Ricardo Ortega

Nadie sabe a ciencia cierta cómo eran las miradas que se lanzaban entre sí Isabel y Fernando, los Reyes Católicos. Si eran de amor, deseo o admiración. Pero sí podemos afirmar a ciencia cierta que nadie miró nunca a Fernando con la misma contemplación que el agudo Nicolás Maquiavelo.
El autor florentino, que vivió entre 1469 y 1527, admiró a Fernando no como paradigma moral, sino como ejemplo de rey capaz de cualquier cosa con tal de conquistar su objetivo.
La cultura popular, tan despistada, siempre ha atribuido a este pensador la reflexión de que “el fin justifica los medios”, cosa que nunca dijo y que probablemente tampoco pensaba. Así lo dejó claro en otros libros, como ‘La República’, donde defendía la necesidad de obrar desde la honradez y la justicia.
¿Entonces? ¿A quién podemos mirar como padre de ese eslogan tan recordado? Pues bien podríamos dirigir la mirada a Fernando el Católico, cuyo eslogan o mote fue el de ‘Monta tanto’. Con él se refería a la frase atribuida a Alejandro Magno de que “tanto monta cortar como desatar”, supuestamente pronunciada antes de segar de un tajo el mítico nudo gordiano que abría las puertas a la conquista de Asia.
Protagonista de ‘El príncipe’
¿De verdad Fernando fue tan pragmático, tan calculador? En ‘El príncipe’ aparece mencionado en tres capítulos:
En el Capítulo XVIII no se da su nombre de forma explícita, pero es evidente que se refiere al aragonés. El capítulo versa sobre ‘De qué modo deben los príncipes mantener su palabra’ y Maquiavelo presenta a Fernando como un ejemplo de príncipe que supo engañar cuando le convenía, ocultando sus intenciones y haciendo que los demás actuaran según sus intereses. Lo considera especialmente hábil en el uso de la religión y de las apariencias para conseguir sus objetivos.
Aparece ya mencionado en el Capítulo XXI, sobre ‘Cómo debe comportarse un príncipe para ser estimado’. El autor lo pone como ejemplo de un príncipe que realizó grandes empresas y hazañas, manteniendo ocupados a sus súbditos y ganándose su admiración. Destaca su política de expansión y sus acciones militares, que contribuyeron a aumentar su reputación y su poder.
Por si las dudas: «Nada influye tanto en que un príncipe sea estimado como las grandes empresas, y en general las acciones extraordinarias. A Fernando V, hoy día reinante en España, se le puede mirar como un príncipe nuevo, puesto que de simple rey de un Estado pequeño ha llegado a ser por su grande reputación y gloria el primer rey de la cristiandad. Si se consideran sus acciones, se hallará en todas ellas un carácter de elevación tan extraordinario, que algunas parecen ya desmesuradas».
De este modo, «apenas subió este príncipe al trono, cuando dirigió sus armas contra el reino de Granada; guerra que fue el fundamento de su grandeza, pues, distraídos los magnates de Castilla con las batallas, estuvieron muy lejos de fijar su atención en las novedades políticas, y de advertir la autoridad que el rey iba acrecentando cada día a costa de ellos, manteniendo con los caudales del pueblo y de la Iglesia los ejércitos que le elevaban al alto grado de poder en que le vemos».
Después, Maquiavelo destaca el uso político de la religión: «Para formar luego empresas todavía más brillantes, se cubrió mañosamente con la capa de religión, y por un afecto de piedad bárbara y cruel, lanzó a los moros de sus estados; rasgo de política verdaderamente deplorable y sin ejemplo». Como decíamos, no se pone a Fernando como ejemplo de ética.
El aragonés vuelve a aparecer en el Capítulo XXIV: ‘Por qué los príncipes de Italia han perdido sus Estados’. Se le menciona en relación con la política italiana y la intervención de potencias extranjeras, aunque esta referencia es mucho menos central que la del capítulo XXI.
En esencia, la imagen que Maquiavelo construye de Fernando es la de un gobernante extraordinariamente eficaz, ambicioso y astuto, capaz de combinar la religión -para legitimar sus acciones-, el engaño político -para alcanzar objetivos que no podía conseguir abiertamente- y las grandes empresas, incluidas guerras y conquistas, para mantener la admiración de sus súbditos y de este modo aumentar su poder.
