José González Torices
Visitar China es un placer. Es como vivir bajo el cobijo de los espíritus insaciables del mal y del bien, y el recuerdo de los antepasados.
Así, el 10 de agosto de todos los agostos, festejan el día de su memoria: venerar a las deidades para que protejan a sus difuntos; a ellos y a los que palpitan sufrires por los días presentes junto a los sudados arroces, sopas de nido de golondrina, pato laqueado (kaoya) o el té Pozo del dragón en una república socialista con características propias (de libre interpretación, como me dijera la guía).
No comunista -según dicen- y sí abierta, solapadamente, a un capitalismo feroz, en expansión, de manos baratas, estómagos sacrificados y cuerpo bajo látigo. Un capitalismo –dragón de muchas cabezas- que es capaz de devorar sin piedad la mirada de los nacidos para esclavos.
De este modo, muy poco ha servido el Libro de los Cambios o el Ching de las artes adivinatorias y los oráculos, siempre al servicio de las dinastías más guerreras y las espadas más afiladas de los mongoles.
-¡Ay, Buda!

Así, arrulla mi palabra, el 10 de agosto sacan a las portaladas de las casas rurales las mesas de cocina, inundadas con manjares exquisitos para saciar a los espíritus y calmarlos; por ellos, encienden pajitas de incienso en su honor y queman dineros (los pobres, falsos y simulados) para aplacar las iras de las divinidades.
Porque, según las creencias, los cuerpos difuntos necesitan del yuan renminbi (moneda) para ir pagando a los mafiosos que encuentran en su camino hacia el eterno descanso.
¡Ay, Confucio! Confucio, el Gran Maestro (551 a.C.); el mismo que enseñaba y practicaba la benevolencia y la indulgencia en la educación, sin distinción de clases sociales, pensando siempre (en sus alumnos) “con una paciencia incansable y una fe persistente”.
Los antepasados son aquellos descendientes de Huang Di o el Emperador Amarillo, nacido siglos antes del Señor Jesucristo, y fundador, según ellos, de la nación China. Esos mismos que, dinastía tras dinastía, sangraron su sangre levantando pagodas y templos a los venerables budas, confucios y taoístas (nunca religión, siempre filosofía).

Las mismas manos, miles de manos, de pasos humillados, de rodillas arrodilladas, de ojos al sol sin palabra o grito, que construyeron en Beijing (Pekín) la famosa Gran Muralla China (de unos 8.851 kilómetros).
Entre sus piedras están emparedados los cuerpos de no pocos poetas rebeldes al emperador Qin Shi Huang; o la no menos admirada, misteriosa y placentera Ciudad Prohibida (complejo con 9.999 habitaciones, una menos que la del Palacio del emperador del Cielo con 10.000), residencia de los emperadores sagrados y sus concubinas y aduladores hasta la caída del imperio del Último Emperador (ver película de Bernardo Bertolucci, basada en la vida de Pu-Yi, el último emperador de la legendaria China Imperial).
Porque los antepasados (también aquellos 70 jóvenes, “los mártires de la Colina de la Flor Amarilla”, que se enfrentaron a las fuerzas de la dinastía Qing, en China (1911), exigiendo “la libertad en un grano de arroz”) se hacen historia trágica en la sangrienta memoria en la plaza de la República Popular China de Tiananmén (denominada, ay, para más escarnio, “Plaza de la Puerta de la Paz Celestial”; el mismo recinto que los luchadores por la libertad, aquellos estudiantes de 1989, erigieron una estatua de 10 metros a “La Diosa de la Democracia”), donde se han desarrollado importantes acontecimientos: la proclamación de la Revolución Cultural en 1966.

