Roberto Bernal

Siguiendo con la celebración este 2026 de los quinientos años del origen de la llamada Escuela de Salamanca y su principal artífice, el fraile dominico Francisco de Vitoria, en esta ocasión enlazando con el presente, si bien estamos creando un mundo sumamente tecnológico, materialista y economizado, y parece que no nos lo estamos cuestionando demasiado, ¿por qué al mismo tiempo no estamos generando un mundo moral?
¿Por qué no nos paramos a reflexionar no el qué, sino el para qué de las cosas?
En este mundo actual en el que la concentración de poder (de carácter no democrático) en manos de unas pocas empresas, sobre todo tecnológicas, y que admitimos sin más, de que así tiene que ser, como si se tratara de dogma de fe verdadera, y al que el poder político (democrático) no sabe cómo hacer frente o no quiere, estamos obligados cada uno de nosotros como ciudadanos y seres humanos a concienciarnos primero de la situación y luego a actuar en los ámbitos pequeños de nuestro día a día, con orientación moral, pues no se llega a una sociedad más equilibrada, justa y hacia el bien común, solo maximizando la utilidad de las cosas por criterio económico.
Esa conciencia o virtud moral surge como resultado de un hábito; se aprende haciéndola, practicándola, así como por ejemplo nadie aprende a tocar un instrumento musical por leer un libro o viendo unas clases, sino que hay que practicar.
Por tanto, nos volvemos justos haciendo actos justos, valientes haciendo actos valientes, equilibrados haciendo actos equilibrados, etc. Hay que cultivar hábitos.
Los maestros de aquella corriente de pensamiento del siglo XVI, iniciadores también de la economía moderna con su análisis del incipiente capitalismo y variados conceptos económicos, creyentes del libre mercado, ya vislumbraron que la economía tenía que estar subordinada a la justicia y al bien común, pues la economía no es un sistema por sí mismo o mecanismo autónomo, sino que forma parte del comportamiento humano y como tal, también sujeto a la moral y bajo la dignidad humana.
El ser humano es el origen y el destino de la actividad económica, su fundamento, y por tanto esta debe estar a su servicio y no al revés. La economía satisface necesidades humanas, pero de ninguna manera es lícito sacrificar al ser humano por ellas. La economía y la moral no son dos ámbitos independientes.

