Francisco Umbral y Valladolid: geografía de la ausencia

El autor de ‘Mortal y rosa’ o ‘La noche que llegué al Café Gijón’ siempre reivindicó su madrileñidad, mientras Valladolid permanecía latente, aun de forma inconsciente, a lo largo de su literatura. El cordón umbilical que une su obra con la ciudad del Pisuerga está plagado de escenarios que explican en parte la figura de este autor polémico y único

José Manuel Campos

Si se realizasen entre los viandantes de Valladolid alguna de esas encuestas a volapié que a veces salen por televisión, preguntando por los escritores más destacados de la ciudad, no nos cabe duda del aplastante resultado, y comprobaríamos además lo difícil que les resultaría a los amables paseantes añadir algunos más para concretar un dúo o una terna.

Campos
José Manuel Campos Carrión

El vencedor indiscutible de todas seria, sin dudarlo, Miguel Delibes, aliñado en ocasiones con la presencia muda de José Zorrilla y quizá, muy raramente, de Rosa Chacel.

Sería muy sorprendente que en todo este postureo de conocimiento literario se incluyese como autor vallisoletano a Francisco Umbral. Sí, a estas alturas del siglo XXI todavía no identificamos a Umbral como autor vallisoletano.

El personaje devoró en muchas ocasiones al tremendo escritor que era Umbral, y en esas digestiones se llevó por medio la condición de vecino de la ciudad. Él mismo, ocupado en muchas ocasiones de alimentar ese personaje, no dudaba mediáticamente en resaltar su “madrileñidad”. Afirmaba orgulloso que “Madrid es un género literario”, o más contundente aún, “mi patria es la calle de Alcalá”.

No fue Umbral un destacado nacionalista del terruño, es más, no fue nacionalista en nada, si acaso de su “Dacha”, pero de una manera inconsciente Valladolid ha estado perpetuamente en su literatura. De hecho, en la extensa obra literaria de Umbral, sus más destacados libros tienen por activa o por pasiva de protagonista la ciudad que le vio crecer.

Umbral pasó sus primeros veintisiete años ligado a Valladolid, entre Laguna de Duero y la capital, en una infancia y juventud marcadas no solo por el frío y la niebla, sino por el vergonzante estigma de la bastardía e ‘ilegitimidad’, que condicionaría la personalidad del escritor.

Esa condición, marcó de manera definitiva no solo el carácter de Francisco Pérez Martínez, auténtico nombre de Umbral, sino que influyoó totalmente en su literatura.

Su madre, Ana María Pérez Martínez, joven soltera, inteligente y frágil de salud, embarazada de un hombre que no quiso hacerse cargo, fue enviada a Madrid a dar a luz para esquivar las habladurías de un Valladolid ferozmente moralista.

Ana María Pérez Martínez, madre de Paco Umbral.

Francisco nació el 11 de mayo de 1932 en la inclusa y hospital benéfico de La Maternidad, en el madrileño barrio de Lavapiés.

Antes de llegar a la casa familiar en Valladolid, Umbral fue un niño a la sombra, criado por una nodriza en Laguna de Duero para evitar el escándalo de una maternidad fuera del matrimonio. Mientras la familia mantenía las apariencias en la capital, el pequeño Francisco crecía en Laguna.

A los cuatro años, en pleno verano de 1936, su abuela materna lo recoge y lo lleva a la casa familiar de la Plaza de San Miguel 11, donde comienza la oficialidad de su vida vallisoletana. Este piso, con entrada lateral por la calle San Blas, era un piso de alquiler modesto, oscuro, iluminado solo por la calle y un patio trasero, casi una portería sin serlo.

Allí convivían los abuelos maternos, la madre de Umbral, a la que Francisquito llamaba “Tía May” y que no sabía que aquella mujer distante, que salía a trabajar al Ayuntamiento como secretaria del alcalde García Quintana, era en realidad su madre.

Para un el niño de cinco años, Valladolid se representa como una calle larga y fría, la calle de San Blas con huertas, monjas, ebanistas y sombrereras, una ciudad recorrida por moros y regulares que pasan al anochecer; carteles de guerra con alambradas y cascos, rumores de fusilamientos y pasos apresurados.