Desde allí Mao (sobre la sangre de la masacre de los jóvenes rebeldes, contados sus cuerpos por miles) a través de su Guardia Roja “animó a los niños a denunciar a sus padres, los maridos a sus mujeres y a los amigos entre sí” por apartarse de las enseñanzas revolucionarias de aquel Libro Rojo de Zedong.
¡Ay, Mao Zedong y su terrible esposa la exactriz Jiang Qing!
Por allí pasaron nuestras rebeldes lágrimas.
¡Oh libertad dañada, libertad profanada! ¿Dónde el grito de la voz de sus antepasados, la del pueblo fértil, sumiso y humilde? Lo sabrán los espíritus del aire, los pájaros metálicos, sin alma; quizá lo adivine la luz del día en la cúspide de las pagodas del Sol y de la Luna.
¡Tal vez después de anular la libertad de expresión controlando, férreamente, la palabra sin tinta de la prensa!
Pero China -con sus 1.400 millones de habitantes, de piel de porcelana, de mirada rasgada por miedo al sol, sonrisa difícil, negociantes hábiles e incansables no ha sido siempre hambre de arroz y palillos. Ni aplicable aquella cancioncilla infantil que entonábamos de colegiales: “Los chinitos de la China cuando no saben qué hacer, tiran chinas al tejado y dicen que va a llover”. ¡Qué va, ni mucho menos! China es progreso sin libertad, controlada por el poder establecido.
Solo tenemos que pasear nuestros admirados ojos por las calles de Beijing, Shanghai, Guilin… para percatarnos de lo que pregona nuestra palabra: rascacielos y modernidad, hoteles de prestigio (como el Inner Mongolia Grand Hotel, inspirado en el encanto mongol y sus caballos de madera), muy preparados para los turistas que llegan. Allá, ya muy lejos, quedan los barrios, antiguos hutongs, refugio de los desdichados.
-¡Rascacielos! ¡Templos, sin Dalái Lama, de las finanzas!
China, y lo repetimos, es un libro abierto al placer del sueño: la Colina del Carbón, el Templo del Cielo, el Yiheyuan o Palacio de Verano, el Templo de la Tierra, el Templo de los Lamas (con una colosal escultura de Buda de 18 metros, tallada en un solo tronco de sándalo), o el propio Parque de Beihai con su Dagoba Blanca.
-¡Oh, belleza disfrutada, naturaleza única!
Y luego sus lagos Ronghu y Shanhu y sus ríos, como el Li, en Guilin, siempre bajo la mirada atenta y espiritual de las pagodas del Sol y la Luna.
-¡Del Sol y la Luna!
China es arte, es cultura, es caligrafía, es música, es literatura (en 2012 fue proclamado Premio Nobel el escritor Mo Yan, autor de la sorprendente novela Sorgo Rojo; descendiente de aquel inmortal poeta, conocido por “El desterrado de cielo”, Li Bai, 19 de mayo de 701 d.C.).
China es templo de controlada libertad, anclado en tierra con deseos de volar. Es, decimos, una nación monstruosa (entre pagodas de tigres y dragones), un libro abierto que todos, todos, tenemos que leer.

Leer y saborear la historia misionera con san Francisco Javier, jesuita, 1552; el agustino Martín de Rada, 1575; el italiano Mateo Ricci, sj, 1582, los cuales lograron instruir, labrar la tierra, educar, civilizar, ilustrar, civilizar, convertir y bautizar a príncipes y eunucos, no sin antes -muchos misioneros- derramar su sangre por el Santo Evangelio de Cristo.
[Repasar la película ‘Silencio’ (Silence), dirigida por Martín Scorsese sobre los martirios jesuíticos, esta vez en el Japón del siglo XVII, con cierto paralelismo con China].
-¡San Francisco Javier, misionero!
Porque cuando el dragón chino despierte ya podemos ajustar la zancada hacia los templos de los venerables budas para (inclinando nuestras cabezas en adoración con las varitas de incienso en las manos) que los espíritus nos pregunten: “¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué deseas?”.
Y nosotros respondamos con este acento:
-No lo sé. ¡Qué sé yo!
Xi Jinping, el presidente actual de China, tiene la última palabra.




