Ricardo Ortega
El inicio de la Edad Moderna estuvo marcado en España por una extraordinaria renovación intelectual, espiritual y literaria, con una paradoja de la que aún queda mucho por hablar: ese proceso corría paralelo a la exclusión de la población judía que, cosas de la política regia, dejaba de existir legalmente en 1492. Ese año los Reyes Católicos decretaban su conversión forzosa o su expulsión.
La mayor parte opta con convertirse y pasa a engrosar la bolsa de judeoconversos, aunque el populacho los llamaba de formas menos amables.
De ellos, muchos mantendrán sus prácticas de forma secreta. Son los criptojudíos, los judaizantes. Contra ellos los monarcas pondrán en pie un instrumento terrible, la Inquisición, que también será de gran utilidad para combatir todo tipo de heterodoxia.
El componente hebreo de la cultura española mutaba de forma abrupta, confusa, y pasaba a estar sustituida por el aporte de los cristianos nuevos, de conversión más o menos sincera en las primeras generaciones, como decimos, pero con un componente genético, intelectual, que se fue diluyendo en la sociedad mayoritaria con el paso de los años.
Una cuestión que siempre sobrevuela ese análisis: ¿Cómo es posible que tantos conversos destacaran en el panorama científico, creativo, incluso religioso?
No están los tiempos para destacar las cualidades de una raza, sobre todo ahora que sabemos que las razas no existen, de modo que la respuesta solo puede ser social: al tener los judíos vetado el acceso a determinados ámbitos, como la posesión de la tierra, se facilitó su inclusión en profesiones como la medicina, el crédito o la Administración: se aceleraba la constitución de una protoburguesía de la que saldrían grandes profesionales y pensadores.
Tampoco se puede obviar en esa evolución el fruto de años de persecuciones, el trauma de pogromos y conversiones forzadas. La lucha por sobrevivir.
También cabe mencionar la riqueza que suponía para aquellas personas sumar dos tradiciones al mismo tiempo tan similares y tan alejadas entre sí, como la cristiana y la hebrea.
¿Esa suma no estaría llevando a los hijos e hijas de 1492 hacia una visión heterodoxa, innovadora y libre, de todo lo relacionado con la religión y la experiencia humana?
Al no contar con una respuesta global para una cuestión complejísima, y extremadamente delicada, merece la pena analizar algunos casos concretos:
Teresa de Cartagena, una pionera
Teresa de Cartagena fue una monja y escritora nacida entre 1420 y 1435 en Burgos. Su popularidad, así como excepcionalidad, reside en ser una de las primeras escritoras en lengua castellana.
Destaca la calidad de las obras que se conservan de ella. Se la ha llegado a definir como “la prosista preeminente en las letras castellanas” de la Edad Media y también se la considera como la primera escritora mística de España.
Sus textos dan voz a una conciencia femenina del mundo, por lo que puede ser considerada una predecesora de Teresa de Jesús.
De Teresa de Cartagena se conservan dos tratados de reflexión religiosa escritos en la segunda mitad del siglo XV. El primero, ‘Arboleda de los enfermos’, y el segundo, ‘Admiración de las obras de Dios’.
Perteneció a la influyente familia judeoconversa de los García de Santa María. Su abuelo, Selomo-Ha-Leví, fue el fundador de este ilustre linaje de conversos cuando el 21 de julio de 1390 adoptó, en homenaje a San Pablo, el nombre de Pablo de Santa María. Se dedicó a la carrera eclesiástica y fue nombrado obispo de Cartagena.
La huella hebrea de la Celestina
Fernando de Rojas (1470-1541) es recordado como autor de La Celestina y el suyo es uno de los ejemplos clásicos de escritor de origen converso. Para sus coetáneos fue fundamentalmente un jurista muy valorado en Talavera de la Reina (Toledo).
La composición de la Celestina se remonta a los últimos años del siglo XV, durante el reinado de los Reyes Católicos en España, y su extraordinario éxito editorial comenzó en el siglo XVI y continuó, con altibajos, hasta su prohibición en 1792.
La obra, analizada desde mil puntos de vista, defiende la moralidad y nos previene contra el ‘loco amor’ y, ay, sus funestas consecuencias.
La tesis del judaísmo de esta obra universal fue defendida por Menéndez Pelayo, quien aprecia un escepticismo religioso y moral que contradice los principios ortodoxos afirmados por Rojas. Decir una cosa y hacer la contraria resulta muy útil para algunos, como destacaba Maquiavelo.
Menéndez Pelayo aplicó la tesis a diversos pasajes de la Celestina y, por ejemplo, Melibea sería hija de converso (en la obra se queja de que no puede tener tierras), por lo que no existía la posibilidad de mantener una relación convencional con su amado.
Un converso contra la Celestina: Luis Vives
El primero en desaconsejar la lectura de La Celestina fue precisamente otro converso, el valenciano Luis Vives, quien en su libro ‘Instrucción de la mujer cristiana’ igualaba a la obra de Fernando de Rojas con los libros de caballerías en su capacidad de corromper las costumbres.