El niño que es Umbral recoge casquillos en las calles cercanas, juega entre los restos de una violencia que no entiende en una ciudad aparentemente quieta. Esta impronta infantil del entorno va a condicionar de una manera explícita la fértil imaginación de Umbral.

La Valladolid que ya no está

Uno de los escenarios recurrentes en las evocaciones literarias de Umbral era el fielato de la cuesta de la Maruquesa, junto a una fábrica de harina en las afueras, donde su abuelo materno, Claudio, trabajaba en la inspección del grano.

Llegó con su familia procedente de Valencia de Don Juan en 1923, e ingresó como modesto empleado en la inspección del grano. El puesto que desempeñaba en este puesto de control tributario le permitía mantener a la familia de manera muy humilde.

Los paseos que realizaban la familia, la abuela la madre y las tres tías de Umbral los domingos para llevar comida al abuelo, quedan retratados de manera excepcional en la literatura umbraliana.

En ‘Los males sagrados’, retrata no solo a la oficina que describe “con olor a tabaco y a otros hombres viejos, en cuya pared colgaba el rosario junto a un calendario y a facturas”; también retrata al abuelo como un hombre adusto, severo y mudo que apenas mostraba gesto de cariño hacia el nieto.

El fielato como institución o como lugar concreto ha desaparecido del mapa urbano. Queda algún eco en toponimias apagadas y en las descripciones de Umbral, que convierte ese trayecto es una escena casi litúrgica.

Una topografía sentimental

El Valladolid de Francisco Umbral no es un mero escenario cartográfico, sino una topografía sentimental y literaria moldeada por la observación, la memoria herida y la recreación mítica. En el centro neurálgico de esta geografía urbana destaca la calle Santiago, arteria del paseo diario y escaparate de la burguesía local y donde procesionaba la aristocracia provinciana, los jueces de la chancillería, las damas que acudían o regresaban de misa.

Para el joven Umbral, que recorría estas aceras desclasado y marcado por la clandestinidad de su origen, constituía el espacio de la fascinación visual, y sobre todo del resentimiento social, la pasarela de la “ciudad de las apariencias” desde la que miraba el lujo ajeno.

En la confluencia de la plaza Mayor y la calle Santiago se localizaba el bar Cantábrico, definido en “Capital del dolor” como “la primera catedral del cubismo decorativo que aparecía en la ciudad”.

Con sus columnas cuadradas, sus simetrías de espejos superpuestos y su barra americana, el Cantábrico concentraba las mañanas de la sociedad vallisoletana. En el mismo libro nos dramatiza Umbral, entre verdad y ficción, que allí acudía el director de El Norte de Castilla, Francisco de Cossío, luciendo su cabeza “Trastámara”, y sus alas de pelo blanco mientras bebía despacio el “único whisky dorado y anglosajón que se consumía en la ciudad”.

El itinerario de la memoria cultural tiene su hito en el Teatro Calderón. Caracterizado como corralada enorme de la cultura local, con terciopelos rojos y recuerdos de la alta comedia del siglo XIX. En la imaginación infantil del protagonista de “Capital del dolor”, el Calderón albergaba las representaciones legendarias de María Guerrero.

En marzo de 1936, el coliseo quedó desacralizado en la novela de Umbral, por la invasión de las huestes falangistas que invadieron el patio de butacas con túnicas y pistolas para presenciar el mitin de José Antonio Primo de Rivera.

También cabe en el imaginario umbraliano el desaparecido Teatro Pradera, en cuyo edificio funcionaba la escuela pública José Zorrilla, popularmente rebautizada como “la gota de leche” debido a la distribución benéfica de biberones durante los años del hambre.

Allí cursó Umbral sus únicos tres años de escolarización regular antes de ser retirado abruptamente para evitar la exhibición de su partida de nacimiento que ya se le empezaba a demandar.

El Valladolid de dos aguas

La hidrografía de Valladolid vertebra una dualidad poética y social en la obra de Umbral.

El río Esgueva, “el río de izquierdas”. Bautizado en Capital del dolor como “la espada de estaño del Esgueva”, el canalizado rio discurre hacia los terrenos de las vaquerías, los establos, el mugido crepuscular de las reses y el convento de las clarisas. Símbolo de una disidencia soterrada que Umbral rescata en “Las Giganteas”.

