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Rincones con encanto: la Basílica Santuario de la Gran Promesa

Quietud, paz y espiritualidad se dan la mano en un lugar quizá no tan conocido del centro de Valladolid

 

Enrique Hernández

A lo largo de los siglos nos hemos encontrado con hechos significativos e inesperados que han convertido a personas anónimas en auténticas referencias para gran parte de la humanidad y, por ende, han afectado a su entorno más próximo de una manera que jamás llegaron a imaginar.

Este fue el caso del jesuita Bernardo Francisco de Hoyos, el cual, en 1733, mientras rezaba al Sagrado Corazón de Jesús en el presbiterio de la iglesia pública del Colegio de San Ambrosio, recibió la ‘Revelación de la Gran Promesa’, escuchando con claridad estas palabras: “Reinaré en España y con más veneración que en otras partes”. Este hecho marcó para la posteridad la historia de esta humilde iglesia, pasando a convertirse, con el devenir de los tiempos, en una Basílica Menor y en centro de peregrinaje para muchos católicos.

Sus orígenes están intrínsecamente unidos al Colegio de San Ambrosio, institución jesuítica, fundada a finales del siglo XVI, donde se enseñaban Gramática, Latín, Filosofía y Teología. Fue en las primeras décadas del siglo XVII cuando comenzó a edificarse la iglesia, anexa al colegio, gracias al mecenazgo del vallisoletano don Diego Romano de Victoria, obispo de Puebla de los Ángeles (México), con la condición de que tanto él como sus familiares fueran enterrados en ella. En 1665, a falta de finalizar la capilla mayor, se abrió al culto.

Fachada de la Basílica Santuario de la Gran Promesa

El arquitecto fue Francisco de Praves, el cual dirigió personalmente las obras, ejecutándolas con un marcado estilo postherreriano. Clave es la fecha de 1767, en la que los jesuitas son expulsados de España, por lo que la conocida como iglesia de San Ambrosio pasó a ser la iglesia parroquial de San Esteban, al ser entregada en propiedad a la Diócesis vallisoletana.

El resto del complejo, formado por el convento de los padres jesuitas y el Colegio, se cedieron al Episcopado Escocés y al ejército, respectivamente.

Desgraciadamente, el 27 de noviembre de 1869 tuvo lugar en la iglesia un espectacular incendio y, si bien la estructura del edificio no sufrió daños, se perdieron en el mismo casi todas las obras de arte que contenía. Gracias a la generosidad de la comunidad religiosa de Valladolid, un año después se reabría la iglesia con cesiones y préstamos de todo tipo de mobiliario y piezas artísticas que consiguieron vestirla de nuevo con la mayor solemnidad.

Con la llegada a la ciudad de Remigio Gandásegui como arzobispo de la Diócesis y aprovechando la celebración del segundo centenario de la «Revelación de la Gran Promesa», empieza a coger forma la idea convertir la iglesia parroquial en un Templo Expiatorio Nacional del Sagrado Corazón de Jesús.

Para reafirmar su postura, y como paso previo, inaugura en 1923 la colosal escultura del Corazón de Jesús que corona la torre de la catedral. Aún tendrían que pasar diez años para que, al fin, el papa Pío XI conceda la aprobación mediante un documento con fecha de 12 de agosto de 1933, pero la consagración definitiva se demoró, debido principalmente a la Guerra Civil (1936) y al fallecimiento de Gandásegui (1937).

Gracias al entusiasmo de su sucesor, Antonio García y García, el proyecto es retomado y, tras una significativa remodelación de todo el edificio, dirigida por Félix Granda, en junio de 1941 se inaugura solemnemente el Santuario Nacional de la Gran Promesa, con el apoyo explícito del papa Pío XII, que no dudó en expresar públicamente su gozo por la inauguración del templo. Atrás quedaba la sencillez del primitivo edificio jesuítico para dar paso a un nuevo templo decorado con llamativos mármoles, mosaicos, valiosos retablos, imágenes y lienzos fechados entre los siglos XVI y XVIII, en su mayoría pertenecientes a otras iglesias o conventos.

Alcázar de Cristo Rey

Llevados por la repercusión mundial de esta inauguración y viendo la respuesta enfervorizada que provocó entre los fieles, el arzobispo García y García proyecta en 1945 el denominado «Alcázar de Cristo Rey», un ciclópeo complejo arquitectónico en torno al Santuario, con el propósito de que se convirtiera en uno de los mayores centros católicos de peregrinaje a nivel mundial de espiritualidad corazonista.

El proyecto lo realizaron los arquitectos Antonio Palacios y Pascual Bravo, y gracias a una espléndida maqueta que elaboraron de todo el complejo, que ha llegado intacta hasta nuestros días, podemos observar con sorpresa la majestuosidad del diseño. Valga de muestra la torre con la que iba a contar, de una altura de 125 metros, a modo de faro de fe y religiosidad.

