Ricardo Ortega
Valladolid es una ciudad en la que tanto pueden hacer turismo los visitantes llegados de la otra parte del mundo como los propios vecinos.
Detrás de cada esquina, en el envés de cada hoja de periódico, en cada palacete mimetizado con el conjunto urbano se descubren detalles, viejas historias, las huellas de personajes históricos que siguen pareciendo vivos porque cada vez sabemos más de ellos; sus biografías crecen y se agigantan, su impronta se va transformando y redescubriendo. Su nombre va sumando nuevos significados.
Si ello sucede con José Zorrilla o con el mismísimo Miguel de Cervantes, qué no encontraremos en relación con un autor tan actual como Miguel Delibes, teóricamente desaparecido en 2010 pero con una obra que sigue presente en la memoria colectiva, en las calles, en el mobiliario urbano, desde el número 12 de la acera de Recoletos hasta el Campo Grande, desde las instalaciones que llevan su nombre (un colegio, un centro cultural, todo un campus universitario) hasta el palacio del Licenciado Butrón.
Es ahí, en una esquina de la plaza de Santa Brígida, donde se encuentra la casa museo dedicado al escritor. Puede llevar más de dos horas recorrer todas las estancias, o una jornada completa si nos empeñamos en leer cada cartel, cada etiqueta, en desbrozar cada una de las páginas que Miguel dejó escritas a mano, y menos mal que solo se seleccionaron unas pocas para ser expuestas.
También es posible participar en la visita guiada, que se realiza los sábados y domingos a las 11,00 y a las 12,00 horas. Cerca de una hora de recorrido interpretado, en diálogo con el público, donde cada cual se va familiarizando con la figura de Delibes, con su historia familiar, con sus manías, con su ideología en unas décadas en que resultaba peligroso salirse de la cuadrícula.
Miguel Delibes se nos presenta como el escritor fiel a la lengua viva y a los eternos problemas del ser humano. Como periodista comprometido con su tiempo, cazador y pescador respetuoso con el medio ambiente, defensor del mundo rural, viajero atento y curioso, deportista y amante del aire libre. Firme partidario de la dignidad humana y la justicia social. Conciencia crítica.
Su trayectoria como escritor, iniciada en 1947 con el Premio Nadal, la compaginó Delibes con la docencia y el periodismo. Titulado en Comercio, obtuvo la Cátedra de Derecho Mercantil de la Escuela de Comercio de Valladolid en 1945, que ejerció hasta su jubilación.
Antes, en 1941, había comenzado a colaborar como caricaturista en El Norte de Castilla, en el que desarrollará una larga trayectoria que le lleva hasta la subdirección (1952) y posterior dirección del periódico (1958).
Estos trabajos no le impedirán tener un ocio entregado a la práctica de numerosos deportes, especialmente de aire libre: natación, fútbol, tenis, ciclismo o, por supuesto, la caza y la pesca, ni explorar la experiencia del viajero en países como Chile, Estados Unidos, Checoslovaquia, Italia, Francia, Holanda, Bélgica o Suecia.
Menos aún serán un obstáculo para una rica vida familiar, la del Delibes hombre de familia, esposo de Ángeles de Castro, padre de cuatro hijos y tres hijas, y abuelo, que está también presente entre estas paredes, en los muebles y objetos que le rodearon, la materia modesta de los días: su pluma, su visera, sus gafas o su librillo de papel para liar tabaco.
Y, esas mismas paredes recuerdan las muchas criaturas alumbradas por su mano en estas estancias, en las que es inevitable que el nombre de Delibes evoque en cada lector, en cada visitante, nombres diferentes, rostros distintos.
Para algunos será siempre el autor de Azarías y Paco el Bajo, Los santos inocentes; para otros, del señor Cayo o Lorenzo; algunos pensarán en Daniel el Mochuelo alejándose definitivamente de su infancia por el camino que lleva a la ciudad, o en la ingenua Desi de La hoja roja; y no faltará quien evoque a Carmen Sotillo y la sombra de Mario, al hereje Cipriano Salcedo y Minervina o la fuerza expresiva de personajes como el Nini o Pacífico.
En todos ellos, el propio escritor supo definir de manera sencilla la fórmula de su creación: «Un hombre, un paisaje, una pasión».
Es el tiempo, juez implacable, quien determina qué nombres pasan al olvido y cuáles quedan. El escritor fue bien consciente de ello. Hoy podemos valorar la talla enorme de su valía literaria y humana, y comprender que su legado estaba llamado a perdurar.