El Pisuerga, “El rio de derechas”, que describió en el polémico pregón de fiestas de 1970, fue el gran escenario del juego e inocencia para Umbral en sus años sin escolarizar.

Bajar al río le permitía alquilar barcas, nadar o alquilar piedras. Una vía de escape de la claustrofóbica casa familiar, que el propio escritor definiría como “una estructura de ceniza, un palomar de muertos”.

Los dos ríos sirvieron como elemento provocador en su comentado pregón de las fiestas de 1970, al definir, como hemos comentado, al Pisuerga como rio de derechas, y al Esgueva rio de izquierdas. Todavía debe haber entre las autoridades supervivientes algún que otro arrepentido de contar con Umbral para el pregón de aquel año.

Otro de los lugares que frecuento y que sirvieron de fértil fuente para su inquietud cultural, fue el Colegio Mayor de los Luises. Vinculado a los jesuitas y hoy transformado en el Colegio Mayor Menéndez Pelayo.

Umbral acudía a las numerosas proyecciones cinematográficas que se daban en él y los posteriores cinefórums, las partidas de ajedrez. Un refugio para el adolescente Umbral.

En los libros de Umbral, la ciudad de Valladolid se enmascara a veces con nombres inventados: el Campo Grande se convierte en “El frondor”, Valladolid es “la ciudad plateresca” o “el galeón imperial”, y ciertos barrios populares aparecen bajo denominaciones veladas, o de una manera más evidente, despistando como esa “Laguna de Ebro” inexistente que Umbral castiga al escenario de su primera y oculta niñez.

Resulta curiosa esta ocultación. Un hombre que según sus palabras paseó tanto por Valladolid y que se “insertaba en la vagina enferma de la ciudad, que eran sus barrios judíos, moros y cristianoviejos, prostibularios, enfermos y luminosos”. ¿Cómo es que en sus obras nunca llama por su nombre a la ciudad que le vio crecer?

Según algunos biógrafos que se acercaron a su obra, late en él un “odio umbraliano” hacia Valladolid, por ser el escenario nada alegre de una infancia y una adolescencia dura.

Sin embargo, en el polémico pregón de 1970, la prosa hiriente de Umbral, también sabía dar paso al lirismo más profundo: “Una ciudad muy vivida, bien vivida, dolorosamente vivida, como yo he vivido Valladolid, es poema en la memoria, lirismo, temor y temblor. Nada más. Vengo aquí con el poema en prosa de mi Valladolid de entonces”.

“Todo el dolor y todo el amor que esta ciudad me dio, os lo devuelvo a vosotros… Valladolid es la ciudad de la infancia cruel y de la adolescencia atroz. Es mi autobiografía. Debéis hacer conmigo unos ejercicios espirituales de vallisoletanismo… Valladolid, madre madrastra, me enseñó a hablar bien y a escribir regular. Me enseñó, sobre todo, esa asignatura que todos cursamos en esta ciudad de melancólicos: la melancolía, el dolorido sentir, la desesperación cortés que no levanta el grito… Valladolid debe ser ni más ni menos que el sitio por donde se puede empezar a conocer Castilla”. Amor, desamor.

Pero también recogía “Aquel Valladolid pobre y gris de la posguerra”. “Fiesta triste y negra, de guerra y de luto”. En Valladolid, descubrí la muerte.

Hubiera sido un detalle aquello de las caras, Paco, las caras, cuando el público pasaba de la admiración al desconcierto.

Delibes y Umbral. La distancia estética

La relación con Miguel Delibes fue compleja y cargada de matices. El vínculo se forjó a finales de la década de los 50 en Valladolid. Al asumir la dirección de El Norte de Castilla en 1958, Delibes se propuso modernizar el diario abriendo sus páginas a una prometedora camada de jóvenes talentos.

Entre ellos figuraba Francisco Umbral, que trabajaba como un apático empleado del Banco Central. Para Umbral, marcado por la orfandad del padre, el desclasamiento y el estigma de la ilegitimidad, Delibes no solo represento la puerta de entrada al periodismo profesional, sino la figura tutelar que necesitaba desesperadamente.

