Los éxtasis de Santa Teresa: ¿enfermedad, locura o una obra del Maligno?

Obstinada y vigilada por la Inquisición, los contemporáneos de Teresa de Ávila atribuían sus trances a la enfermedad o al mismo Demonio. Pese a todos, la santa dejó testimonio escrito de un amor que no podrán borrar los siglos

Ricardo Ortega

La agenda cultural y turística de Castilla y León tiene pendiente una cita, quién lo iba a decir, con el amor. Con un amor que desafía los límites de la razón humana y que desde hace cinco siglos ha hecho correr ríos de tinta, con un eco de voces entrecruzadas que abarca desde la sospecha y el escándalo hasta la confirmación, para algunos, de que el misticismo va mucho más allá del hecho religioso.

Descendiente por vía paterna de judíos conversos, vigilada de cerca por la Inquisición, con un hondo poso de rebeldía y, sobre todo, profundamente enamorada, la figura de Teresa de Cepeda y Ahumada, conocida como Teresa de Jesús, Teresa de Ávila o simplemente ‘la santa’ para los abulenses, es una santa para los católicos y una de las grandes plumas de la literatura en castellano.

Poco importa si Teresa nació en Ávila o en Gotarrendura, como defienden con tesón los vecinos de esta localidad de la Moraña. Lo sustancial es que esta religiosa, referente absoluto de la literatura mística en lengua castellana, dejó una huella imborrable en la cultura española gracias a un empleo del idioma que hoy resulta de extraordinaria actualidad, con pasajes que embelesan por la belleza de sus palabras y por la temática amorosa, que desnuda una intimidad que llega a turbar.

Cuando cultivó la poesía lírico-religiosa, escribió versos fáciles, de estilo ardiente y apasionado, como nacido del amor ideal en que se abrasaba, y que era fuente inagotable de poesía.

La vida de la santa parece seguir su máxima de que ‘el que quiere conseguir todo debe renunciar a todo’ y la humildad fue, precisamente, la que marcó la mayor parte de sus actos. El empeño por desprenderse de todo lo material fue lo que inspiró su reforma de las Carmelitas, que dio lugar a las Carmelitas Descalzas, y se convirtió en el principal elemento que llevó a transformar su meditación y su oración hacia el misticismo.

Después de padecer fuertes sufrimientos por continuas enfermedades, a partir de los 41 años experimentó sus primeras experiencias místicas, calificadas por sus propios confesores como imaginarias, producto de la enfermedad o incluso obra del mismísimo Diablo.

En un periodo histórico en el que la religión afectaba a todos los aspectos de la vida, la Inquisición recibió varias denuncias contra la santa y siguió muy de cerca sus escritos ante el temor de que incitaran a seguir la Reforma protestante, que ya había prendido en toda Europa.

De hecho, muchos de sus textos están autocensurados como prevención ante esta vigilancia por el Santo Oficio, e incluso llegó a quemar su manuscrito ‘Meditaciones sobre el Cantar de los Cantares’, en una época en la que estaba prohibida la difusión de las sagradas escrituras en lengua romance.

Sus obras místicas más importantes son ‘Camino de perfección’, ‘Conceptos del amor de Dios’ y ‘El castillo interior’ (o ‘Las moradas’), aunque también pertenece a este género ‘Vida de Santa Teresa de Jesús’, escrita por ella misma y cuyos originales se encuentran en el monasterio de San Lorenzo del Escorial.

También escribió Teresa muchas otras obras, además de poesía y diversos escritos breves. Su obra se ha traducido a varios idiomas y el nombre de santa Teresa de Jesús figura en el catálogo de autoridades de la lengua publicado por la Real Academia Española.

¿Quién es Teresa?

Según relata ella misma en los escritos reunidos en ‘Vida de Santa Teresa de Jesús’, desde sus primeros años mostró una imaginación vehemente y apasionada. Su padre, aficionado a la lectura, tenía algunos romanceros; esta lectura y las prácticas piadosas comenzaron a despertar el corazón y la inteligencia de la pequeña Teresa.

En ese tiempo pensó ya en sufrir el martirio, para lo cual, ella y uno de sus hermanos, Rodrigo, trataron de ir a las “tierras de infieles”, es decir, tierras musulmanas, pidiendo limosna. El objetivo no era otro que ser decapitados. Un tío suyo los localizó y los llevó de vuelta a casa, tras lo cual, convencidos de que su proyecto era irrealizable, acordaron ser ermitaños.

Al parecer, perdió a su madre hacia 1527, a los 12 años de edad. Ya en aquel tiempo su vocación religiosa había sido continuamente demostrada. “Procuraba soledad para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el rosario… Gustaba mucho cuando jugaba con otras niñas, hacer monasterios como que éramos monjas”, recuerda.

Un paroxismo de cuatro días

Se ha especulado mucho sobre la naturaleza de los trances que experimentaba Teresa, y parece que el inicio de su vida como religiosa desempeñó un papel en ello. Tras una lucha interior, llegó a decir a su padre que deseaba ser monja.

Su padre contestó que no lo consentiría mientras él viviera, pero ella dejó su casa y entró el 2 de noviembre de 1533 en el convento de la Encarnación, en Ávila. Tras dar ese paso su estado de salud empeoró.

