Ricardo Ortega
No hay dramatismo en la visita a Villalba de los Alcores, una localidad que en ocasiones parece aplastada por el peso de la historia, empequeñecida por la sombra de su propia leyenda. El término municipal es uno de los más extensos de la provincia de Valladolid y da cabida en su callejero a buen número de pistas sobre la gran villa que fue en la antigüedad.
A veces esos retazos son un montón de piedras y en ocasiones, en cambio, se trata de un susurro sobre recuerdos horribles, de esos que salpican la historia de España. O quejas por los elementos patrimoniales perdidos, arruinados, trasplantados a otros puntos de la geografía peninsular.
Pero no hay pesimismo ni desánimo en Villalba porque este pueblo que supera holgadamente los 300 habitantes sigue teniendo vida, con buen número de casas cerradas pero bien cuidadas, en espera de que antiguos vecinos se dejen caer durante el fin de semana o los periodos de vacaciones.

Chascarrillos en la barra del bar
Hay esperanza en los pueblos si el bar sigue abierto y cuenta con una parroquia numerosa, que consume y que comparte la actualidad, los chascarrillos, con el codo apoyado en la barra o compartiendo un cocido, que por cierto es uno de los grandes reclamos del bar de la calle Mayor de Villalba.
Tampoco falta el dinero en las arcas municipales, gracias a los parques eólicos que habitan esta parte de los Torozos, y eso es algo que se deja ver en las calles recién empedradas de la localidad o en los elementos que van enriqueciendo el mobiliario urbano.
Se suceden los hitos turísticos y carteles diseñados para facilitar información al visitante, pero es tanta la que queda fuera que la mejor manera de recorrer este pueblo de los Alcores es hacerse con un buen guía.

La oficina de turismo abre todos los fines de semana entre abril y septiembre, aunque uno siempre prefiere acudir al método tradicional: pedir en el bar un clarete de Cigales y pegar la hebra con los parroquianos. Enseguida aparecen en la conversación las guerras civiles castellanas, el Císter, los Téllez de Meneses. Una llamada telefónica a un paisano y es posible que aparezca el vecino que guarda las llaves de la iglesia de Santiago.
Este templo es uno de los grandes atractivos de la localidad. Se empezó a construir en el siglo XIII y su construcción se prolonga hasta el siglo XVIII, con la construcción del pórtico y la sacristía. Por eso la fábrica acumula una sucesión de estilos arquitectónicos.
La torre es del siglo XVI, de estilo renacentista. El retablo es barroco, con cuatro columnas salomónicas, y las tres naves son desiguales pero presentan la misma altura. Junto al altar mayor hay un pequeño espacio que funciona como museo.
Santa María del Templo
Más misteriosa es la otra iglesia, Santa María del Templo, de finales del siglo XII y uno de los pocos ejemplos de románico en la provincia de Valladolid.
El hecho de que los Caballeros Templarios estuvieran asentados en la villa, así como la advocación de la iglesia, ha hecho que la construcción de atribuya a esta orden.

De estilo románico de transición con fuerte influencia del Císter, tanto por la sobriedad decorativa, su pureza de líneas como por la cubrición de la nave.
Consta de una nave que presenta bóveda de cañón apuntado, sostenido por arcos fajones apoyados en medias columnas adosadas. Los capiteles son troncocónicos con decoraciones muy sencillas de hojas, bolas y flores invertidas y abultadas.
La iglesia fue cerrada al culto en 1818 y declarada Bien de Interés Cultural en 1990, lo que no ha evitado que su estado actual sea de abandono. A día de hoy es de propiedad privada y no se puede visitar.
Orígenes remotos
Durante el paseo con los vecinos se nos habla de los orígenes vacceos y romanos de la población. De la presencia árabe, tan evidente en la toponimia: los alcores son la palabra árabe para mencionar los cerros de la comarca, mientras que una villa ‘alba’ es una villa ‘blanca’ en latín.
Es enriquecedora la conversación con los lugareños, que no pierden la ocasión de subrayar que la localidad se llamaba Villalba del Alcor, pero en 1916 debió renombrarse para evitar la confusión con otra Villalba del Alcor, en la provincia de Huelva.

