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La batalla de Simancas se adelantó dos siglos a las Navas de Tolosa

En la Batalla de Simancas, junto a Valladolid, se midieron las tropas del califa de Córdoba con el ejército formado por León, Navarra, Aragón y los condes de Castilla. Como preámbulo del choque, el sol se oscureció y aterrorizó a los soldados de ambos bandos

Ricardo Ortega

Como en un cuento fantástico, el sol se oscureció sobre la península ibérica mientras se cernía sobre el valle del Duero una gran batalla, una de las más grandes de cuantas se habían celebrado hasta la fecha en el territorio que hoy se conoce como España.

Un eclipse anticipaba el choque que tendría lugar a las puertas de Simancas, la localidad amurallada situada a un tiro de piedra de la ciudad de Valladolid. Un hito del proceso histórico que desde el siglo XIX se llama Reconquista, en el que los reinos del norte fueron comiendo terreno a los empobrecidos territorios del sur.

La batalla de Simancas, que tuvo lugar en los primeros días de agosto del año 939, representa un hito destacado en esa ‘reconquista’, ya que la victoria cristiana consolidó el dominio sobre las tierras situadas al norte del Duero. También permitió un avance seguro de la repoblación hacia el sur.

Batallas reales frente a mitos

Dicen en el Ayuntamiento de Simancas que este episodio bélico fue “real”, a diferencia de enfrentamientos, como Covadonga o Clavijo, “con tintes de leyenda”. No digamos ya la supuesta batalla de Calatañazor, directamente inventada para dar tintes épicos y de victoria a la muerte del caudillo Almanzor.

Frente a esos mitos y exageraciones, “el enfrentamiento registrado en Simancas se halla perfectamente documentado desde el punto de vista histórico porque fue un hecho real y tangible”, subrayan en el Consistorio de la localidad.

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¿Quiénes se enfrentaban?

En la contienda se midieron las tropas del califa de Córdoba Abderramán III, integradas supuestamente por 100.000 hombres que pretendían mantener sus posiciones al norte del Duero, arrasar el Reino de León y consolidar Zaragoza.

Con el ejército comandado por el rey Ramiro II de León se coaligaban Fernán González y los condes de Castilla, también con tropas de Navarra y Aragón.

«Don Ramiro de León derrota al cordobés junto a Simancas».

Los antecedentes

Ramiro II de León había acudido en apoyo de Abu Yahya, gobernador musulmán de Zaragoza, a quien el califa acusaba de traidor y culpable del desastre de Osma, ocurrido tres años antes.

Abderramán III reaccionó de forma airada. Tras cercar y conquistar Calatayud, se apoderó uno tras otro de todos los castillos que había perdido en Aragón. Al llegar a las puertas de Zaragoza, Abu Yahya capituló, acción que el califa aprovechó para emplearlo en una ofensiva contra Navarra, que culminó con éxito.

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Envalentonado, se propuso acabar con el reino leonés. Reunió un gran formado por mercenarios andalusíes, militares profesionales, tribus bereberes, soldados de las provincias militarizadas, contingentes de las Marcas y un buen número de voluntarios.

Bien armada y pertrechada, esta heterogénea masa de combatientes emprendió la marcha a fines de junio. Atravesó el Sistema Central por Guadarrama y, después de destruir los lugares que encontraba en su camino (Olmedo, Íscar, Alcazarén), los contingentes califales se instalaron en el castillo de Portillo a principios de agosto.

Entre tanto, el rey leonés Ramiro II había reunido a su lado a sus propias tropas, incluidas las de los condes castellanos Fernán González y Ansur Fernández, y a las tropas del reino de Pamplona de García Sánchez I.

Casco histórico de Simancas contemplado desde el río Pisuerga.
Casco histórico de Simancas contemplado desde el río Pisuerga.

Soldados aterrados

Según relatan las crónicas, tanto árabes como cristianas, hubo un eclipse de sol unos días antes de la batalla.

Cubrió la tierra de una amarillez oscura y llenó de terror a los soldados de ambos bandos: dos días pasaron sin que unos y otros hicieran movimiento alguno. Según los estudiosos, el eclipse sucedió el 19 de julio de 939.

La batalla, que se libró en la margen derecha del Pisuerga, al noreste de Simancas, fue muy violenta y se prolongó durante cuatro días.

Las crónicas cristianas cuentan que se apareció san Millán, nada menos, y las tropas cordobesas se retiraron dejando atrás 3.000 muertos.

El castillo de Simancas, en la actualidad.
El castillo de Simancas, en la actualidad.

¿Y después de Simancas?

Los leoneses pudieron explotar la victoria. Persiguieron a las tropas cordobesas y las volvieron a derrotar a la altura de Fresno Alhándiga, a medio camino entre Salamanca y Guijuelo, en plena Vía de la Plata.

Como consecuencia, la línea de repoblación del reino de León avanzó hasta el río Tormes, más allá del límite del Duero. Se ocupó Ledesma este mismo año y la ciudad de Salamanca, en 941.

Para Abderramán III la derrota fue un importante contratiempo pero no alteró su gobierno, puesto que los territorios perdidos se encontraban lejos de Córdoba.

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Los historiadores destacan la importancia fundamental de la batalla, que no fue tanto por la ganancia territorial, sino el valor simbólico de ser la primera gran victoria obtenida por los cristianos del norte (y sus aliados) contra el califato.​

Podría decirse, por tanto, que la batalla de Simancas se adelantó en dos siglos a otra gran coalición de los reinos del norte, la que dio lugar a la batalla de Las Navas de Tolosa.

Hitos paralelos en el devenir de la historia de España, en la configuración de este rincón de Europa. Pero hechos reales, alejados del mito y la manipulación.

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