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DO Cigales, un diamante en bruto

Tomás Jurío, director gerente de la bodega Museum

Cuando alguien te comenta “Podrías escribir sobre la DO Cigales destacando sus puntos fuertes, resaltando el valor de sus suelos, de sus viñas viejas, de sus vinos”, ya se está reconociendo que es una zona espectacular para elaborar grandes vinos. Se trata de una realidad, y el entendido lo sabe (aunque a algunos no les interese reconocerlo) mientras los no entendidos se dejan llevar por las modas… por mucho que no siempre la moda sea sinónimo de calidad.

La DO Cigales, o podríamos denominarla la Ribera del Pisuerga, históricamente ha sido una zona muy buena para el viñedo; sus vinos han sido reconocidos y valorados por los viajeros de todas las épocas. Todo el mundo sabe que con los romanos la viticultura se consolidó en España, pero recientes descubrimientos atestiguan que el pueblo vacceo, que se estableció en estas tierras, seguramente ya cultivaba de algún modo la vid.

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Históricamente, el vino que se bebía en la ciudad de Valladolid procedía del mismo municipio, donde también se cultivaba la vid, como atestigua el testamento de Pedro Ansúrez (1095), y también de los pueblos aledaños, como Cigales. A finales del siglo XIII, las cuentas del rey Sancho IV prueban que la corte bebía vino de Cigales, diferenciándose ya entonces el vino joven del añejo, que era más caro.

De los viajeros de todos los tiempos que pasaron por Castilla y León hasta el siglo XIX, la población de Cigales ha sido la más citada en relación a la calidad de sus vinos. Aparece en los escritos de Cock (1585), de Norberto Caimo (1755), de Twiss (1772), de Laborde (1807), quien cuenta que “el rey Carlos III hizo elaborar en Cigales vino según los métodos franceses, y aunque los resultados fueron muy satisfactorios el ensayo no tuvo continuidad”.

También Thomas Roscoe (1837), un sibarita muy entendido en vinos y gastronomía, publicó sobre Cigales y más concretamente de Cabezón lo siguiente: “Se produce el mejor vino, sin duda, de toda esta parte de España […] lo que con seguridad debe ser atribuido al predominio de las arenas entre las arcillas y margas de que se componen las tierras de las colinas”. En definitiva, el vino de calidad que se ha bebido a lo largo de la historia en Valladolid procedía de Cigales (también de tierras de Medina, que solía ser blanco), y era muy valorado no solo por los habitantes y la corte de la época, sino también por los viajeros, historiadores y críticos franceses, suizos, ingleses, holandeses, etc.

Sin embargo, en la actualidad los vinos de Cigales no son muy reconocidos en su propia tierra, como lo han sido a lo largo de la historia, algo que no es lógico y que casi con seguridad no ocurre en ninguna otra parte de España. Es más, hasta a veces son denostados, sobre todo si hablamos de tintos. Queda claro que las modas, el desconocimiento y los intereses pueden más que la calidad intrínseca de una zona vitivinícola.

¿Cuál es el motivo por el que la DO ha sido tan apreciada históricamente y en la actualidad es merecedora de tantísimos premios nacionales e internacionales? La respuesta es clara: sus suelos, su clima, su altitud y su material vegetal vitícola, donde más de la mitad de su viñedo tiene más de 55 años y, cómo no, el ‘terroir’, que no es más que sumar a lo anterior la mano del viticultor.

Quizá sea de las pocas DO donde el viñedo viejo tenga más representación que el joven en comparación con cuando nació, en 1991. El viñedo viejo da a los vinos un aporte extra de calidad en cuanto a homogeneidad y producción, además de matices que con los nuevos clones de vid se han perdido. Los terrenos donde se ubica el viñedo es pobre, con escasa materia orgánica, pocos nutrientes, donde predominan las arenas sobre las arcillas, y con un contenido de caliza que -rozando el límite para el cultivo de la vid- dota a los vinos de una finura y elegancia únicos.

Ese viñedo se localiza íntegramente en dos de las tres zonas climáticas que tiene Cigales, obviamente las idóneas, donde las heladas de otoño, tan perjudiciales, no llegan; las de primavera sí azotan, pero mucho menos que a los vecinos, y en verano ese contraste térmico de hasta 25°C, tan beneficioso entre el día y la noche y que aporta a los vinos esa fragancia tan peculiar. Y esos suelos con cascajo que se formaron en el Mioceno hace 23 millones de años, y que dotan a las uvas de un calor extra nocturno durante la última fase de la maduración en septiembre y octubre.

La precipitación es adecuada, cerca de 400 litros al año, que dota a la planta de los recursos para obtener una uva equilibrada y de tamaño justo. El resultado serán unos tintos estructurados, complejos y con una carga polifenólica que procuran al vino una gran longevidad.

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