El 27 junio de 1948 se consiguió colocar la primera piedra y, durante un tiempo, se avanzó en las obras, pero la situación económica del país, el cambio de Arzobispo en la Diócesis o las consecuencias del Concilio Vaticano II, hicieron que el faraónico proyecto se acabara abandonando. A ciencia cierta, de haber seguido adelante, habría cambiado drásticamente el concepto y la visión que tenemos del centro de Valladolid.

Otra de las fechas a recordar en la historia del Santuario fue el 26 de julio de 1954, en la que el cardenal Roncalli, que a los pocos años se convertiría en el querido y admirado Papa Juan XXIII, lo visitó oficialmente y ofició allí una misa.

Finalmente, y tras varios años de tensa espera, el 12 de mayo de 1964 el papa Pablo VI concedió al Santuario Nacional de la Gran Promesa el título que la reconocía como Basílica Menor, con todos los privilegios y reconocimientos que ello conlleva.

La posterior beatificación del padre Hoyos en 2010, otorgó un nuevo impulso a este carismático templo, y puso de relieve su importancia a nivel religioso y cultural.

Si la historia de este templo, situado en la calle Alonso Pesquera y sede compartida del Año Jubilar «Venga tu Reino», ha conseguido captar nuestra atención, es importante conocer lo que nos vamos a encontrar en nuestra visita y no podemos perdernos.

Antes de entrar, hemos de fijarnos en su fachada principal, realizada en piedra y de inspiración clásica palladiana, que consta de dos cuerpos, estando concebido el inferior como si de un arco triunfal se tratara. El superior aparece coronado por un gran frontón triangular. Destacan en la portada adintelada tres escudos grabados en piedra: los laterales correspondientes al fundador, don Diego Romano y el central perteneciente al rey Carlos III.

Al acceder al interior observamos que el edificio, construido con piedra, ladrillo y tapial, presenta la tradicional planta jesuítica rectangular de una sola nave con capillas laterales situadas entre los contrafuertes y comunicadas entre sí. Los distintos tramos de la nave se separan mediante pilastras de estilo toscano, unidas mediante arcos fajones de medio punto coronados por unos coquetos balconcillos.

Formas bizantinas

El centro del crucero presenta una llamativa cúpula de media naranja sobre pechinas, decorada con un minucioso mosaico inspirado en formas bizantinas y venecianas, y rematada con una linterna.

Llama inmediatamente la atención el espectacular retablo que preside el altar mayor, procedente del desamortizado Convento de los Padres Carmelitas Descalzos de Medina del Campo, y que fue realizado, hacia 1619 en un estilo barroco clasicista. La particularidad de este retablo es su heterogeneidad artística, ya que cuenta con obras de distintos autores y siglos, añadidas posteriormente, formando un conjunto muy llamativo.

Destaca por su grandiosidad la imponente imagen del «Sagrado Corazón de Jesús», con los brazos abiertos y erguido sobre ángeles, que ocupa toda la calle central, y que realizó el padre Granda en 1941, junto con los dos cuerpos de las calles laterales. Así mismo, no podemos dejar de mencionar el Calvario situado en el ático del retablo, realizado a lo largo del siglo XVI.

Es recomendable perderse tanto en los brazos del crucero como en las capillas laterales, donde se esconden numerosos tesoros artísticos, destacando el «Relieve de Santa Ana, la Virgen y el Niño» (Ducete y De Rueda, S. XVII); «Cristo Rey» (padre Granda, 1950); «Obispo» (Esteban Jordán, S. XVI); «San Pedro Regalado» (círculo de Pedro de Sierra, S. XVIII); el imponente «Crucificado» (Esteban Jordán, S. XVI); o una preciosa talla de la «Virgen del Pilar» (Lázaro Gumiel, 1953). Mencionar también por su vistosidad los retablos de la «Virgen de Guadalupe» (Luis Toral, 1951) y el monumental de la «Aparición de la Virgen del Pilar a Santiago Apóstol» (padre Granda, 1949), que incluye una reliquia del Lignum Crucis.

No podemos finalizar nuestra visita sin asomarnos a la capilla exenta del Santuario, en la que se celebran parte de los oficios religiosos, situada en un edificio contiguo a la izquierda de la entrada principal, y al cercano Centro de Espiritualidad, donde se encuentran la maqueta del «Alcázar de Cristo Rey», y el sobrecogedor «Santísimo Cristo de la Expiación» (Miñarro, 2021).

Al abandonar la Basílica-Santuario nos queda una sensación de paz y quietud que en muy pocos lugares vamos a encontrar, mientras aún nos sobrecoge el murmullo de las innumerables plegarias que, a lo largo de los siglos, han ido vistiendo sus paredes.


Fotografías de Miguel Ángel Hernández

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