También te hablan del monasterio de Matallana, joya cisterciense de la que apenas quedan algunos restos de muros y la base de enormes columnas de piedra. Hoy es un centro multidisciplinar que acerca al público la riqueza medioambiental de Torozos y Tierra de Campos, a través de la oferta de actividades, rutas y seminarios.
El centro cuenta con una sala de exposiciones; un jardín de plantas aromáticas y medicinales y un área en el que se han consolidado los restos arqueológicos del monasterio, de gran también para el visitante.
Además, puede disfrutarse con el recorrido por el Parque Infantil Tematizado; los restos arqueológicos de una necrópolis visigoda próxima al monasterio; una exposición de ganado ovino con 20 razas de todo el mundo o el aula de interpretación de los palomares, situada en el interior de un típico palomar terracampino.

Matallana ofrece también la posibilidad de realizar una serie de rutas medioambientales, así como rutas en bicicleta a distintos puntos cercanos. La hospedería del centro, en la que se ha restaurado la bodega monacal, ofrece la posibilidad de organizar todo tipo de convenciones.
El nacimiento de una villa histórica
En el siglo X, cuando los reinos cristianos avanzan y la frontera de Al-Andalus se establece en la línea del Duero, la zona es repoblada con gentes del norte de la Península, por el reino de León.
En el siglo XI Villalba ya pertenecía al reino de Castilla, cuando no era más que una pequeña población concentrada en torno a una iglesia sobre una elevación natural del terreno. Era entonces villa realenga, es decir que no pertenecía a ningún noble ni monasterio, sino al mismo rey.

A finales del XII, Alfonso Téllez de Meneses recibió del rey castellano, Alfonso VIII, Villalba, cuando comienza la construcción de las murallas y el castillo.
Durante la Edad Media fueron muy frecuentes las guerras entre los reinos cristianos y especialmente en la segunda mitad del siglo XII, las luchas entre León y Castilla fueron especialmente violentas, por lo que la frontera de ambos reinos se convirtió en un inmenso campo de batalla y, en esos límites, estaba precisamente Villalba.
La villa pasó a propiedad de diferentes grandes linajes y a comienzos del siglo XV se produjo una revuelta que el Conde Benavente aprovechó para tomar Villalba. Las murallas y el castillo sufrieron grandes daños, aunque fueron necesarios cuatro meses de asedio para su conquista.
En años posteriores las fortificaciones entraron en una profunda decadencia, al perder su función defensiva. Las murallas comenzaron a deteriorarse, mientras muchos de sus cubos se iban convirtiendo en viviendas.
Monumento Nacional
En 1860 Cipriano Rivas, secretario del rey, compró el Castillo al Conde de Castilnovo y en 1929, cuando su descendiente Dolores Rivas Cherif se casó con Manuel Azaña, futuro presidente de la República, a la villa acudieron insignes visitantes del mundo de la cultura y la política nacional. Mucho tuvieron que ver estas circunstancias con la declaración del castillo como Monumento Nacional durante la II República.
El castillo representa un ejemplo único de palacio-fortaleza de la arquitectura militar, un elemento inseparable de la historia y tradición de Villalba. Un icono. Un tótem que representa a la localidad junto a las generaciones pasadas y venideras.
Hacia 1960 se arruina la torre del homenaje y el declive continúa todavía hoy, pero los vecinos no pierden la esperanza de que un compromiso institucional salve de la ruina absoluta el mayor tesoro de una localidad que, en sí misma, resume la historia de Castilla y León.

Oficina de Turismo de Villalba de los Alcores
Teléfono: 983 721 500
Correo electrónico: turismo.villalbadelosalcores@yahoo.com
Horario de apertura: abril-septiembre (fines de semana)



