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DO León, una figura definida por la tipicidad

Una multitud de bodegas subterráneas revela que viene de antiguo la relación entre el vino y el territorio en el sureste de la provincia de León. Hablamos de las cuencas del Esla y el Cea, dos espacios con un carácter común definido por un suelo arcilloso y una variedad dominante, la prieto picudo, responsable de elaboraciones de marcada, marcadísima, personalidad.

En 1985 un grupo de cooperativas y bodegas de la zona que abarca Valdevimbre, los Oteros y el Cea dieron los primeros pasos para formar una asociación profesional de viticultores, elaboradores y embotelladores. Era el embrión de lo que acabaría siendo una DO, con el triple objetivo de mejorar la calidad de sus vinos, diferenciar su carácter y promocionarlos en el mercado.

Con su propia DO

La DO Tierra de León vio la luz en 2007, aunque de forma reciente cambió su denominación a DO León. Sus viñedos se extienden por una zona de producción que abarca el sureste de la provincia y algunos municipios de Zamora y Valladolid. 34 de sus bodegas trabajan en la provincia leonesa y cuatro lo hacen en el norte de Valladolid.

No cabe duda de que uno de los estandartes de la denominación es la variedad prieto picudo, que posee una acidez notable y gran cantidad de azúcar y tanino, que dan a los vinos especiales cualidades organolépticas.

La uva se distingue fácilmente por su racimo apretado y sus bayas de forma ovalada, acabada en punta. De ahí el nombre de la variedad: racimo prieto y baya con forma picuda. Vinos muy aromáticos y personales, aunque algo ligeros con respecto al color.

Las cepas viejas tienen la cabeza enterrada y las ramas extendidas sobre el suelo, algo completamente inusual. Esto hace que su poda sea mucho más sacrificada, de rodillas. Es la famosa ‘poda en rastra’. Hoy se planta en espaldera para mejorar su producción, pero también para mejorar las condiciones de trabajo.

Un vino ‘de aguja’ único

Con la prieto picudo se produce un vino ‘de aguja’, elaborado con el método del madreo o madreado. Consiste en provocar una segunda fermentación lenta, que aporta al vino el típico picante del CO2 natural, sin llegar a ser espumoso.

Esta segunda fermentación se consigue añadiendo a los mostos uvas enteras de prieto picudo.

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