La segunda mitad del siglo XX, en la que Delibes desarrolla su trayectoria narrativa, es un periodo en el que la novela europea se pregunta cuál debe ser su función, y qué senda debe seguir. Las respuestas, en todas las lenguas del continente, son muy diversas: novelas experimentales, novelas fragmentarias, antinovelas… Los escritores ensayan diferentes estrategias para crear y, en la medida de lo posible, hacerlo de forma novedosa.
Desde sus inicios, pero especialmente desde El camino (1950), Miguel Delibes desconfiará de planteamientos teóricos previos que condicionen la narración a fin de conseguir la originalidad. Y eso que en la visita se nos recuerda que Miguel era mal lector y que fu su esposa, Ángeles, quien le animó a leer.
Lo importante, para él, es tener un personaje al que escuchar, que este viva en un mundo fielmente retratado, y que tenga una historia.
Para poder seguir eta fórmula de apariencia tan simple de «un hombre, un paisaje, una pasión» es necesario saber escuchar (la voz de cada personaje, y especialmente la de los seres humildes y desapercibidos) y saber mirar (el horizonte amplio o reducido en el que se mueven, sufren, anhelan).
A Miguel Delibes no le importó que sus criaturas y su territorio le robasen el protagonismo, porque intuyó, como nos recordó en su intervención en la ceremonia de entrega del Premio Cervantes, al rememorar una vida vivida a través de los personajes de sus libros, que «… ellos son, en gran parte, mi biografía».
Por eso, Daniel el Mochuelo, Desi, el señor Cayo, Azarías, Menchu, Paco el Bajo y tantos otros nos hablan hoy con las voces llenas de vida que su autor supo darles.
La labor de escritor es en Delibes inseparable de su trabajo como periodista, aunque éste se inició de forma peculiar.
En octubre de 1941, un joven Miguel acude a la redacción de El Norte de Castilla, entonces dirigido por Jacinto Altés, con una carpeta de caricaturas (siempre le había gustado el dibujo, y ya en el colegio retrataba en clave de humor a sus profesores, para regocijo de sus compañeros de clase). Y como dibujante se inició Delibes en el periódico.
Tras hacer un curso, obtuvo el carné de prensa, y se incorporó ya como redactor a la plantilla de El Norte de Castilla en 1944. Durante estos primeros años escribe breves reseñas cinematográficas, noticias locales y necrológicas.
Va aprendiendo el oficio. Firma con diferentes nombres de pluma aquellas primeras colaboraciones, y como MAX sus dibujos: según él mismo explicó, la «M» correspondía a su nombre, la «A» al de Ángeles, y la «X» a la incógnita de futuro que se abría ante ellos. Poco podían sospechar ambos jóvenes que en la década de los 50 Delibes pasaría a ser subdirector del periódico, primero, y director, después.
Su presencia insuflará al diario independencia y modernidad, y en torno a él se aglutinarán, en los 50 y los 60, nombres imprescindibles que aúnan también literatura y periodismo: José Jiménez Lozano, Francisco Umbral, Manu Leguineche, César Alonso de los Ríos o José Luis Martín Descalzo.
En este tiempo, los conflictos con la Dirección General de Prensa fueron constantes, y motivaron complicadas estrategias para mantener el vínculo entre Delibes y el periódico.
La denuncia de la situación de atraso que sufría el campo castellano fue uno de los motivos de conflicto con la censura, que impidió la publicación de reportajes críticos y comprometidos sobre esta cuestión.
Pero Delibes encontró la manera de sortear el problema: así es como concibe Las ratas (1966), que mediante la coartada de la ficción muestra la miseria material y moral de algunos habitantes del campo.
Más que un escritor
La semblanza de Miguel Delibes no estaría completa si olvidáramos otras facetas suyas menos conocidas, pero imprescindibles para completar su personalidad.
La Cátedra de Derecho Mercantil que ocupó en la Escuela de Comercio de Valladolid no fue una ocupación profesional desvinculada de su quehacer literario. Para sorpresa de muchos, el propio Delibes declaró en numerosas ocasiones que la influencia literaria más importante en su escritura no fue ningún autor de ficción, sino el Curso de Derecho Mercantil de Joaquín Garrigues, del que habría aprendido la precisión y la contención expresivas.
Por otro lado, y a pesar de que su figura sea indisociable de Castilla, Delibes fue un hombre viajero, que visitó numerosos países y publicó en prensa notas sobre sus viajes, recopiladas después en seis libros: Un novelista descubre América (1956), Por esos mundos: Sudamérica con escala en Canarias (1961), Europa: parada y fonda (1963), USA y yo (1966), La primavera de Praga (1968) y Dos viajes en automóvil: Suecia y Países Bajos (1982).
