Ricardo Ortega
‘Elsinore’ ha llevado una gratísima sorpresa al público de la Seminci 2026, con dos minutos de ovación que han sabido a poco, pero que partían de unos aficionados (y unos críticos) ya agotados después de intensas jornadas de cine de autor.

Presentada fuera de concurso después de triunfar en Toronto, tocó ir a verla un sábado desangelado de octubre, de esos en los que el sol abrasa mientras la sombra amenaza con una pulmonía.
También aportaba desazón al respetable el que ya se conocieran los premios otorgados por el jurado. Otra vez, desconcertantes.
Se apagaron las luces y arrancó una película absorbente, grabada con un filtro muy tenue que sitúa al espectador en el Londres de 1989, qué año, y con una falsa cámara al hombro que ayuda a empatizar, a querer abrazar a los personajes, a cruzar al otro lado de la pantalla. A estar allí.
El público entra en materia con una escena poco conocida: en septiembre de ese año el gran Daniel Day-Lewis abandonó ‘Hamlet’ en plena representación, en el National Theatre de Londres.
Nunca más regresó a las tablas, aunque por supuesto continuó acumulando triunfos dentro de esa mentira maravillosa que el séptimo arte.
A partir de ahí aparece el actor Ian Charleson, interpretado magníficamente por el irlandés Andrew Scott, y la historia cobra un gran impulso mientras establece un paralelismo entre Hamlet y el protagonista; también entre las intrigas del castillo de Elsinore y aquella enfermedad que azotó fatalmente al mundo del arte, y de la noche, en los 80 y los 90.
Porque Elsinore simboliza la muerte, pero esta vez Hamlet le gana la partida: consigue llegar a la comida del viernes, como se dice en la película, incluso más allá: 24 actuaciones en el National Theatre antes de que llegue lo inevitable.
El resultado es una versión alternativa de ‘Hamlet’, una historia de cine dentro del cine, pero también de teatro dentro del cine, con buenas dosis de humor negro de marca británica y manufacturada con mucho amor.
Alguna lágrima rueda por las mejillas ante la sensibilidad de la cámara, el cariño profesado entre compañeros, el ambiente gay del Londres de los 80, el cruising como una parte natural del paisaje y no solo como un escenario sórdido.
La doble interpretación de Andrew Scott
Hay otro paralelismo que casi se nos escapa: si el propio Ian Charleson encontró el papel de su vida, también lo ha hecho Andrew Scott en su doble papel de Ian y Hamlet, en lo que probablemente constituya la cumbre de su carrera.
Por todo ello y por mucho más la película exige un segundo visionado, de modo que podamos deleitarnos con los infinitos detalles, como las bromas sobre ‘Carros de fuego’ o como las lágrimas, ya algo tardías, del padre del protagonista; no le recrimina su modo de vida, pero sí llega a reprocharle: “Siempre quisiste vivir en Londres”.
¿Y qué es Londres? La capital británica como otro de los protagonistas de la cinta, convertida en la meca del cine, del teatro, de la vida nocturna y de toda aquella desgracia que se cernió sobre la juventud de aquellos años.
‘Elsinore’ es una historia de amor y superación que el público haría mal en dejar pasar. Ya estamos esperando que llegue a las salas.
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