Ricardo Ortega
A cualquier se le ha escapado alguna vez que cualquier tiempo pasado fue mejor y, puestos a elegir, pocos periodos ofrecen tantas garantías de tranquilidad espiritual como aquellos gloriosos siglos en los que la Inquisición velaba por nosotros.
Hoy tenemos la mala costumbre de pensar por nuestra cuenta, una actividad resulta francamente peligrosa que nuestros antepasados supieron evitar con admirable disciplina.
La fórmula era sencilla. Si usted tenía una opinión inconveniente, podía explicarla ante los inquisidores.
Si resultaba que aquella opinión no coincidía con la doctrina establecida, recibía una oportunidad extraordinaria para reconsiderarla. A veces, incluso con la ayuda de métodos pedagógicos que hoy llamaríamos poco ortodoxos. La educación, ya se sabe, ha cambiado mucho.
Contra judíos y herejes
La Inquisición dependiente de la Iglesia nació para controlar la ortodoxia religiosa, pero en la versión remozada por iniciativa de los Reyes Católicos centró su actividad en los elementos judaizantes.
Más adelante, ya puestos, también se interesó por blasfemos, sodomitas, bígamos, moriscos, supersticiosos, lectores de libros prohibidos y, en general, por cualquiera que mostrase una imaginación excesiva a la hora de organizar su vida.
Una sociedad tan diversa necesitaba, naturalmente, un mecanismo capaz de recordar a todos dónde terminaba la libertad y empezaba la obediencia.
Y aquí está el detalle que a veces olvidamos: la Inquisición no fue solamente una institución religiosa. Fue también una formidable herramienta política, sobre todo a partir de Isabel y Fernando.
En una monarquía que necesitaba mantener la unidad, controlar las conciencias podía resultar tan útil como controlar los ejércitos: la ortodoxia religiosa contribuía a construir la ortodoxia política, y ambas se daban la mano con una naturalidad que hoy nos resulta bastante incómoda, sobre todo a quienes no vivieron el franquismo.
Había autos de fe, por supuesto. No eran exactamente espectáculos familiares, aunque reunían a multitudes.
Allí se escenificaba públicamente quién tenía razón, quién se había equivocado y qué precio podía tener equivocarse demasiado.
La ceremonia cumplía así una doble función: castigar al condenado y educar al espectador. Una magnífica lección de civismo, si por civismo entendemos aprender a no meterse en problemas.
Cuidado con lo que lees…
También había censura. Algunos libros no convenían. Otros podían hacer pensar demasiado. Y pensar, como sabemos, es una costumbre difícil de controlar una vez adquirida: mucho mejor decidir previamente qué podía leer cada cual y ahorrarle al ciudadano el esfuerzo de formarse una opinión.
Por eso quizá deberíamos recuperar aquella época. No tendríamos que soportar debates interminables, opiniones contradictorias ni esas insoportables discusiones en las que nadie consigue tener razón, sobre todo cuando hay cuñados de por medio. Bastaría con encontrar de nuevo a alguien autorizado para decirnos qué debemos creer.
Claro, que para disfrutar de aquella maravillosa tranquilidad habría que renunciar precisamente a aquello que hoy valoramos mucho, como la libertad de conciencia.
Pero seamos realistas: los ciudadanos del siglo XXI no tenemos tanta personalidad como nos creemos y, en el fondo, partidos políticos, iglesias, clubs de fútbol y todo tipo de colectivos suelen contribuir a ahormar nuestras voluntades: el homo sapiens es más gregario de lo que le gusta admitir.
Dos autos de fe en Valladolid
La ventaja de la Inquisición era que no confundía libertad con libertinaje intelectual. La religión proporcionaba el marco y el poder político se encargaba de que nadie se saliera demasiado de él.
Una combinación magnífica. Porque cuando Iglesia y Monarquía coinciden en lo fundamental, el ciudadano puede dedicarse tranquilamente a sus asuntos. Y si alguien tenía dudas, siempre quedaba el auto de fe.
Valladolid tuvo dos en 1559. La ciudad pudo contemplar uno de esos grandes espectáculos públicos que hoy llamaríamos patrimonio inmaterial, aunque con bastante menos entusiasmo.