Padeció desmayos, una cardiopatía no definida y otras molestias. Para curarla,  su padre la llevó en 1535 a Castellanos de la Cañada, en la actual provincia de Ávila. Dos años después, y ya habiendo regresado a su ciudad, sufrió un paroxismo de cuatro días que la dejó paralítica durante cerca de dos años. Antes y después de ello,  sus padecimientos físicos fueron horribles.

Comenzaron las visiones y, según su testimonio, se le apareció Jesucristo (1542) en el locutorio con semblante airado, reprendiéndole su trato familiar con seglares.

No obstante, la monja no cambió de actitud durante años, hasta que se movió a dejar el trato con personas no dedicadas a la religión a la vista de una imagen de Jesús crucificado. Corría el año 1555.

Al año siguiente comenzó a sentir grandes favores espirituales y en 1558 experimentó su primer rapto, y la visión del infierno. En 1559 tomó por confesor a Baltasar Álvarez,  que dirigió su conciencia durante unos seis años,  y disfrutó “de grandes favores celestiales”, entre los que se contó la visión de Jesús resucitado.

Reformar la Orden del Carmen

Fue en esa época cuando san Luis Beltrán la animó a llevar adelante su proyecto de reformar la Orden del Carmen, concebido por entonces.

Teresa quería fundar en Ávila un monasterio para la estricta observancia de la regla de su orden,  que comprendía la obligación de la pobreza, de la soledad y del silencio. Como apunta su biógrafo francés Pierre Boudot, en todas las páginas del libro de su vida “se ven las huellas de una pasión viva, de una franqueza conmovedora y de un iluminismo consagrado por la fe de fieles”.

Todas sus revelaciones atestiguan que creía firmemente en una unión espiritual entre ella y Jesucristo. Veía a Dios, la Virgen, los santos y los ángeles en todo su esplendor, y de ellos recibía inspiraciones que aprovechaba para la disciplina de su vida interior.

Pasaba de los cuarenta y un años cuando por vez primera vivió un éxtasis. Sus visiones se sucedieron sin interrupción durante dos años y medio (1559-1561) y sus superiores le prohibieron que se abandonase a estos fervores de devoción mística. Le ordenaron que resistiera a estos arrobamientos a la vista de que, en ellos, su salud se consumía.

Ella trató de obedecer, si bien su oración era tan continua que ni aun el sueño podía interrumpir su curso. Al mismo tiempo, abrasada de un violento deseo de ver a Dios, se sentía morir. Muero porque no muero.

La transververación de Teresa

Hacia 1559 tuvo lugar el culmen de las visiones de Teresa, el episodio que se ha denominado la transververación.

La santa escribió: “Vi a un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal… No era grande,  sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan… Veíale en las manos un dardo de oro largo,  y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo,  y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios”.

“Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto”.

Frente a quienes acusaban a la monja de fantasear, ella describió sus momentos de éxtasis, en un estilo personalísimo, como “un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios,  que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento… Los días que duraba esto andaba como embobada, no quisiera ver ni hablar, sino abrasarme con mi pena”.

Inicio de las fundaciones

A fines de 1561 recibió Teresa cierta cantidad de dinero que le remitió desde Perú uno de sus hermanos, y con ella se ayudó para continuar la proyectada fundación del Convento de San José. Descontenta con la ‘relajación’ de las normas que en 1432 habían sido mitigadas por Eugenio IV, Teresa decidió reformar la orden para volver a la austeridad, la pobreza y la clausura que consideraba el auténtico espíritu carmelitano.

El primero se abrió el monasterio de San José (24 de agosto de 1562), en el que tomaron el hábito cuatro novicias en la nueva orden de las Carmelitas Descalzas de San José.

Las religiosas adictas a la reforma de Teresa dormían sobre un jergón de paja, llevaban sandalias de cuero o madera, consagraban ocho meses del año a los rigores del ayuno y se abstenían por completo de comer carne. La reforma propugnada junto a san Juan de la Cruz,  que incluyó a los hombres, se llamó de los Carmelitas Descalzos.

El 19 de febrero de 1582 se fundó en Lisboa el Convento de San Alberto, de carmelitas descalzos.

Teresa salió de Burgos a finales de julio de 1582 con su enfermera, la monja Ana de San Bartolomé. El 3 de agosto escribió desde Palencia a la priora de Burgos. Luego pasó por Valladolid.

Llegó a Medina del Campo el 16 de septiembre. Allí Antonio de Jesús le dijo que fuese a Alba de Tormes a acompañar a la duquesa de Alba, que iba a tener un hijo. Él viajaría con ella y elegirían una nueva priora en el convento de Alba de Tormes.

Llegó a Alba de Tormes el 20 de septiembre. Se encontraba enferma, se fue al carmelo y se acostó. En contra de la opinión de los médicos, se levantó para ir a misa y para inspeccionar el carmelo.

El 29 Teresa quedó postrada en la cama. El 2 de octubre se confesó, comulgó y realizó unas recomendaciones a las carmelitas. Antonio de San José le preguntó si quería que llevasen su cuerpo a Ávila cuando falleciese. Ella dijo que no le importaba que la enterrasen en Alba.

El 3 de octubre un barbero le realizó una sangría y le aplicó unas ventosas. A las nueve de la noche, recibió la extremaunción.

Murió, en los brazos de Ana de San Bartolomé, a las nueve de la noche del 4 de octubre de 1582.

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