensión en Burgos y en Castilla y León, con una instalación de interés cultural, social, turístico, comercial y algún otro adjetivo más que se nos escapa. Y que nos abrió los ojos a un pasado todavía más rico y complejo del origen de esta ciudad del Ebro. La ventana arqueológica por la que pudimos mirar nos enseñó parte de un pasado medieval que se remonta, al menos, a la mitad del siglo VIII de nuestra era.

Más allá del ‘éxito’ de la obtención de datos históricos y arqueológicos que nos permiten conocer mejor nuestro devenir e intentar garantizar para el futuro unos evocadores restos materiales, los trabajos pretendían, al menos hasta donde uno quiere recordar, recuperar un espacio cargado de posibilidades de uso para la sociedad mirandesa.

Hoy entendemos que todo aquel proceso quería poner de manifiesto los valores intangibles que poseían aquellas viejas piedras. Necesitábamos que su uso fuese social, que sirviera de referencia a un grupo humano que siempre expresa una tremenda falta de hitos aglutinadores como sociedad, que acelerase la recuperación del Conjunto Histórico Monumental de la Villa de Miranda -la desolada Parte Vieja- más allá de una atracción para la obtención de recursos económicos, sino centrada en un lugar cultural y colectivo que aumentase las posibilidades de bienestar del barrio en el que se encuentra.

No sé si lo conseguimos, pero lo que creo que sí se obtuvo fue la posibilidad real de hacerlo. Hoy la instalación sigue dispuesta para poder mejorar la vida del entorno. Quizá sea necesario un poco más de tesón y de cabeza dura para reclamar nuevos recursos que vayan más allá de las piedras. Para pensar, por fin, en las personas propietarias de este patrimonio.

Fofografía: visitantes al castillo de Miranda de Ebro. Autor: Ricardo Ortega

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