Riaza, el alma serrana de Segovia

Todo lo que es Riaza, lo que representa, no se podría explicar si no se comenzara por su plaza. A 1.190 metros de altitud, en el punto donde la meseta empieza a ceder paso a las primeras estribaciones de la Sierra de Ayllón, esta villa segoviana ha sabido guardar el equilibrio entre piedra, tradición y paisaje

La Plaza Mayor es la prueba. Partida en dos por un Ayuntamiento del siglo XVIII —coronado por una torre de hierro forjado que, guardando las distancias, recuerda a la Torre Eiffel—, conserva las gradas de piedra, rematadas por una balaustrada también de hierro, y los soportales de 82 columnas que un día sirvieron de graderío para los encierros.

Aquí se montaban mercados, se bailaba y también se ajusticiaba: la picota que presidía la elipse ha desaparecido, pero el trazado del coso sigue intacto, como si la plaza recordara para qué fue construida.

Detrás del Ayuntamiento espera la iglesia de Nuestra Señora del Manto, neoclásica por fuera y sorprendentemente rica por dentro. Su retablo mayor del XVII incluye lienzos atribuidos a Diego Valentín Díaz, y conviven en el templo un Cristo gótico y una Piedad renacentista. Pero lo que de verdad merece la visita es la Colección de Arte Sacro, que reúne piezas de todo el arciprestazgo: desde la talla original de la Virgen del Manto, del siglo XIII, hasta custodias y tenebrarios de plata.

El resto del pueblo se deja ver en detalles: las casas solariegas del XVIII con sus balconadas de hierro —herencia de un pasado de herreros— y los tejados a dos aguas con teja árabe colocada «a la segoviana». Hay una farola decimonónica que todavía alumbra, una capilla barroca escondida tras una fachada con escudo. Riaza no enseña su historia de golpe; hay que ir a buscarla.

Y luego están las ermitas, cada una con su propia historia. La de San Juan, al norte del pueblo, se levanta sobre un antiguo cementerio medieval: ahí siguen la cruz de 1553 y algunas lápidas. La de San Roque, en el parque de El Rasero, nació como promesa tras la peste de 1599 y guarda un retablo barroco tan sencillo como bonito.

La más alejada, la de Hontanares —a 4,5 km, entre robles, construida en 1606— custodia una Virgen románica; sus romerías cuentan entre las más arraigadas de Castilla, y el área recreativa que la rodea reúne todo el año a senderistas y devotos por igual.

Desde allí, el mirador de Peñas Llanas ofrece una de esas vistas que justifican la subida: las hoces del Riaza, el pico de Grado —límite con Guadalajara—, Somosierra y, si el día acompaña, los Picos de Urbión, ya en Soria. Se distinguen cinco provincias, y también un fragmento de la Ruta del Color: pueblos amarillos, rojos y negros, repartidos en apenas diez kilómetros, que deben su tono a la piedra de su suelo.

Riaza tampoco se entiende sin lo que la rodea. A 9 km, el hayedo de La Pedrosa, en el puerto de la Quesera, se incendia de ocres y dorados cada otoño; el embalse de Riofrío atrae a los pescadores; y en invierno, la estación de La Pinilla —de titularidad municipal— convierte la sierra entera en pista de esquí.

Todo esto sigue vivo. Riaza no es un pueblo que se mira desde fuera, sino uno que se recorre despacio, con el olor a leña y asado de fondo, sentado en sus jardines o perdido, sin mapa, por sus calles al atardecer.

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