La plaza Mayor se llenaba de autoridades, clérigos y espectadores; había ceremonias, sermones, procesiones y condenas. Todo perfectamente organizado para que quedara claro que la fe era una cosa muy seria y que equivocarse con ella podía tener consecuencias bastante desagradables.
Agustín Cazalla
El primer auto se celebró el 21 de mayo. Allí estaba el doctor Agustín Cazalla, antiguo capellán de Carlos V, canónigo de Salamanca y figura principal del círculo reformista vallisoletano.
Había predicado, estudiado y discutido demasiado. Mala combinación en aquellos tiempos. Terminó condenado a la hoguera.
La familia tampoco salió especialmente bien parada. Sus hermanos Francisco, Beatriz y Pedro fueron igualmente condenados; otros familiares recibieron cárcel y sambenito.
Hasta el cadáver de su madre fue desenterrado y arrojado a las llamas. La casa familiar fue derribada, y en su lugar se dejó un padrón de ignominia.
Una magnífica manera de fomentar la convivencia vecinal.
‘El hereje’ de Delibes
Miguel Delibes recuperó aquel episodio cuatro siglos después en ‘El hereje’. Cipriano Salcedo, personaje ficticio rodeado de personajes históricos, permite recorrer aquel Valladolid en el que comerciaban los mercaderes, rezaban los clérigos, discutían los humanistas y vigilaba la Inquisición.
Una ciudad, en definitiva, donde la cultura estaba bastante viva, siempre que uno tuviera cuidado con lo que entendía por cultura.
Convenía vigilar las lecturas. Y las conversaciones. Y las amistades. Y las conciencias.
La Inquisición no necesitaba entrar en todas las casas. Bastaba con que su presencia fuese conocida. El miedo, cuando está bien administrado, ahorra bastante trabajo.
El testamento de Delibes
La última novela de Delibes sigue siendo, tantos años después, una defensa de aquello que la Inquisición consideraba peligroso: la conciencia individual.
Por eso decimos que se trata del auténtico testamento moral de Delibes, un recordatorio de lo que significaba salirse de la cuadrícula.
En Valladolid todavía se puede caminar por los lugares de aquella historia. La plaza Mayor, la iglesia de Santiago, donde predicaba Cazalla, y el camino hacia el antiguo quemadero forman hoy una ruta cultural que recuerda precisamente aquello que la Inquisición quiso borrar: que una conciencia puede ser perseguida, pero no necesariamente vencida.
Cerca de 3.000 ejecutados
Una vez defendida la ilustre institución del Santo Oficio, no está de más conocer algunos datos. Y es que no existe un número absolutamente exacto de personas ajusticiadas. Se han perdido muchos archivos, especialmente de las primeras décadas.
Las investigaciones modernas sitúan aproximadamente en 125.000 las personas procesadas, y en cerca de 3.000 las ejecutadas, aunque algunas estimaciones llegan a varios miles más.
¿Cuántas versiones hubo de la Inquisición?
Ya apuntábamos más arriba que en España hubo dos fases diferenciadas: la Inquisición medieval, dependiente del papa de Roma, y la puesta en marcha por los Reyes Católicos para aprovechar sus irreprochables métodos de investigación.
La Inquisición medieval es bastante distinta de la que solemos imaginar cuando hablamos de la Inquisición española. Nació en el siglo XIII, en el contexto de la lucha de la Iglesia contra movimientos considerados heréticos, especialmente los cátaros en el sur de Francia.
El papa Gregorio IX creó en 1231 una estructura inquisitorial más organizada, confiándola en buena medida a frailes dominicos y franciscanos.
No era inicialmente un instrumento de la monarquía. Era fundamentalmente una institución de la Iglesia, aunque necesitaba el poder secular para ejecutar determinadas sentencias.
Los inquisidores viajaban por distintas localidades, investigaban denuncias, interrogaban a sospechosos y celebraban procesos. Las penas podían ir desde penitencias y peregrinaciones hasta prisión, confiscación de bienes o, en los casos más graves, la entrega al poder secular para la ejecución.
La tortura se incorporó posteriormente al procedimiento inquisitorial, especialmente a partir de la autorización pontificia de 1252 (Inocencio IV), aunque estaba sometida a determinadas restricciones.
