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La historia frustrada de las ‘torres gemelas’ de Valladolid

La Catedral de la Asunción es fruto de un pulso de siglos entre el ímpetu humano y el fatalismo. Una maldición ha impedido que prosperaran los diseños que Juan de Herrera soñó para la ciudad

 

Ricardo Ortega

La mirada del viajero se posa estupefacta sobre la Catedral de la Asunción, tendida como un león herido junto a lo que fue el cauce del Esgueva. Como un gigante mutilado, con aire quizá de derrota, de nostalgia por lo que pudo ser y no fue. Ajena al hecho de que ninguna otra catedral española quedó inconclusa de forma tan sobrecogedora. Tan alarmante. Víctima de un proyecto ciclópeo que no perdió un ojo, como el gigante abatido por Ulises, sino tres de las cuatro patas -sus torres- con las que debería haber contado para lanzar un desafío a los dioses.

La historia de la catedral de Valladolid es el relato de una derrota porque el proyectado mayor templo del catolicismo, que solo quedaría por detrás de San Pedro del Vaticano, no alcanzó siquiera la mitad de su proyecto original.

Diseñado por Juan de Herrera, el edificio fue desde el principio víctima de la falta de presupuesto. Pero en su estado actual intervinieron también una calamitosa falta de organización y el mayor desastre que recuerdan los tiempos: el terremoto de Lisboa de 1755.antigua colegiata

El edificio más alto

Juan de Herrera había concebido la construcción de cuatro torres, dos en la fachada sur y dos, más pequeñas, en las esquinas de la cabecera. Estas dos últimas nunca llegaron a construirse, mientras que sus hermanas vivieron una historia tan accidentada, tan agónica, que merecerían protagonizar una película del género de catástrofes.

Entre 1703 y 1709, siguiendo las trazas de Herrera, se levantó la torre de poniente, de unos 270 pies de altura (aproximadamente 75 metros). A partir de 1726 la torre empezó a presentar problemas y sufrió una primera reparación, igual que en 1746.

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Una década después, en 1755, en el día de Todos los Santos la tierra tembló. La torre se bamboleó de tal manera que sonó el mecanismo del reloj. “Todos los canónigos echaron a correr y dejaron la iglesia sola, que no quedamos en ella más que el Ilmo. Sr. D. Isidoro Cosío, obispo de ella, su comodatario, un vecino de esta ciudad y mi persona”, dejó escrito Ventura Pérez. Así se sentía en la ciudad del Pisuerga (y del Esgueva) el terremoto de Lisboa.

Seis años después las heridas eran tan evidentes que hubo que pedir ayuda al arquitecto Ventura Rodríguez, quien buscó un remedio que duró 80 años. La obra consistió en ‘enzunchar’ la torre con cuatro cadenas de hierro. Para su colocación, Rodríguez diseñó un andamio volante que fue muy admirado.

Una nube de polvo sobre la ciudad

El mes de mayo de 1841 fue de muy mal tiempo, con lluvias torrenciales y vientos de gran fuerza. El día 31, segundo día de la Pascua de Pentecostés, se iba a celebrar la romería del Carmen, pero a las 12 de la mañana arreció el temporal y los ciudadanos se refugiaron en sus casas.

Sobre las 5 de la tarde Valladolid se vio conmocionada con un ruido terrible y los edificios cercanos a la catedral sintieron una gran trepidación. La torre se había venido abajo casi por completo.

Parte del derrumbe cayó a plomo sobre la capilla del Sagrario, destrozando la bóveda. Otra parte cayó sobre el lado que daba a poniente, con lo que llegó a cegar el cauce del Esgueva, hoy soterrado bajo la plaza de Portugalete.

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En su caída se llevó por delante bóvedas, escaleras, balaustradas y cornisas, además del antiguo rollo jurisdiccional trasladado hasta el atrio desde la vecina plaza de Santa María, hoy plaza de la Universidad.

El periodista José Ortega Zapata dejó consignado que fue “como si hubiesen disparado muchos cañones a la vez; y la ciudad y las habitaciones de las casas se vieron envueltas en densísima nube de polvo, casi impalpable, pero que asfixiaba”.

