Ricardo Ortega
Sería pretencioso adoptar el papel de guía turístico y enumerar las joyas patrimoniales que salpican el casco histórico de Valladolid, una ciudad de tamaño mediano, que fue capital de España durante un lustro y que arrastra desde hace décadas un cierto desconocimiento. Quizá sea el lastre de los tópicos repetidos de forma acrítica a nivel nacional. Quizá, quién sabe, responda a la mirada suspicaz que dirigen hacia ella otros territorios de Castilla y León.
Lo que es evidente es que la ciudad del Pisuerga (y del Esgueva) ha entrado dentro de ese mercado global del turismo, de los viajes concebidos como producto de consumo rápido, de las visitas que buscan la postal, o el selfie.
A ello ha contribuido en buena medida el AVE, y los efectos ya se empiezan a notar en una oferta hostelera homogénea, casi estandarizada, que va perdiendo el carácter castellano y se aproxima a pasos agigantados hacia el universo de la franquicia.
Al mismo tiempo, ya proliferan los pisos turísticos en una ciudad donde cada vez se hace más evidente el incremento en el precio de la vivienda; quizá sea el momento de repensar el modelo, de poner barreras sutiles, de dejar de vender la ciudad como el paraíso de las tapas y, sí, de esconder aquellos tesoros que hacen de Valladolid un destino de interés para el turismo.
Aquí se señalan diez de esas joyas más o menos ocultas, enumeradas a vuelapluma, proponiendo al vecino el compromiso, casi la conjura, de no mostrarlos jamás a los amigos y familiares que lleguen de visita.
1. La recepción en el Campo Grande
Comenzamos este paseo por lo más difícil de ocultar, el Campo Grande, un privilegiado espacio verde que espera ‘a porta gayola’ al viajero que desembarca en la estación. Que perdonen este símil los antitaurinos.
La fauna de este gran parque impresiona por estar en medio de la ciudad. No debemos mencionar los colores exuberantes de los pavos reales ni la simpatía familiar de las ardillas, hoy casi amaestradas y que hacen las delicias de los más pequeños.
Entre el parque y la señorial acera de Recoletos se extiende el denominado Paseo Central del Campo Grande, que acoge una parte sustancial de los eventos culturales de la ciudad.
Lo deseable es que el turista no se fije en el suelo de esta avenida, puesto que podría descubrir las baldosas que recuerdan la presencia de un cementerio judío del periodo medieval; ello podría despertar su interés y ya hemos dicho que el objetivo de este texto es que la urbe pierda atractivo a toda costa.
Solo para que conste, y que lo conozca el público local: las baldosas se pueden localizar a la altura del número 12 de la acera de Recoletos, donde una placa nos recuerda que allí nació un tal Miguel Delibes, cronista del campo castellano y conciencia crítica de una ciudad y un país en un tiempo en que uno podía acabar en el ostracismo o en la cárcel. Pero sigamos caminando…
2. La plaza de San Pablo, el corazón palpitante de la ciudad
Incomprensiblemente, las guías publicadas suelen dirigir la mirada el turista hacia la plaza Mayor, antiguamente llamada del Mercado.
Uno podría pensar que el objetivo es favorecer al sector de la hostelería, que cuenta aquí con su epicentro, pero no seremos nosotros quienes alimentemos teorías conspiranoicas, y mucho menos quienes cuestionemos la política turística de la ciudad.
Más bien al contrario, lo mejor es que las guías sigan apuntando al entorno del Ayuntamiento para ocultar el verdadero centro histórico, allí donde late la historia, donde palpita el corazón cultural de la ciudad: la plaza de San Pablo.
Es largo de enumerar el conjunto de joyas concentradas en la superficie que ocuparía un campo de fútbol. Baste decir que aquí nacieron un par de reyes, esos en cuyo reino jamás se ponía el sol, que aquí residió santa Teresa y que aquí Napoleón desplegó varias veces el mapa de Europa para encarrilar una guerra declarada a varias bandas que se le iba de las manos.
Impidamos que lleguen hasta aquí los turistas, no vayan a quedar deslumbrados por la fachada de San Pablo, un auténtico retablo en piedra, una joya absoluta del gótico isabelino con elementos del Renacimiento y remate clasicista. Pero no demos más pistas, que al final todo se sabe…
3. La controversia de Valladolid
Fue el Gobierno de la República quien decidió convertir el Museo Provincial de Bellas Artes en una instalación estatal. El Museo Nacional de Escultura posee una colección permanente que es referente mundial de la imaginería barroca, vinculado a nombres como Berruguete, Juan de Juni o Gregorio Fernández. Se pueden visitar sus tres sedes: la Casa del Sol, el Palacio de Villena y el Colegio de San Gregorio.
