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San Miguel de Malvavisco, un pueblo borrado del mapa

No merece la pena teclear su nombre en los buscadores o en el navegador del coche, ya que este destino exótico desapareció de todo documento hace siglos. Deberemos entonces remontar el Duero, saltar desde la autovía, seguir las huellas de la Orden de Malta para descubrir el misterio de este topónimo sepultado en el tiempo

Ricardo Ortega

A 25 kilómetros de la ciudad de Valladolid, en el límite con el municipio de Tordesillas, un recodo húmedo y sombrío del Duero fue durante años una plantación de malvavisco, esa planta medicinal empleada en la antigüedad como emoliente, es decir, para ablandar las durezas. También se usaba para tratar las úlceras de la boca o la garganta, además de como delicia gastronómica, en la elaboración de dulces y postres.

Esta planta perenne, de más de un metro de altura, que todavía hoy tiene uso ornamental, daba nombre a la localidad de San Miguel de Malvavisco, que aparece por primera vez documentada en 1116.

Así era mencionada en la bula con la que el papa Pascual II confirmaba donaciones y límites a la iglesia de Palencia.

En 1157 Alfonso VII donó el lugar a la Orden de San Juan de Jerusalén, también conocida como Orden de Malta, de modo que San Miguel se convirtió en el centro de una encomienda de la orden; esta poseía no solo el señorío sobre la localidad, sino también la propiedad de la iglesia, dedicada a San Miguel Arcángel: una hermosura mitad románica, mitad gótica, situada muy cerca del cauce del río.

Iglesia de San Miguel Arcángel.
Iglesia de San Miguel Arcángel.

El misterio de San Miguel

¿Qué fue de San Miguel de Malvavisco? ¿Por qué desapareció del mapa, hasta el punto de que resulta inútil tratar de localizarla en buscadores?

¿Acaso sucumbió ante alguna plaga medieval, ante el abandono del medio rural? ¿Fue arrollado por uno de los temibles desbordamientos del Duero?

Por fortuna, el pueblo sigue existiendo, supera los 300 habitantes y es ejemplo de numerosas iniciativas turísticas y culturales, como el Festival Internacional de Narración Oral ‘Memoria, tierra y voz’.

¿Entonces? La evolución natural de las cosas, las transformaciones económicas y sociales, hicieron que la planta de malvavisco perdiera su papel sanitario y gastronómico.

Interior de la iglesia parroquial.
Interior de la iglesia parroquial.

Desapareció el cultivo, tristemente, y cuando hubo que bautizar oficialmente a la localidad se decidió ponerle el apellido del pino, cuyas poblaciones colonizan todo el sur de Valladolid y vastas zonas de Segovia.

Merece entonces la pena visitar San Miguel de Malvavisco, queremos decir del Pino, compartir con sus vecinos sus festivales y su ruta turística teatralizada. Descubrir los secretos que la localidad sigue atesorando, aunque su nombre ya no nos resulte tan exótico, y aunque debamos estar muy atentos al teclear este destino en los navegadores.

Sabías que…

Dicen que en Rusia, a día de hoy, el jarabe de su raíz se sigue vendiendo en las farmacias, con la intención de tratar enfermedades respiratorias menores.

Las hojas tiernas del malvavisco, también llamado altea, se pueden cocinar. Las raíces se pueden pelar, cortar en rodajas y hervir para hacer dulces.

Nubes (o malvaviscos) de colores.
Nubes (o malvaviscos) de colores.

El agua que se usa para hervir cualquier parte de la planta puede ser un sustituto de la clara de huevo. Quizá por ello en parte del universo hispanohablante se llama malvaviscos a las chuches que en España llamamos ‘nubes’, y que se elaboran a base de azúcar y, precisamente, clara de huevo.

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