‘La amistad de dos gigantes’, publicado por Destino en 2021, reúne las cartas que intercambiaron Umbral y Delibes entre 1960 y 2007. Editores de la correspondencia: Araceli Godino y Luciano López. Con prólogo de Santos Sanz Villanueva

En una carta fechada el 14 de octubre de 1965 -de la abundante correspondencia que mantuvieron los dos autores en vida- Umbral invistió a Delibes como “su hermano mayor”, un título afectivo al que se agarraría durante cinco décadas, y al que añadiría la provocadora manifestación de considerarse “su octavo hijo”, poniéndose a la cola de la numerosa prole del escritor.

Delibes asumió ese patronazgo con rigor y generosidad, dando muestras de ellas en las numerosas cartas de recomendación que mando a los medios de Madrid y que supusieron el desembarco definitivo de Umbral en la capital.

Durante los primeros años en Madrid, Umbral dependió económicamente de sus colaboraciones semanales para El Norte de Castilla, llegando a recoger personalmente los paquetes de periódicos que llegaban en el tren expreso desde Valladolid, para repartirlos por los quioscos.

Cuando en 1966 sufrió una invalidante crisis nerviosa y depresión, Delibes y el gerente de El Norte, Fernando Altés, acordaron mantenerle la asignación económica y financiarle consultas médicas especializadas, asegurándole que El Norte no dejaba a los suyos en la estacada.

Choque de literaturas. La sobriedad castellana frente al “lirismo malvado”

A pesar del profundo afecto personal y de su extensa correspondencia que se mantuvo hasta 2007, los choques entre Umbral y Delibes fueron recurrentes. Delibes representaba la literatura de la sobriedad, la trama estructurada, el personaje con “esqueleto”.

Umbral era el rupturismo, la fragmentación, huir de la trama, lo que el llamo “lirismo malvado”. Eran dos visiones totalmente excluyentes del modo de narrar.

Delibes no ahorraba reparos sinceros ante los libros que Umbral publicaba de manera galopante. Delibes le elogiaba el duende y la brillantez de la prosa, pero le advertía con firmeza de que eran libros “superficiales y sin esqueleto”.

Quizá, le decía, escribía demasiado. Umbral le contestaba renegando de la narrativa tradicional. “La gente que escribe está preocupada por el mensaje y a mí no me interesa el mensaje, mi mensaje es que no hay mensaje”, alineándose con la narrativa de Kerouac o Henry Miller.

El punto de fricción más celebre entre ambos se produjo en enero de 1976 con motivo de la concesión del premio Nadal a Umbral por su novela “Las ninfas”. Delibes, jubiloso por el triunfo de su protegido, publico un artículo de felicitación, que, al intentar ponderar la facilidad y la pluma de Umbral, utilizo un símil escatológico que resultó nefasto. “Paco Umbral escribe como mea, con la misma fluidez y relajamiento”.

A pesar de los halagos de Delibes, el comentario cayó como un jarro de agua fría sobre el desmesurado ego de Umbral. La utilización recurrente del símil en los días y meses posteriores en todos los mentideros culturales supuso un baldón para la cuidada y neurótica manera en que Umbral manejaba su estética.

Jamás perdonó aquella formulación simplona de su mentor, aunque no decayó su amistad. Ambos compartieron los momentos más oscuros de sus vidas, como la muerte del hijo de Umbral (Pincho) a los cinco años y el fallecimiento de Ángeles de Castro, esposa de Delibes. Las dos desapariciones sumieron a los escritores en profundas depresiones de las que se acompañaron epistolarmente “de cama a cama”.

A la muerte de Umbral en 2007, Miguel Delibes, anciano, enfermo y casi ciego, dictó una conmovedora nota de despedida, reconociendo que por encima de narrativas y de las amarguras de la profesión, las cartas y las palabras intercambiadas con aquel joven escribiente de la calle Santiago, habían constituido la amistad más pura, firme y verdadera de su vida.

Epílogo. Un ser de ausencias

Uno de los últimos libros de Umbral, quizá de los más lúcidos junto a “Mortal y Rosa”, fue “Un ser de lejanías”. En él hay un extrañamiento sobre los recuerdos, que le lleva a afirmar que el hombre es un ser de lejanías.