Este último complejo acogió hace cinco siglos la conocida como Controversia de Valladolid, donde hubo locos que trataron de poner freno a las conquistas en el Nuevo Mundo y a la esclavización de sus habitantes.
Siempre ha habido quien ha tenido arrojo y se ha enfrentado a los designios del poder y, si Francia tuvo a los ilustrados, España tuvo a los dominicos; habrá quien diga que en la comparación salimos perdiendo, pero el resultado está ahí: un debate sobre la justificación de la expansión territorial, un antecedente remoto de los derechos humanos sin parangón en el colonialismo occidental.
4. Tras los pasos del Hereje
Se da la paradoja de que el debate sobre los derechos de los indígenas ocurrió casi una década antes de que el doctor Cazalla fuera ajusticiado por herejía. ¿Adivina el lector en qué ciudad sucedió este hecho atroz? No lo diremos, puesto que ello podría poner el foco de interés en estas calles, y seguimos empeñados en que se reduzca el flujo de visitantes.
Vuelve a salir a nuestro paso la figura de Miguel Delibes, que en 1998 publicó su última novela, ‘El hereje’, cuyas páginas se pueden pasear, decimos bien, en una ruta señalizada por el casco urbano de la ciudad. Una ruta que, por cierto, parte de la plaza de San Pablo.
Se puede recorrer a lo largo de todo el año o bien esperar a las fiestas de San Pedro Regalado, cuando una compañía local ofrece la ruta teatralizada; una cita señalada en rojo en el calendario cultural de la ciudad.
5. El Esgueva sigue ahí
En ‘Más Castilla y León’ siempre decimos que Valladolid es la ciudad del Pisuerga pero también del Esgueva, ese curso de agua despreciado por Góngora en el siglo XVII, soterrado en el XIX y desviado de su trayectoria en el XX.
Quizá sea en el XXI cuando haya que reivindicar este río de escaso caudal, dividido en dos ramales subterráneos y que hoy lleva sus aguas hacia el norte, hasta desembocar en el Pisuerga.
En todo caso se trata de una polémica que solo afecta a los vecinos de Valladolid. Dejemos al turista al margen del debate; si llega a enterarse que la épica rivalidad entre Góngora y Quevedo nació precisamente en esta ciudad, y precisamente con motivo del Esgueva, volveríamos a llamar la atención sobre una ciudad que haría bien en quedar en segundo plano.
Esto no quita para que el vecino pueda recorrer el ramal norte del río, desde la antigua Facultad de Ciencias y la calle Paraíso hasta la iglesia de la Antigua y la catedral, cruzar junto a la calle de los Tintes hacia Cantarranas y dar un estirón por el Mercado del Val hasta el subsuelo de San Benito. El último tramo nos llevará a recorrer el parque de Poniente y la Rosaleda, hasta el Pisuerga.
Al hacer este recorrido, el vecino será consciente de que va conociendo mejor la ciudad, comprendiéndola, puede que queriéndola un poco más, pero sin que ello nos anime a mostrarlo al turista.
6. Una ruina en medio de la ciudad
Además de poner el foco del turismo en la plaza Mayor, la ciudad de Valladolid tiene otro gran acierto para mantener a raya al turista: mantener en pleno centro, a la vista de todo el mundo, las ruinas de la antigua colegiata de Santa María, anexas a la inconclusa Catedral de la Asunción sin que nadie haya colocado un panel explicativo para justificar la presencia de dos ruinas siamesas.
Hasta aquí nos trae el curso del Esgueva soterrado, con el recuerdo de un hecho rocambolesco: mantengamos el secreto para que no lo conozca el turista desprevenido, pero la catedral contaba con una única torre en 1755, cuando se produjo el terremoto de Lisboa.
La torre quedó agrietada y se mantuvo en pie durante cerca de 80 años, pero al final se derrumbó y taponó el curso del Esgueva, con gran perjuicio para la ciudad.
Nada más que contar sobre catedral y colegiata. Sigue firme nuestro compromiso de mantener el secreto.
7. La huella de Pepe Botella
Si hay un personaje que goza de mala prensa en España, ese es Pepe Botella, hermano de Napoleón Bonaparte, encargado de introducir en España las ideas ilustradas aunque fuera a la fuerza.
Por cosas del azar, el escudo esculpido en piedra que mandó colocar en la fachada de San Benito sigue ahí, a la vista de todo el mundo, y resulta una reliquia asombrosa puesto que es un ejemplo único en España y en Europa.
