Ricardo Ortega
Ni un gesto hicieron los graníticos Toros de Guisando cuando, en septiembre de 1468, se firmó a su vera la Concordia que ponía fin a los enfrentamientos en el Reino de Castilla.
Minucias, cosas de niños, debieron de pensar estos astados que ya entonces contaban con quince siglos de existencia.
Se habían esculpido por mano vetona para rendir culto a personajes ilustres, del clan de los Calaeticos, y tantas cosas habían sucedido ya ante sus ojos que poco podía importarles la paz entre los partidarios de Enrique IV y los de su medio hermana Isabel, que hoy conocemos como la Católica.
El Tratado, Jura o Concordia de los Toros de Guisando proclamaba a Isabel princesa de Asturias y, por tanto, heredera del trono de Castilla.
A cambio, todo el reino volvía a la obediencia del rey Enrique, en un nuevo escenario en el que se declaraba nulo su matrimonio con su segunda esposa, Juana de Avís. La hija de ambos, Juana de Castilla (conocida por sus opositores como la Beltraneja debido a los rumores sobre su verdadera paternidad), perdía el derecho al trono.
Entre las estipulaciones del tratado figuraba que el matrimonio de la princesa debía realizarse solo con el consentimiento del monarca. Pero la boda clandestina de Isabel y Fernando, heredero del trono aragonés, celebrada en 1469 en Valladolid, hizo que todo saltara por los aires.
Lo demás es conocido: guerra civil castellana, batalla de Toro y Tratado de Alcaçovas, que sellaba la paz con Portugal (principal apoyo de la Beltraneja) y suponía un antecedente muy relevante del Tratado de Tordesillas.
Juana entró a un convento hasta el fin de sus días.
Un paso estratégico
La Concordia se celebró en un punto clave, la venta edificada junto a los Toros de Guisando, en el paso estratégico de la Meseta Norte a la Meseta Sur; junto a la Cañada Real Leonesa Oriental y en el actual límite entre Ávila y la Comunidad de Madrid.
Nadie sabe cuándo se construyó allí la primera posta o venta, pero sí se sabe cómo terminó: el complejo dependía del cercano monasterio de Guisando y su prior, fray Jerónimo de la Cruz, dejó escrito: “La venta se deshizo y se allanó la tierra para no permitir más ofensas a Dios que allí se cometían”. Hasta ahí podíamos llegar.
Del edificio aún pueden verse los cimientos, situados en la misma finca en la que siguen en pie, impertérritas, las cuatro reses. Se supone que el emplazamiento de las esculturas es el original, o en todo caso muy próximo a él.
En todo caso, tiene sentido que no se hayan cambiado de sitio dada su orientación hacia el oeste, la tradicional de las tumbas desde tiempo inmemorial, y su emplazamiento de norte a sur.
¿Quién y para qué?
Para ir comprendiendo el significado de estas esculturas hay que dejar claro que toman su nombre del cerro de Guisando, al que miran, pero no de la localidad abulense de Guisando, situada a más de 70 kilómetros. Por cierto, el topónimo podría ser de origen germánico y significar algo así como «verdad sabia» o «sabio verdadero».
Lo que sí se sabe es que se trata de una obra vetona, como ya hemos dicho, aunque de un tiempo en que este pueblo celta ya se encontraba romanizado; aún se pueden leer los textos latinos supuestamente inscritos por los autores.
De norte a sur, el denominado Toro 1 incluye la inscripción ‘Longino lo mandó hacer para su padre Prisco, de los Calaeticos’.
El Toro 2 dice algo así como ‘Longino lo mandó hacer para su madre Longina’, mientras que el Toro 3 carece de inscripción, pero su historia es más escabrosa: quedó partido por un rayo y sus partes diseminadas por los alrededores, hasta que fueron recuperadas -y recompuestas- muchos siglos después.
El Toro 4, esculpido con gran profusión de detalles, incorpora el texto ‘Aquí yace Lancio, de los calaeticos’.
Parece así claro que se trata de monumentos funerarios, aunque el debate científico se prolonga hasta el día de hoy. Resulta clave la importancia de la ganadería para la subsistencia del pueblo vetón, lo que siempre hizo suponer que las estatuas eran protectoras del ganado.
Se habla de fines religiosos o funerarios, de que están dotadas de una finalidad mágica, o bien de que son simples hitos en las cañadas o marcadores territoriales. Todo depende de la validez que se otorgue a las inscripciones latinas.
¿Quiénes eran los vetones?
Los Toros de Guisando son una de las mejores manifestaciones artísticas de la España prerromana. Fueron realizadas en plena Edad del Hierro, periodo en el que el pueblo vetón está asentado en las provincias actuales de Badajoz, Cáceres, Salamanca y Ávila.
Pueblo fundamentalmente ganadero, sus miembros se establecían en lugares en los que abundaba el agua y el pasto para sus rebaños. El ganado -vacas, toros, cerdos- y la caza -jabalíes-, les procuraba carne, leche, cuero y estiércol, productos de importancia vital.
De ahí que erigiesen toscas representaciones, llamadas verracos, de cerdos, jabalíes y toros, como estas de Guisando. Atención, porque en castellano un verraco es un cerdo macho destinado a la reproducción, aunque la palabra se emplea de forma genérica para denominar a este tipo de escultura.
En el caso de los Toros de Guisando, situados en la margen izquierda del arroyo Tórtolas, dan muestra de un incipiente realismo. Poseen agujeros para insertar los cuernos y unos suaves surcos paralelos que indican los pliegues del cuello.
Los cuatro se encuentran esculpidos en granito y tienen una longitud entre 264 y 277 centímetros y entre 129 y 145 de altura. Disponen de basa.
Referencias literarias
Los Toros de Guisando han estado presentes en obras literarias españolas de todos los tiempos. Miguel de Cervantes los cita varias veces en Don Quijote de la Mancha:
“Vez también hubo que me mandó fuese a tomar en peso las antiguas piedras de los valientes Toros de Guisando, empresa más para encomendarse a ganapanes que a caballeros…”.
Federico García Lorca recurre a su valor emblemático en ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’, y qué bien traída esta referencia para despedir a un torero:
“… y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra”.

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Imagen principal: Ricardo Ortega

