Guerra, enfermedad y fuego contra el hereje: todo listo para el V Centenario de Felipe II

Esta cita cultural, prevista para 2027, recuerda el cuarto centenario de la muerte del monarca, celebrada en 1998 y que coincidió con la publicación de ‘El hereje’ de Miguel Delibes

Ricardo Ortega

Hay gente aficionada a tropezar varias veces con la misma piedra, como demuestra que académicos, políticos y otras gentes de mal vivir preparen ya el terreno para celebrar, en 2027, el quinto centenario del nacimiento de Felipe II.

La última vez que Valladolid celebraba una gran efeméride en relación con “el Prudente” fue en 1998. Se conmemoraba el cuarto centenario de su fallecimiento y alguien tuvo la ocurrencia de instalar una pasarela de madera entre el palacio de Pimentel, donde nació, y la iglesia conventual de San Pablo, donde fue bautizado el pequeño Felipe.

Aquella ceremonia dio pie, con el tiempo, a una de las anécdotas más graciosas, por fantasiosas, relacionadas con el hijo de Carlos V: la leyenda de que hubo que serrar la celosía de una ventana sobre la actual calle Cadenas de San Gregorio para que la criatura pudiera salir por la ventana y recibir el sacramento en el templo dominico y no en San Martín, donde le correspondía si salía por la puerta de la calle de las Angustias.

Esta pequeña historia, de puro inocente, es de esas que da pena desmentir, aunque hubo otras a lo largo de la vida del monarca.

Felipe II es el último de los considerados Austrias mayores y los historiadores suelen destacar su defensa a machamartillo de la fe católica. Con motivo de la guerra con los protestantes de Países Bajos, llegó a dejar por escrito: “Podéis asegurar a Su Santidad que antes de sufrir la menor cosa en perjuicio de la religión o del servicio de Dios, perdería todos mis Estados y cien vidas que tuviese, pues no pienso, ni quiero ser señor de herejes”.

Y razón no le faltaba. Empiezas por perdonar la vida a los heterodoxos y se te llena el país, qué sé yo, de protestantes, librepensadores, hippies y banderas arco iris. De forma coherente, durante el mandato de Felipe -rey de España, Portugal, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, duque de Milán, soberano de los Países Bajos y duque de Borgoña- moría en la hoguera el doctor Cazalla, humanista y erasmista que antes de caer en desgracia llegó a ser canónigo de la catedral de Salamanca y capellán del emperador Carlos V. Era el año 1559.

Por si su nombre no le suena al lector, Cazalla es la figura histórica que inspira la última gran novela de Miguel Delibes, ‘El hereje’, publicada precisamente en ese 1998 del cuarto centenario del fallecimiento de Felipe; como si Delibes hubiera querido boicotear amablemente los fastos de aquel año, y que conste que esto es mera especulación: ni sus deudos ni Ramón García Domínguez, su biógrafo y confidente, han dicho nada al respecto.

En cualquier caso, las celebraciones de 2027 son una buena ocasión para analizar la figura de Felipe y juzgar su desempeño. Al respecto, el hispanista Geoffrey Parker ofrece una explicación psicológica de la gestión del rey según la cual “cabría esperar que Felipe, hombre dedicado, perseverante y trabajador, y líder del imperio más grande y rico de Europa occidental, hubiera tenido éxito en sus objetivos. No fue así. Sus esfuerzos estaban condenados al fracaso por su propio carácter”.

Basándose en estudios de ciencias de la administración y psicología, Parker argumenta que el gerente exitoso de una gran organización “debe mantener la atención en el panorama general, tener una buena estrategia para gestionar la gran cantidad de información, saber delegar y ser flexible”.

Pero Felipe fracasó en todos los aspectos, según Parker. “Era un microgestor que se empantanaba en los detalles, se negaba a delegar e intentaba leer todos los despachos que llegaban a su escritorio”. Podría pasarle a cualquiera.