En San Benito finaliza la muralla que venía protegiendo la ciudad a lo largo de la actual calle de Macías Picavea. Por allí también pasa el curso soterrado de Esgueva. Esperemos que el turista no se acerque a la oficina de turismo situada en la antigua hospedería: allí podría ver un tramo el antiguo río canalizado y alguna infraestructura levantada para soportar el peso del edificio.
Si tuviéramos intención de resultar amenos, explicaríamos que Valladolid no tuvo un castillo, sino dos: el Alcázar Real situado donde hoy se levanta la iglesia de San Benito y el Alcazarejo, precisamente donde después se construyó la hospedería.
San Benito está realizada en estilo gótico, aunque la fachada en forma de torre-pórtico, diseñada por Rodrigo Gil de Hontañón, es posterior. Originalmente, esta torre poseía bastante más altura porque sumaba otros dos cuerpos para el campanario, que fueron derribados en el siglo XIX por amenazar ruina.
8. El único edificio mudéjar de la ciudad
Un monasterio, una iglesia, un colegio y un muro escamotean a la vista del público la única construcción de estilo mudéjar de la ciudad. Tanto, que no necesitaremos esconderla de la vista del turista, puesto que ni siquiera el vallisoletano común la conoce.
Se trata de un arco de dimensiones colosales, que pudo dar acceso a un palacio real. No es un yacimiento arqueológico, maltratado y enterrado, sino que forma parte de una torre conservada en buen estado que por un milagro inexplicable frente a la Casa de Colón.
Esta torre era la entrada al palacio de la reina consorte de Castilla María Alfonso de Meneses, que vivió entre 1264 y 1321 y que recordamos como María de Molina, aunque en internet sigue habiendo gente para la que este arco formaba parte de una de las murallas de la ciudad.
9. Cervantes
Cuando el rey Felipe III decidió llevar la capital de España a Valladolid arrastró tras de sí a buen número de funcionarios, artistas, comerciantes y vividores. Miguel de Cervantes pertenecía a la segunda de estas categorías, que sepamos, y de hecho fue en esta ciudad donde recibió el primer ejemplar publicado del Quijote.
Cervantes residía junto al ramal sur del Esgueva, en la actual calle Miguel Íscar, a un tiro de piedra de la plaza de España y el Campo Grande. Su relación con la ciudad fue intensa y en ella pisó la cárcel en el contexto del conocido como ‘proceso Ezpeleta’, nada menos que por promover el amancebamiento de sus sobrinas. Está tardando Alejando Amenábar en acercarse a la ciudad y recrear este episodio para el gran público.
Por cierto, el turista madrileño no estará muy interesado en ello, pero es una buena ocasión para reabrir el debate sobre el posible origen sanabrés del autor de ‘La Galatea’.
10. La hostelería auténtica
Toda esta perorata para dar la vuelta a la política turística, para quitar las ganas al turista madrileño de pasar más allá de Segovia, perseguía en el fondo preservar la hostelería de las garras del capitalismo; en Valladolid pervive una hostelería auténtica, diríamos castiza, bien asentada en el barrio y con fuertes lazos con los parroquianos.
Esa relación entre el local, siempre atendido por el propietario de toda la vida o por sus hijos, y el vecino se echaría a perder si siguiera creciendo el flujo de visitantes. Ya ha sucedido en las zonas más de moda, en los que el diseño y el postureo han borrado la autenticidad, la historia, el pincho tradicional, el pedir ‘lo de siempre’.
En esos locales nuevos, amplios, de diseño, en los que se desconoce al propietario y el cliente solo es un número, incluso se va rebajando la calidad de las tapas y del vino, algo imperdonable si tenemos en cuenta que en la provincia conviven cinco DO y tres vinos de pago.
Conviene que el visitante que baja del AVE se quede en la Valladolid superficial, en la hostelería prefabricada, y no se sumerja en el ambiente que se vive, se palpa, estos bares de barrio.
Tristemente, es posible que algún buscador de internet acabe llevando este texto a quien no deseamos, que es el turista armado con un palo de selfie. En ese caso habremos fracasado en nuestro empeño y el tiro habrá salido por la culata.
Pero hagamos una cosa: permanezcamos al margen de estos diez tesoros para que ni nosotros ni el turisteo contribuyamos a devaluarlos. Cualquier sacrificio es pequeño si deseamos preservar todo lo que tiene de hermoso la ciudad del Pisuerga. Y del Esgueva.