Humanista, filósofo, psicólogo y pedagogo, pasó la mayor parte de su carrera al servicio del emperador Carlos V.
Figura destacada del Renacimiento, fue un hombre ecléctico y universalista, que avanzó ideas innovadoras en múltiples materias. Propuso acciones en favor de la paz y unión de los europeos, y la atención a los pobres. Por su trabajo sobre las emociones humanas se le ha considerado pionero de la moderna psicología.
Su padre, Luis Vives Valeriola, fue un pequeño comerciante que vio confiscadas todas sus propiedades al ser condenado en auto de fe y quemado en la hoguera, por judaizante, en 1524.
La madre, Blanca March Almenara, fue condenada en efigie (sin estar presente) por herejía y apostasía por los inquisidores. Su memoria fue anatematizada y sus restos, 21 años después de su muerte, fueron desenterrados para ser quemados en 1529. Había fallecido víctima de la peste.
Conocido todo esto desde el extranjero, Vives juró no volver nunca a España.
Juan de Ávila
Juan de Ávila (1499–1569), predicador y reformador religioso, fue canonizado en 1970. Su origen converso está generalmente aceptado.
Sacerdote y escritor místico, su enorme reconocimiento como predicador provocó envidias y algunos clérigos lo denunciaron ante la Inquisición sevillana en 1531.
Dos años estuvo encarcelado en el Castillo de San Jorge, en Triana, y fue procesado. Aprovechó ese tiempo para orar y redactar la primera versión del ‘Audi filia’.
Frente a cinco testigos acusadores, hubo cincuenta y cinco que declararon a su favor. En el fondo se le acusaba de erasmismo, del cual se había impregnado en Alcalá de Henares, y al cabo se le absolvió con la salvedad de «haber proferido en sus sermones y fuera de ellos algunas proposiciones que no parecieron biensonantes».
Segovia y el doctor Laguna
Andrés Laguna, conocido como el doctor Laguna, nació en Segovia en 1510. Fue médico y humanista. Estudió dos años Artes en Salamanca y se trasladó en 1530 a París, donde se graduó en Artes y estudió Medicina. Se formó también en lenguas clásicas.
Recibió el influjo del erasmismo. Regresó a España en 1536 e impartió clases en las Universidades de Alcalá y Toledo, y el Emperador Carlos V le nombró su médico personal.
Trató temas literarios, históricos, filosóficos, políticos. Se mostró escéptico respecto a la alquimia, al rechazar cualquier afirmación que no tuviera confirmación empírica. Eso le hace sospechoso a cualquiera, pensará el lector.
En Metz (capital de Lorena) el doctor Laguna llevó a cabo una experiencia hacia 1545 para demostrar que la acusación de brujería a una pareja de ancianos encarcelados por haber causado una grave enfermedad al duque de Lorena, del que Laguna era su médico, no tenía fundamento. Pero no tuvo éxito.
El doctor Cazalla y Delibes
El doctor Cazalla (1510-1559) fue un clérigo, humanista y predicador español que fue acusado por la Inquisición de liderar un foco protestante en Valladolid. Tanto la familia materna como la paterna eran conversos.
Fue canónigo en la catedral de Salamanca. Como capellán del emperador Carlos V, le acompañó por toda Europa. A su vuelta a Valladolid en 1552 fue reuniendo en su entorno lo que se denominó un «conventículo», cuyas opiniones religiosas fueron consideradas heréticas.
Tras ser detenido y juzgado, fue condenado a muerte y ejecutado en la hoguera durante el gran auto de fe celebrado en Valladolid el 21 de mayo de 1559.
Tras abjurar de sus ideas se le concedió la ejecución por garrote vil antes de ser entregado a las llamas.
Esta historia terrible nos la recuerda Miguel Delibes en su obra ‘El hereje’.
Teresa de Jesús: “Muero porque no muero”
Poco podemos decir de Teresa de Jesús que el lector no sepa, pero recordaremos que su abuelo paterno, Juan Sánchez de Toledo, fue reconciliado por la Inquisición de Toledo en 1485.
‘Reconciliado’ significaba que una persona acusada de herejía reconocía sus errores, mostraba arrepentimiento y abjuraba formalmente, con lo que lograba salvar su vida (no era ‘relajado’ al brazo secular) e integrarse de nuevo en la Iglesia católica.
El tribunal le imponía castigos que solían incluir penas espirituales, uso del sambenito, confiscación de bienes y destierro o prisión temporal. Los hijos y nietos de los reconciliados tenían prohibido ocupar cargos públicos, honores, oficios reales o profesiones nobles.
Hay estudios sobre las consecuencias que tuvo aquella reconciliación inquisitorial sobre la familia de Teresa y cómo los descendientes intentaron desenvolverse en una sociedad en la que la limpieza de sangre adquiría cada vez más importancia.
