Eugenio García-Rojo
‘Palomares tradicionales: valorización y recuperación de un valioso patrimonio’. Así se llamaba la exposición itinerante que el Grupo de Acción Local (GAL) ADRI Valladolid Norte promovió para remover, ya en 1995, la conciencia de los propietarios de los palomares de tapial y adobe que se hallaban en los 40 municipios de la Zona Norte de Valladolid.
El programa perseguía realizar hacer una labor de educación ambiental entre la población escolar y concienciar a la población en general sobre el valioso patrimonio etnográfico que se erigía en sus pueblos.
El palomar tradicional, símbolo etnográfico de la arquitectura popular de la comarca natural -y pluriprovincial- de Tierra de Campos. Estos edificios, que se presentan como baluartes en la estepa cerealista, como parte de la idiosincrasia de esta zona tan característica de Castilla y León, ya existían según algunos expertos desde los vacceos.
Pero está claro que la colonización y asentamientos de villas romanas de familias representativas de este nuevo orden impuesto por el Imperio supuso la primera piedra para que los palomares se convirtieran en el símbolo que suponen hoy; los romanos eran aficionados a la colombicultura. Baste relacionar cómo se llama el dulce típico de Italia en la Semana Santa: Colomba.
Y así los propietarios de un palomar en Tierra de Campos se los identificaba con familias con solvencia para tener una despensa de carne fresca de ave, en unos tiempos en que los salazones imperaban, y por otra parte su tamaño y tipología permitía ser un símbolo de distinción en la sociedad rural.
A lo largo de los siglos desde la caída de Roma, tener un palomar era un signo de distinción. Podían ser redondos, cuadrados, rectangulares, hexagonales, con o sin patio interior, de una nave o de varias naves.

Incluso con el avance de los siglos y más próximos al XVIII, algunos se atreven a decir que, al igual que en Asturias las Casas de Indianos era el símbolo de la prosperidad de sus dueños alcanzada en la España de Ultramar, en Tierra de Campos erigir un palomar suponía la misma simbología social para los que regresaban de las Américas a los pueblos terracampinos.
Estos palomares rectangulares, de dos o tres naves de tapial y teja árabe, que simulan dos o tres plantas, se identificarían con los que volvían de Filipinas, habiendo conocido u oído hablar de los templos chinos o pagodas.

Gracias a aquella labor de recuperación del valioso patrimonio que suponen los palomares tradicionales, se han restaurado más de cincuenta en las dos últimas décadas, que han supuesto un embellecimiento para el entorno de los municipios, como Cuenca de Campos, Melgar de Arriba, Villafrades de Campos, Villavicencio de los Caballeros, etc.
Estos palomares de la cultura del barro albergan razas silvestres de palomas (bravía y zurita) que producen dos o tres puestas anuales, de un par de crías cada vez. Proporcionan un delicioso manjar e hito gastronómico, como es el pichón de nidal o el pichón de Tierra de Campos, que es aprovechado por los restaurantes, mesones y fogones enclavados en esta comarca situada en el centro de la comunidad autónoma, como reclamo para los amantes de buen yantar, siempre bajo reserva.
Este plato es tan genuino de la gastronomía de la zona que difícilmente puede ser identificado con otros territorios y con otros tipos de palomino procedentes de Francia o de otras regiones españolas, o de granjas industriales.
Hoy desde distintas entidades se continúa impulsando la labor de recuperación de los palomares tradicionales, tanto como símbolo del embellecimiento rural -como ejemplo para los propietarios que aún no se deciden a restaurarlo- como para la producción de un pichón que se constituye en signo de identificación y prestigio para Tierra de Campos y para la gastronomía de Castilla y León.
—
Eugenio García-Rojo es gerente del grupo de acción local ADRI Valladolid Norte