“Felipe también era inflexible, reacio a abandonar políticas ineficaces. Lo más pernicioso de todo fue la tendencia de Felipe hacia el pensamiento mesiánico, la creencia de que estaba haciendo la obra de Dios y que el cielo lo apoyaría con milagros”, señala el historiador, que empieza a sonar un poco aguafiestas porque, de hecho, algo de suerte sí tuvo en el campo de batalla. Como veremos.

Felipe II fue hijo y heredero de Carlos I de España e Isabel de Portugal, hermano de María de Austria, nieto por vía paterna de Juana I de Castilla (para algunos la Loca) y Felipe I de Castilla (para todos el Hermoso).

Heredó el Imperio español de su padre en 1556 y ascendió al trono portugués en 1580 tras una crisis dinástica.

Las conquistas españolas del Imperio inca y Filipinas se completaron durante su reinado. Terminó de construir el palacio de El Escorial en 1584. La monarquía hispánica alcanzó la cima de su influencia y poder, y gobernó territorios en todos los continentes conocidos entonces por los europeos.

Profundamente devoto, Felipe se veía a sí mismo como el defensor de la Europa católica contra el Imperio otomano y la Reforma protestante, e involucró la posición de España como principal potencia europea en múltiples esfuerzos bélicos simultáneos.

Participó en importantes victorias contra los otomanos en Orán, Malta y Lepanto, y en 1588 envió la «Armada Invencible» para invadir Inglaterra, con el objetivo de derrocar a Isabel I. Pero su flota fue rechazada en una escaramuza y naufragó por las tormentas mientras rodeaba las Islas Británicas para regresar a España. Consideró un ambicioso plan para extender sus conquistas a China y a través de Asia.

Como consecuencia de estos conflictos, lideró un régimen altamente apalancado por la deuda pública, y llegó a declarar bancarrotas en 1557, 1560, 1569, 1575 y 1596.

Desde su muerte fue presentado por sus defensores como arquetipo de virtudes, y por sus enemigos como una persona fanática y despótica.

A finales de 1553 se anunció la boda de Felipe con su tía segunda, la reina de Inglaterra. Al final de la ceremonia fueron proclamados: “Felipe y María, por la gracia de Dios, Rey y Reina de Inglaterra, Francia, Nápoles, Jerusalén, Irlanda, Defensores de la Fe, Príncipes de España y Sicilia, Archiduques de Austria, Duques de Milán, Borgoña y Brabante, Condes de Habsburgo, Flandes y el Tirol”.

Las cláusulas matrimoniales eran muy rígidas para garantizar la total independencia del Reino de Inglaterra. Felipe tenía que respetar las leyes y los derechos y privilegios del pueblo inglés.

España no podía pedir a Inglaterra ayuda bélica o económica. Además, se pedía expresamente que se intentara mantener la paz con Francia. Si el matrimonio tenía un hijo, se convertiría en heredero de Inglaterra, los Países Bajos y Borgoña.

Si María muriese siendo el heredero menor de edad, la educación correría a cargo de los ingleses. Pero si María fuese la primera en morir, Felipe debía abandonar Inglaterra renunciando a todos sus derechos sobre el trono (lo que ocurrió en 1558, 30 años antes de enviar la Invencible). La hermana de la fallecida ascendió al trono como Isabel I de Inglaterra, reconocida como tal por el ya exrey Felipe.

Llega el Renacimiento

El gobierno de Felipe II coincidió con el periodo histórico conocido como el Renacimiento, aunque el cambio ideológico no fue tan extremo como en otros países: no se rompió abruptamente con la tradición medieval, no desapareció la literatura religiosa y fue durante el Renacimiento cuando surgieron en España autores ascéticos y místicos. Una primera versión del ‘Spain is different’.

La literatura religiosa estuvo encabezada por escritores como santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz o fray Luis de Granada. Para compensar, el vividor y aventurero Miguel de Cervantes empezó a escribir sus primeras obras.

La poesía lírica de este periodo se divide en dos escuelas: la Salmantina (Fray Luis de León) y la Sevillana (Fernando de Herrera). En el teatro destaca Lope de Rueda, uno de los primeros actores profesionales españoles, considerado precursor del teatro de Lope de Vega.

