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El cine vuelve a posarse sobre la figura arrobada de ‘Teresa’

El 24 de noviembre se ha estrenado la película ‘Teresa’, de Paula Ortiz, la enésima revisión por el séptimo arte de la figura de Teresa de Jesús. Doctora y santa para la Iglesia católica, no se libró de ser investigada por la Inquisición

Ricardo Ortega

Genial, hereje, agente judaizante, fanática religiosa, trastornada, puente místico que enlazaba a la humanidad con Dios o con el mismísimo Diablo… De todo se dijo sobre Teresa de Jesús en un siglo XVI dominado absolutamente por la religión. Eran tiempos de Inquisición, de autos de fe y librepensadores quemados en la hoguera. De hecho, solo cinco años separan el nacimiento de Teresa y el del doctor Cazalla, que murió en las llamas en la Valladolid en 1559.

Es en esa Europa fanatizada donde se desarrolla ‘Teresa’, el filme estrenado el 24 de noviembre y que vuelve a revisar la figura de esta escritora mística, doctora y santa para la Iglesia católica. En la película, Teresa espera paciente la llegada del inquisidor para ser juzgada. De esta visita y de sus palabras dependerá su futuro: libertad, cárcel… o la hoguera.

Teresa

Paula Ortiz ha sido la encargada de dirigir esta adaptación de la obra de teatro ‘La lengua en pedazos’, de Juan Mayorga, basada en la figura de ‘la santa’, como es conocida popularmente en su ciudad, Ávila.

Los trances de Teresa

Obstinada y vigilada por las autoridades eclesiásticas, sus contemporáneos atribuían sus trances a la enfermedad o al Demonio. Pese a todos, la santa dejó testimonio escrito de un amor que no podrán borrar los siglos. Un amor que desafía los límites de la razón humana y que desde hace cinco siglos ha hecho correr ríos de tinta, con un eco de voces entrecruzadas que abarca desde la sospecha y el escándalo hasta la confirmación, para algunos, de que el mensaje religioso encierra una gran verdad.

Descendiente por vía paterna de judíos conversos, denunciada ante la Inquisición, con un hondo poso de rebeldía y, sobre todo, profundamente enamorada, la figura de Teresa de Cepeda y Ahumada es referente absoluto de la literatura mística en lengua castellana.

Dejó una huella imborrable en la cultura española gracias a un empleo del idioma que hoy resulta de extraordinaria actualidad, con pasajes que embelesan por la belleza de sus palabras y por la temática amorosa, que desnuda una intimidad que llega a turbar.

Cuando cultivó la poesía lírico-religiosa, escribió versos fáciles, de estilo ardiente y apasionado, como nacido del amor ideal en que se abrasaba, y que era fuente inagotable de poesía.

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“Renunciar a todo”

La vida de la santa parece seguir su máxima de que “el que quiere conseguir todo debe renunciar a todo” y la humildad fue, precisamente, la que marcó la mayor parte de sus actos. El empeño por desprenderse de todo lo material fue lo que inspiró su reforma de las Carmelitas, que dio lugar a las Carmelitas Descalzas, y se convirtió en el principal elemento que llevó a dirigir su meditación y su oración hacia el misticismo.

Después de padecer fuertes sufrimientos por continuas enfermedades, a partir de los 41 años experimentó sus primeras experiencias místicas, calificadas por sus propios confesores como imaginarias, producto de la enfermedad o, quién sabe, del ángel caído.

En un periodo histórico en el que la religión afectaba a todos los aspectos de la vida, la Inquisición siguió muy de cerca sus escritos ante el temor de que incitaran a seguir la Reforma protestante, que ya había prendido en toda Europa.

Una obra censurada

Muchos de sus textos están autocensurados como prevención ante esta vigilancia por el Santo Oficio, e incluso llegó a quemar su manuscrito ‘Meditaciones sobre el Cantar de los Cantares’, en una época en la que estaba prohibida la difusión de las sagradas escrituras en lengua romance.

Sus obras místicas más importantes son ‘Camino de perfección’, ‘Conceptos del amor de Dios’ y ‘El castillo interior’ (o ‘Las moradas’), aunque también pertenece a este género ‘Vida de Santa Teresa de Jesús’, escrita por ella misma y cuyos originales se encuentran en el monasterio de San Lorenzo del Escorial.

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También escribió Teresa muchas otras obras, además de poesía y diversos escritos breves. Su obra se ha traducido a varios idiomas y el nombre de santa Teresa de Jesús figura en el catálogo de autoridades de la lengua publicado por la Real Academia Española.