Fue un cataclismo, pero también un milagro, puesto que no hubo ningún muerto. Solo dos personas resultaron heridas: el campanero, Juan Martínez, refugiado en un vano de la torre que no se derrumbó, y su esposa, Valeriana Pérez, quien cayó junto con los elementos de la torre y quedó sepultada entre escombros, pero protegida por una viga.

“El estado que presenta la torre es completamente desesperado”, rezaba el informe de daños elaborado por los arquitectos.

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Se decidió desmontar gran parte de la torre que había quedado en pie. Había escasos fondos y no era fácil encontrar trabajadores para una misión tan peligrosa. Entonces se presentó voluntario Francisco González, un presidiario que cumplía condena por homicidio y que presentó un plan para proceder al derribo. El pago por su trabajo sería la exención de la pena.

El resultado está a la vista casi dos décadas después. La catedral se vio sin torre, sin campanas y sin reloj, todo un símbolo y una necesidad para la población, que dependía de ellos para gestionar su tiempo.

¿Una torre o dos?

Hubo intentos por reconstruir lo perdido, e incluso se firmó el proyecto de construir las dos torres, que serían más bajas que la desaparecida, pero más económicas. Una vez más, el proyecto no se pudo realizar por falta de fondos.

En 1878 se decidió construir la torre del lado de la Epístola, es decir, en el lado de levante. Las obras concluyeron en 1885, si bien pronto empezaron las críticas por la escasa altura de la torre, que hacía que las campanas apenas se oyeran. Se añadieron dos cuerpos más, ochavados, uno con el reloj y otro con una nueva sala de campanas, rematando el conjunto con una cúpula.

En 1888 se subían las campanas al tercer piso del cuerpo ochavado, donde hoy se siguen encontrando. La torre se remató en 1890 con un tejado de escasa pendiente en lugar de la cúpula proyectada y un pararrayos.

En 1910 se instaló en la torre un reloj de cuatro esferas. En 1923 continuaron las obras para la culminación. Se construyó la cúpula, pero la linterna proyectada fue sustituida por una estatua del Sagrado Corazón, obra del escultor Ramón Núñez. En 1924 se dio por finalizada la construcción de esta torre, que se había iniciado en 1880.museo diocesano

Vigía de piedra caliza

La torre consta de dos cuerpos de base cuadrada, tres de base octogonal, una cúpula y el remate de la estatua. El material empleado es piedra caliza, excepto la estatua, que está fabricada en hormigón.

Los dos primeros cuerpos cuadrados son exactos a los que tenía la torre desplomada. El cuerpo bajo tiene dos entradas, una desde el exterior y otra desde el interior de la catedral. El segundo cuerpo tiene cuatro vanos de arco de medio punto y un techo de vigas de madera. En un rincón se inicia la escalera de caracol que conducirá a los cuerpos superiores.

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Los tres cuerpos siguientes son de planta ochavada y arrancan desde la terraza del segundo cuerpo, que está protegida por una pequeña cerca de piedra. Esta parte se llamó ‘torre de los vientos’ por estar cada ventana orientada en la dirección de un viento.

El segundo custodia las esferas del reloj y el tercero es el destinado a las campanas; sus ocho ventanas tienen antepecho con balaustrada. Este último cuerpo termina con una terraza protegida por una barandilla de hierro. Sobre esta terraza está levantada la cúpula de diez metros de diámetro y seis de altura que a su vez soporta la estatua del Sagrado Corazón.

Una estatua para el Sagrado Corazón

El arzobispo Remigio Gandásegui fue el promotor de la estatua. Se pudo hacer gracias a una suscripción pública y su autor fue el escultor gaditano Ramón Núñez. Jesús está representado con túnica ceñida por un cinto y en el pecho tiene el corazón con la corona de espinas. La obra está colocada sobre un pedestal de metro y medio de alto.

‘Alabad al señor’

Cuando en 1885 se hizo una primera inauguración de la torre, se colocó la campana dedicada a san Miguel. Pesaba 150 arrobas y llevaba la inscripción: ‘Laudate Dominum in cimbalis bene sonantibus’, algo así como ‘Alabad al señor con címbalos resonantes’.

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