En ellos, el escritor contempla con mirada curiosa y a veces socarrona todo lo nuevo y extraño. Nunca pretendió que aquellas visitas le hubiesen convertido en un experto en otras culturas, pero sí aseguraba que le habían permitido conocer mejor su tierra.
Humanista comprometido
Este interés auténtico y sin maniqueísmos por los niños no es extraño en un autor que siempre se situó al lado de los débiles y de los oprimidos, de todos aquellos a quienes la gran Historia deja de lado: Azarías y Paco el Bajo en Los santos inocentes, Desi, en La hoja roja, Cipriano Salcedo, El hereje, el viejo señor Cayo e incluso Carmen Sotillo.
Al poner ante nuestros ojos a estos personajes, Delibes se revela como un autor cuya mayor preocupación es el ser humano frente a la angustia, la soledad o los abusos de cualquier tipo. Este compromiso se refleja en su manera de entender la convivencia cívica y la religión, asuntos en los que para Delibes la fraternidad con el prójimo se antepone a todo dogmatismo.
Así lo sostuvo siempre en su dimensión de periodista y ciudadano, manifestándose contra los abusos del poder en varias ocasiones, de la misma forma que alzó su voz contra la explotación indiscriminada del planeta.
Su intervención en el discurso de entrada en la Real Academia, El sentido del progreso desde mi obra, publicado después bajo el título Un mundo que agoniza, se convirtió en alegato profético de la futura conciencia ecologista.
La sombra de la muerte es alargada
Una de las constantes fundamentales de la obra de Miguel Delibes es la muerte, presencia obvia y omnipresente en títulos como La mortaja, La hoja roja o Cinco horas con Mario.
El escritor, desde su fe, confesaba no tener tanto miedo a la suya propia como a la de sus seres queridos, un temor que se fraguó en la niñez, cuando comprendió que su padre, algún día, dejaría de acompañarle en sus excursiones campestres y deportivas.
Esa angustia ante la pérdida y la soledad no le abandonará, y se manifestará muy vívidamente en sus páginas.
El teatro y el cine
La obra de Delibes, por su capacidad para crear personajes con vida y voz propias, ha tenido gran fortuna en las adaptaciones al teatro y al cine. Él era excelente conocedor de ambos medios, y por eso comprendía que trasvasar una novela a las tablas o al objetivo de la cámara supone necesarios cambios y reajustes.
En el teatro, es inolvidable la versión de Cinco horas con Mario con Lola Herrera en el papel de Carmen Sotillo, repetido en diferentes temporadas a lo largo de cuatro décadas, y siempre con gran éxito de público y de crítica.
La posterior interpretación de Natalia Millán aportó diferentes matices, pero supo mantener la esencia del personaje y sus conflictos. Excelentes han sido también las adaptaciones de Las guerras de nuestros antepasados o Señora de rojo sobre fondo gris.
En el séptimo arte
Por lo que al cine y la televisión respecta, los textos de Delibes han dado lugar a grandes películas en las manos de distintos directores y con interpretaciones excelentes. Ana Mariscal consiguió traducir en imágenes la emoción de El camino en su adaptación cinematográfica de 1963 (posteriormente, en 1978, Josefina Molina realizaría una notable serie televisiva basada en esta novela).
Antonio Giménez-Rico supo leer y reescribir Mi idolatrado hijo Sisí. Antonio Mercero logró captar la mirada de un niño de tres años en La guerra de papá (1977), a partir de El príncipe destronado.
En 1984, Los santos inocentes se convirtió en una extraordinaria película bajo la dirección de Mario Camus (nadie podrá ya imaginar a Azarías o Paco el Bajo con otros rostros y otras voces que las de Paco Rabal y Alfredo Landa, quienes compartieron la Palma de Oro del Festival de Cannes por su actuación en esta película).
Giménez-Rico se acercó nuevamente a la obra de Miguel Delibes para examinar la Transición democrática y sus deudas en El disputado voto del señor Cayo (1986), y la miseria y el atraso del campo abandonado en Las ratas (1997).
Incluso El hereje, la última y complejísima novela de Delibes, despertó el interés del séptimo arte, y aunque la película no se llegase a realizar, contamos con el guion elaborado por José Luis Cuerda.
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Casa Delibes
Palacio del Licenciado Butrón
Calle San Diego, s/n (junto a plaza de las Brígidas)
Valladolid
(visitas guiadas los sábados y domingos a las 11,00 y las 12,00)