La protección de los Médici
Maquiavelo escribió este manual como regalo para Lorenzo II de Médici, duque de Urbino, con la intención de mostrarle sus conocimientos sobre cómo gobernar un Estado. En el fondo esperaba obtener el favor de los Médici.
Lo redactó en italiano, y no en latín, en un tiempo en que las lenguas romances se iban abriendo paso. Alcanzando la madurez. Aunque a uno le gusta pensar que el idioma de dante, Petrarca o Umberto Eco es un material más dúctil que el latín a la hora de describir los entresijos de la política.
A lo largo de este manual, de gran actualidad, Maquiavelo da una lección a los responsables de marketing y comunicación del siglo XXI: «Los hombres juzgan más por los ojos que por las manos». Es decir, confían más en lo que perciben externamente que en lo que pueden comprobar directamente.
A partir de ahí explica que Fernando, pese a presentarse como un príncipe religioso y respetuoso con la palabra dada, actuaba de acuerdo con las circunstancias y utilizaba el engaño cuando le resultaba útil.
La idea central es que un príncipe debe saber actuar “como león” y “como zorro”: con la fuerza cuando sea necesario y mediante la astucia cuando la fuerza no sea suficiente.
¿Quién era Fernando?
Hijo de Juan II el Grande y de Juana Enríquez, Fernando nació en Sos, en el norte de Zaragoza. De ahí que la localidad se llame ahora Sos del Rey Católico.
Reconocido heredero de la Corona aragonesa a la muerte de su medio hermano Carlos, fue coronado como rey heredero de Aragón en Calatayud; fue nombrado lugarteniente general de Cataluña (1462) y, en 1468, rey de Sicilia.
La ambición política hizo que hubiera que buscar esposa. Al morir el infante Alfonso de Castilla (1468) y ser reconocida como heredera de Castilla -por la mayor parte de la nobleza- la hermana de este, Isabel, Juan II de Aragón puso su empeño en conseguir el matrimonio de Fernando con la princesa castellana.
El matrimonio se celebró en octubre de 1469 en el Palacio de los Vivero de Valladolid, después de que Isabel se escapara de donde la tenían encerrada, de que Fernando llegara disfrazado de mozo de mulas y con una bula papal falsificada: estaba el pequeño inconveniente de que los contrayentes eran primos segundos.
Cinco años después fallece Enrique IV y se desata la guerra civil entre los partidarios de Isabel y los de la hija de Enrique, Juana de Trastámara, apodada la Beltraneja.
Fernando participó activamente en la dirección militar de esta guerra, a cuyo resultado contribuyó de una manera definitiva, sobre todo en la indecisa batalla de Toro (1476). Un año antes había sido proclamado corregente de Castilla con los mismos derechos que Isabel. Fue en la conocida Concordia de Segovia, celebrada en el alcázar de la ciudad y, por cierto, sin que Isabel obtuviera una dignidad semejante en la Corona de Aragón.
Por el Tratado de Alcáçovas (1479), la Beltraneja renunciaba al trono en favor de Isabel y se recluía en un convento de Coímbra. Ese mismo año, Fernando sucedió a su padre como rey de Aragón.
España va tomando forma
Según los historiadores el año 1475 es cuando puede fijarse la unión de las dos coronas según los términos, precisamente, de la Concordia de Segovia. Y aún más importante serán las Cortes de Toledo de 1480, donde se dice: “Pues por la gracia de Dios los nuestros Reynos de Castilla y de León y de Aragón son unidos, y tenemos esperanza que por su piedad de aquí en adelante estarán unidos, y permanecerán en una corona Real”. En esas estamos.
En cuanto a la cuestión religiosa, que nuestro lector bien conoce ya, Fernando e Isabel crean la Inquisición Española en 1478, decretan la expulsión de los judíos (salvo bautismo) en 1492 y en 1502 la Pragmática ordenaba la conversión o expulsión de todos los musulmanes del reino de Granada.
Esta Pragmática supuso un quebrantamiento de los compromisos firmados por los Reyes Católicos con el rey Boabdil en las Capitulaciones para la entrega de Granada, en las que se garantizaba a los musulmanes la preservación de su lengua, religión y costumbres. Un buen ejemplo de cómo saltarse la palabra dada cuando los objetivos políticos se cruzan en nuestro camino.
Analizado así, se entiende un poco mejor la figura de Fernando el Católico y se realza el valor absolutamente actual de ‘El príncipe’. Y nos asoma una pregunta: ¿seguirán leyendo esta obra magnífica los líderes que manejan los hilos del mundo?