Una imaginación desbordante

Según relata ella misma en los escritos reunidos en ‘Vida de Santa Teresa de Jesús’, desde sus primeros años mostró una imaginación vehemente y apasionada. Su padre, aficionado a la lectura, tenía algunos romanceros; esta lectura y las prácticas piadosas comenzaron a despertar el corazón y la inteligencia de la pequeña Teresa.

En ese tiempo pensó ya en sufrir el martirio, para lo cual, ella y uno de sus hermanos, Rodrigo, trataron de ir a las “tierras de infieles”, es decir, tierras musulmanas, pidiendo limosna. El objetivo no era otro que ser decapitados. Un tío suyo los localizó y los llevó de vuelta a casa, tras lo cual, convencidos de que su proyecto era irrealizable, acordaron ser ermitaños.

Al parecer, perdió a su madre hacia 1527, a los 12 años de edad. Ya en aquel tiempo su vocación religiosa había sido continuamente demostrada. “Procuraba soledad para rezar mis devociones, que eran hartas, en especial el rosario… Gustaba mucho cuando jugaba con otras niñas, hacer monasterios como que éramos monjas”, recuerda.

Se ha especulado mucho sobre la naturaleza de los trances que experimentaba Teresa, y parece que el inicio de su vida como religiosa desempeñó un papel en ello. Tras una lucha interior, llegó a decir a su padre que deseaba ser monja. Su progenitor contestó que no lo consentiría mientras él viviera, pero ella dejó su casa y entró en 1533 en el convento de la Encarnación, en Ávila.

Mal del corazón

Tras dar ese paso su estado de salud empeoró. Padeció desmayos, una cardiopatía no definida y otras molestias. Para curarla, su padre la llevó en 1535 a Castellanos de la Cañada, en la actual provincia de Ávila.

Dos años después, y ya habiendo regresado a su ciudad, sufrió un paroxismo de cuatro días que la dejó paralítica durante cerca de dos años. Antes y después de ello, sus padecimientos físicos fueron horribles.

Comenzaron las visiones y, según su testimonio, en 1542 se le apareció Jesucristo en el locutorio con semblante airado, reprendiéndole su trato familiar con seglares.

No obstante, la monja no cambió de actitud durante años, hasta que se movió a dejar el trato con personas no dedicadas a la religión a la vista de una imagen de Jesús crucificado. Corría el año 1555.

Al año siguiente comenzó a sentir grandes favores espirituales y en 1558 experimentó su primer rapto, y la visión del infierno. En 1559 tomó por confesor a Baltasar Álvarez, que dirigió su conciencia durante unos seis años, y disfrutó “de grandes favores celestiales”, entre los que se contó la visión de Jesús resucitado.

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Reformar la Orden del Carmen

Fue en esa época cuando san Luis Beltrán la animó a llevar adelante su proyecto de reformar la Orden del Carmen, concebido por entonces. Teresa quería fundar en Ávila un monasterio para la estricta observancia de la regla de su orden, que comprendía la obligación de la pobreza, de la soledad y del silencio.

Como apunta su biógrafo Pierre Boudot, en todas las páginas del libro de su vida “se ven las huellas de una pasión viva, de una franqueza conmovedora y de un iluminismo consagrado por la fe de fieles”.

Todas sus revelaciones atestiguan que creía firmemente en una unión espiritual entre ella y Jesucristo. Veía a Dios, la Virgen, los santos y los ángeles en todo su esplendor, y de ellos recibía inspiraciones que aprovechaba para la disciplina de su vida interior.

Éxtasis de santa Teresa

Pasaba de los cuarenta y un años cuando por vez primera vivió un éxtasis. Sus visiones se sucedieron sin interrupción durante dos años y medio (1559-1561) y sus superiores le prohibieron que se abandonase a estos fervores de devoción mística.

Le ordenaron que resistiera a estos arrobamientos a la vista de que, en ellos, su salud se consumía. Ella trató de obedecer, si bien su oración era tan continua que ni aun el sueño podía interrumpir su curso. Al mismo tiempo, abrasada de un violento deseo de ver a Dios, se sentía morir. Muero porque no muero.

La transververación

Hacia 1559 tuvo lugar el culmen de las visiones de Teresa, el episodio que se ha denominado la transververación. La santa escribió: “Vi a un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal… No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se abrasan… Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego.

Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios”. “Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos, y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor que no hay desear que se quite, ni se contenta el alma con menos que Dios. No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no deja de participar el cuerpo algo, y aun harto”.

Una Espiga de Oro muy contestada

Frente a quienes acusaban a la monja de fantasear, ella describió sus momentos de éxtasis, en un estilo personalísimo, como “un requiebro tan suave que pasa entre el alma y Dios, que suplico yo a su bondad lo dé a gustar a quien pensare que miento… Los días que duraba esto andaba como embobada, no quisiera ver ni hablar, sino abrasarme con mi pena”.

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