Entre los pintores más famosos destacaron el Greco, Tiziano, Antonio Moro. Fue el apogeo de los arquitectos españoles, entre ellos Juan de Herrera, Juanelo Turriano o Francisco de Mora: un nuevo estilo caracterizado por la ausencia decorativa, las líneas rectas y los volúmenes cúbicos. Será el bautizado como estilo herreriano.

Estos afamados arquitectos construyeron edificios religiosos y mortuorios como el monasterio de El Escorial o la catedral de Valladolid; civiles o administrativos como la Casa de la Panadería de Madrid o la Casa de la Moneda de Segovia, y militares como la Ciudadela de Pamplona.

En 1561, Felipe II decidió trasladar la sede de la corte y convirtió a Madrid en la primera capital permanente de la monarquía española.

Desde entonces, salvo un breve intervalo de tiempo entre 1601 y 1606, bajo el gobierno de Felipe III, en el que volvió temporalmente la capitalidad a Valladolid, Madrid ha sido la capital de España y sede del Gobierno de la nación.

La mayoría de historiadores coincide en subrayar que la situación de pobreza que sumió al país está directamente relacionada por la carga del Imperio y su papel de defensor de Roma.

Durante su reinado apenas hubo un respiro en el esfuerzo militar. Hubo de compaginar dos durante la mayor parte de su reino: el Mediterráneo contra el poder turco y los Países Bajos contra los rebeldes.

Al final de su reinado contaba con tres frentes simultáneos: los Países Bajos, Inglaterra y Francia. La única potencia capaz de soportar esta carga en el XVI era España, pero a un precio muy alto para sus habitantes.

Un rey tímido e inseguro

Su carácter psicológico era reservado y ocultó su timidez e inseguridad bajo una seriedad que le valió una imagen de frialdad e insensibilidad, según cuentan. No tuvo muchos amigos, y ninguno gozó completamente de su confianza.

Fue considerado inteligente, culto y formado, aficionado a los libros, a la arquitectura y al coleccionismo. Hablaba el castellano, el latín y el portugués, y comprendía el francés y el italiano.

Muy riguroso en la defensa del catolicismo, descartó al Greco en El Escorial por considerar que su estilo no se ajustaba a la ortodoxia religiosa, pero atesoró numerosas obras extravagantes de El Bosco y mitologías de Tiziano de evidente erotismo.

En su afán por imponer la ortodoxia católica mediante la intensificación de la Inquisición, se prohibió a los estudiantes estudiar en otros lugares y se prohibieron los libros impresos por españoles fuera del reino. Además de la prohibición de libros, Felipe II autorizó la quema de al menos 70.000 volúmenes.

Incluso un clérigo muy respetado como el arzobispo de Toledo Bartolomé de Carranza fue encarcelado por la Inquisición durante 17 años por publicar ideas que parecían simpatizar -en cierto grado- con el protestantismo.

Aunque se dedicó profundamente a erradicar los títulos heréticos, recopiló libros prohibidos para su propia biblioteca real en El Escorial. Su biblioteca contenía 40.000 volúmenes (1.800 de los cuales eran títulos árabes) y varios miles de manuscritos.

Hacia un balance histórico

Debido a que Felipe II fue el monarca europeo más poderoso en una era de guerra y conflicto religioso, evaluar tanto su reinado como al hombre mismo se ha convertido en una cuestión histórica controvertida.

Incluso antes de su muerte, en 1598, sus partidarios habían comenzado a presentarlo como un caballero arquetípico, lleno de piedad y virtudes cristianas, mientras que sus enemigos lo describieron como un monstruo fanático y despótico, responsable de crueldades inhumanas y barbarie.

Lo que es una verdad objetiva es que dejó una España ahogada en las deudas. A partir de él ya se habla de los Austrias menores, empezando por su hijo Felipe III, que situó brevemente la capital de España en Valladolid.

Varios siglos después, la ciudad sigue luciendo la impronta de aquella dinastía austriaca que tanto contribuyó a forjar la España que conocemos. La mejor manera de comprobarlo es caminar por sus calles y plazas, la fórmula para viajar en el tiempo y tocar con las propias manos las huellas dejadas por la historia.

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