Puede que ese trauma explique en parte las fantasías de la pequeña Teresa, que de niña trató de escapar a tierras moras para ser decapitada y morir en santidad. Quién sabe si ese contexto está también detrás de alguna de sus enfermedades, para las que los médicos no hallaban cura, o del rigor extremo con el que concebía la espiritualidad.
Vigilada de cerca por la Inquisición, quemó parte de su obra.
Decíamos ayer…
Fray Luis de León (1527–1591), agustino, teólogo y poeta. Su ascendencia judeoconversa está documentada en la historiografía.
Nació en Belmonte, Cuenca, y falleció en Madrigal de las Altas Torres, Ávila.
Es uno de los poetas más importantes de la segunda fase del Renacimiento español junto con Francisco de Aldana, Alonso de Ercilla y san Juan de la Cruz.
Su obra forma parte de la literatura ascética de la segunda mitad del siglo XVI y está inspirada por el deseo del alma de alejarse de todo lo terrenal para alcanzar lo prometido por Dios, identificado con la paz y el conocimiento. Los temas morales y ascéticos dominan toda su obra.
Sus éxitos le atrajeron probablemente la ojeriza de los dominicos, patronos de la Inquisición; y en efecto, el agustino fue denunciado, y estuvo más de cuatro años en prisión, en Valladolid, en la calle que ahora recibe el nombre de Fray Luis de León.
Al regresar a las aulas de la Universidad de Salamanca dijo lo de «Como decíamos ayer…» para dejar clara su tranquilidad frente a lo adverso.
Los historiadores, que disfrutan arruinando los mitos, dejan claro que en realidad nunca dijo esas palabras, que forman una leyenda construida a posteriori.
Pero la anécdota es tan curiosa que hay que dar la razón a los italianos y aceptar que “se non è vero, è ben trovato”, es decir: puede no ser verdad, pero está tan bien contado o es tan interesante que debería haber ocurrido.
Su delito principal fue traducir el Cantar de los Cantares a la lengua vulgar, el castellano, sin licencia. Además, su defensa del texto original hebreo había irritado a los escolásticos más intransigentes.
Hay que recordar que el Cantar de los Cantares encaja regular en el Talmud, es decir, en el Antiguo Testamento. No se ocupa ni de la Ley, ni de los profetas, ni siquiera de Dios.
Se trata de poesía erótica que celebra el amor humano, no una metáfora divina, y hay quien ve influencias de los cultos a la fertilidad.
De hecho, se lee casi como ‘Las mil y una noches’, con amantes -no casados- que se encuentran en plena armonía y se recrean en su intimidad.
Arias Montano y la Biblia Políglota
Benito Arias Montano (1527–1598) fue un humanista, teólogo y biblista, colaborador en la elaboración de la Biblia Políglota de Amberes.
De nuevo un descendiente de conversos situado como figura central del humanismo cristiano del siglo XVI.
Vinculado a la corte de Felipe II, en la que ejerció el cargo de capellán real, desempeñó un papel relevante en la articulación entre erudición filológica y reforma católica en la Europa de su tiempo.
…Y llegó don Quijote
Pocos problemas le ocasionó al mayor escritor de todos los tiempos su ascendencia judía. Bastante tuvo con las aventuras de su propia vida, marcada por Lepanto, por el cautiverio de Argel, por su trabajo como cobrador de impuestos, por las denuncias de corrupción y por haber pisado la cárcel en el marco del Proceso Ezpeleta, en Valladolid.
Su ascendencia conversa está documentada, aunque no se conoce con seguridad qué antepasado fue el que se convirtió. El Archivo General de Simancas señala precisamente esta incertidumbre.
El ya fallecido Leandro Rodríguez, catedrático de la Universidad de Lausana (Suiza), profesor de Teología y Derecho Internacional, defendía la condición sanabresa del escritor y su carácter converso, o directamente judío.
El bueno de Leandro contaba a esta revista que gran parte de la ideología oculta en el Quijote, como la defensa de la libertad o la capacidad para ponerse en lugar del otro, era un indicio evidente del carácter hebreo del escritor.
Queda la música
Finalizamos este breve recorrido con Tomás Luis de Victoria (1548–1611), uno de los grandes compositores del Renacimiento español.
Nacido en Ávila, fue un sacerdote católico, maestro de capilla y célebre compositor polifonista.
Se le ha considerado uno de los compositores más relevantes y avanzados de su época, con un estilo innovador que anunció el inminente barroco.
Su influencia llega hasta el siglo XX, cuando fue tomado como modelo por los compositores del cecilianismo.
La familia de su madre eran ricos comerciantes de lana y banqueros de origen judío, afincados en Segovia.
El bisabuelo de ella, Jacob Galfón, se llevó brevemente a su familia a Portugal tras la expulsión de los judíos, pero regresó a Segovia con autorización real a finales de 1492. Entonces se convirtió al cristianismo y tomó el nombre de Pedro Suárez de la Concha.
La familia Suárez de la Concha fue elevada a la aristocracia, adquiriendo varios señoríos y finalmente el título de marqués de Lozoya.