Mas que de lejanías, lo que movía a Umbral, en la vida y mucho más en su literatura, fue la ausencia. La ausencia y el recuerdo. Y en esos motores vitales, literarios de Umbral, se encuentra Valladolid.

Si la patria de todos es la infancia, la de Umbral es un continente y se localiza con unas coordenadas muy precisas en Valladolid. Una geografía vallisoletana emocional en cuyo centro estaba su madre, Ana María Pérez Martínez, la figura más gravitante y recurrente (junto a la suya propia) de toda su obra.

Umbral escribió la palabra “mamá” cientos de veces en sus libros, indisoluble la figura materna al escenario donde vivió y se formaron esos recuerdos, Valladolid. Y lo escribió tantas veces, porque de niño no pudo pronunciarla.

La tía May, como así la disfrazaron emocionalmente para el pequeño Paquito, era taquimecanógrafa del ayuntamiento de Valladolid, plaza que consiguió con el número uno, y llegó a ejercer como secretaria de confianza de Antonio García Quintana.

Enferma de tuberculosis crónica, pasó largas temporadas convaleciente en cama, acompañada de Francisco. La complicidad entre madre e hijo que se fragua en la intimidad de la habitación de una enferma, donde ella le enseñaba taquigrafía y le abrió las puertas a la inquietud que ofrecían los libros.

Ana María falleció joven, con 47 años, y su muerte provocó en Umbral un sentimiento de orfandad feroz que dinamitó su permanencia en Valladolid.

En “Los males sagrados”, novela de 1972, expresa de manera cruda ese momento: “Adiós, mamá, adiós a esta casa de muertos, a nuestra triste vida, a tanta soledad, perdóname, mama, pero no me voy a quedar aquí, nunca más iré a la oficina [Umbral en vida de su madre trabajaba en una oficina del Banco Central en Valladolid] no quiero esta ciudad, tus conciertos, tu música, ya has muerto y nada me queda aquí”.

El entierro tuvo lugar el día 10 en la parroquia de San Miguel. El féretro iba, según la costumbre, en un coche de caballos que recorrió las calles de la ciudad hasta las puertas del cementerio, ubicado en las afueras.

¿Esta orfandad definitiva fue el portazo de Umbral a Valladolid? Seguramente tuvo mucho que ver. Ya empezaba a despuntar como incipiente escritor y Valladolid se le antojaba limitado. Esa renuncia a la ciudad que le vio crecer está inmersa en un reproche por la clandestinidad, el desclasamiento, el disimulo y la vergüenza que una sociedad hipócrita y clasista había herido la exquisita sensibilidad de un escritor impresionante.

Si la madre fue la figura central de toda su obra, Valladolid, la ciudad levítica, era la madrastra a la que no podía perdonar, pero a la que tampoco podía repudiar.

Valladolid no ha sido generosa con muchos de sus escritores. Al menos de una manera desigual. Lo que daba a unos en exceso, a otros se lo racaneaba. A Francisco Umbral Valladolid le debe mucho más que el nombre de una calle.

Principales libros donde Umbral recrea Valladolid

Las ninfas(1975)

Recrea su adolescencia en una ciudad de provincias reconocible como Valladolid, aunque no siempre nombra; aparecen plazas, colegios, cafes y ambientes que corresponden a la ciudad.

Los Helechos arborescentes (1980)

Incluye calles y plazas vallisoletanas con nombre real: Calle Conde de Ribadeo, Plaza del Rosarillo, Plaza del Ochavo, Fuente el Sol, etc.

Los Males Sagrados (1972)

Ambientada en gran parte en Valladolid de posguerra; aparecen barrios periféricos, parques, primeros escarceos amorosos en escenarios identificables de la ciudad.

Las giganteas (1973)

Sitúa buena parte de la acción en torno al Esgueva, “el río de izquierdas”, y en barrios humildes que corresponden al Valladolid obrero.

Capital del dolor (1996)

Una de sus “novelas vallisoletanas”, aborda la guerra civil íntima y cruel en una pequeña ciudad plateresca que es, sin nombrarla, Valladolid.

Tamouré/Balada de gamberros (1965)

Colección de relatos y novelas cortas. Supusieron el debut literario de Umbral. Valladolid aparece como escenario geográfico y emocional de fondo.

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