Castilla y Aragón
La Corona de Castilla tuvo una actividad inquisitorial medieval relativamente limitada. Existían inquisidores y tribunales episcopales, pero no una maquinaria permanente comparable a la que aparecería después.
En la Corona de Aragón, en cambio, la Inquisición medieval tuvo mucha mayor presencia. La lucha contra los cátaros había llevado la actividad inquisitorial a territorios de la Corona, y los dominicos adquirieron un papel importante.
Por eso, cuando en 1478 los Reyes Católicos crean la nueva Inquisición, no están simplemente continuando la institución medieval: fue una institución profundamente vinculada a la Monarquía.
¿Fue un invento español?
A pesar los tópicos traídos por la leyenda negra, el fenómeno inquisitorial no fue una peculiaridad española. Nuestros vecinos hicieron lo propio:
Francia: fue uno de los grandes escenarios de la Inquisición medieval. En el siglo XIII se utilizaron inquisidores, especialmente dominicos, contra los cátaros y otros movimientos considerados heréticos. Es el contexto en el que se desarrolla la primera gran organización inquisitorial pontificia.
Italia: hubo tribunales inquisitoriales medievales dependientes de Roma, especialmente activos desde el siglo XIII. Posteriormente, en 1542, se creó la Inquisición romana, reorganizada por Pablo III para combatir principalmente la Reforma protestante y controlar la ortodoxia católica.
Portugal: creó su propia Inquisición portuguesa en 1536, siguiendo en buena medida el modelo español. Funcionó hasta 1821.
Estados Pontificios: Roma mantuvo sus propias estructuras inquisitoriales. La Inquisición romana acabaría convirtiéndose en la Congregación del Santo Oficio y, mucho después, en la actual Congregación para la Doctrina de la Fe.
Países Bajos: durante la época de dominio de los Habsburgo hubo actividad inquisitorial, particularmente contra protestantes y otros considerados herejes.
Imperio español: la Inquisición española no se limitó a la península. Hubo tribunales en México, Lima y Cartagena de Indias, entre otros lugares, dentro de la Monarquía Hispánica.
Por eso cuando alguien nos pregunte por la Inquisición, la primera respuesta debería ser “¿cuál de todas?”.
¿Hubo caza de brujas en España?
Se ha hablado poco de este capítulo y hay que recordar que sí, las supuestas brujas se persiguieron, sobre todo entre los siglos XV y XVII, aunque la magnitud fue menor que en algunas zonas de Europa; a lo mejor es que las autoridades tenían más obsesión con los falsos conversos y más interés político en torturar luteranos.
Y es que la cosa iba de obsesión: los propios perseguidores terminaron por reconocer que las brujas desaparecieron cuando se dejó de hablar de ellas: se puede decir que nunca habían existido.
El caso más famoso es el de la caza de brujas de Zugarramurdi. En 1609 comenzaron investigaciones sobre supuestas brujas en esa zona de Navarra.
La Inquisición intervino y terminó llevando a numerosas personas ante los tribunales. En el Auto de Fe de Logroño de 1610, varias personas fueron condenadas y algunas fueron ejecutadas.
Posteriormente, el inquisidor Alonso de Salazar y Frías investigó el fenómeno y llegó a cuestionar muchas de las acusaciones, tanto de Zugarramurdi como de otras zonas del norte de España.
Llegó a la conclusión de que, más que brujas, lo que había era ignorancia y superstición y denuncias falsas, con algo también de sugestión colectiva.
Su investigación contribuyó a que la Inquisición adoptara una postura bastante más escéptica hacia las denuncias de brujería, con unas cifras de procesamientos y muertes mucho menores que en otras partes de Europa.
Así que sí: con la Inquisición vivíamos mejor. Al menos quienes tenían la suerte de pensar exactamente lo mismo que sus responsables.
Por eso quizá convenga seguir leyendo ‘El hereje’ de Miguel Delibes, no vaya a ser que alguien vuelva a ofrecernos aquella maravillosa tranquilidad.
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Imagen principal: ‘Auto de fe de la Inquisición’, pintado por Francisco de Goya entre 1812 y 1819.

