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Caminos con autenticidad

El Camino Francés está a punto de saturarse por un exceso de afluencia que dificulta la experiencia jacobea, y eso está provocando que se repartan caminantes por otras rutas

Rafael Varón. ArkeoClío
Rafael Varón, ArkeoClío

Seguimos con los caminos romanos en esta sección en la que les doy la turra. Aprovecho que la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Miranda de Ebro me invitó a que les aburriese en directo, en forma de charla, y he buscado datos para hilar algunos de ellos muy concretos.

Claro, propuse una conversación en torno a la caminería romana reconvertida en rutas jacobeas en la cuenca de Miranda, en esa frontera en la que suele habitar mi mente y, en ocasiones, mis tonterías investigadoras.

Como muchas de las lectoras de esta revista saben conservamos un libro de rutas de época romana, el conocido como Itinerario de Antonino, datado en el siglo III d.C. Este incluye un recorrido que parte de Astorga y llega a Burdeos (Francia), numerado con el número 34 de su lista, y denominado popularmente como Vía Aquitana.

Recorre el norte de nuestra comunidad autónoma. Sale de ella por la cuenca mirandesa en su paso a Álava y en su circulación por las localidades treviñesas de Burgueta, Pangua y La Puebla de Arganzón. Lo tenemos muy bien definido gracias a los trabajos en el siglo XVIII de Lorenzo de Prestamero, en el XX de Micaela Portilla y en el XXI por Isaac Moreno, François Didierjean y otras investigadoras.

El circuito romano en Miranda se completa con otros ejes camineros que aprovechaban el Ebro para ir hacia el norte -al Cantábrico-, o al sur -al Mediterráneo-, con Deobriga/Arce-Mirapérez como centro logístico, que dirían los modernos.

Estas rutas están demostrando su resiliencia y su supervivencia a lo largo de dos milenios, suponiendo una referencia en el paisaje físico, pero también el mental de quienes habitaron (y habitan) o de quienes transitaron las rutas en el espacio y en el tiempo.

Camino Vadiniense

Sucumbido el poder de Roma, sus invasores y/o herederos se sirvieron de estas rutas para entrar en Hispania y mantuvieron un entramado viario que les conectaba con el ancho mundo y facilitaba el control del territorio. Pasado el tiempo, en el siglo VIII, los recorridos que venían del sur -desde el Valle del Ebro, o desde la Meseta-, sirvieron a nuevos señores para hacerse con esta comarca, aunque fuese de manera capilar.

La reacción norteña, entre mediados del siglo VIII y a lo largo del IX, volvió a usar esos mismos recorridos romanos -como ilustra la Carta del Obispo Juan de Valpuesta del año 804-, coincidió con el descubrimiento de la tumba del Apóstol y de la peregrinación a Compostela.

Y hasta la consagración del Camino Francés, casi 200 años más tarde, peregrinos y peregrinas de toda condición circulaban por esa ruta aquitana, salpicando de advocaciones camineras y hospitaleras los lugares por donde pasaban. Y así surgieron Santiagos, Julianes, Marinas, Ciprianos, Pelayos, Magdalenas y un etcétera menos evidente pero visible, que asistían aquel Camino.

No he contado nada nuevo hasta aquí. Las Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago hicieron su trabajo y se reconoció este trazado -y otros- en un esfuerzo que nuestras autoridades se encargaron de minimizar. En 2015 se produjo la Declaración de Patrimonio Mundial, en la que al Camino Francés se sumaban los Caminos del Norte.

Paradójicamente, o no, los recorridos que venían del Cantábrico -esta Vía de Bayona, por Treviño, Miranda de Ebro y la Bureba hasta Burgos; el camino Vadiniense que continuaba al Lebaniego, y algunos otros más- se quedaron fuera de esa declaración.

En esta última temporada parece que se vuelve a concretar ese desatino y no habrá financiación para caminos que no sean el Francés. Este está a punto de colapsar por un exceso de afluencia que dificulta la experiencia jacobea. Y eso está provocando que se repartan caminantes por otras rutas en las que todavía se respira (y se aspira a) la autenticidad.

Parecería mejor, a este que suscribe, un esfuerzo en todos los caminos. Señora Administración, invierta -que no gaste- en un Patrimonio que está esperando su empujón y confianza para crecer por sí mismo y consolidarse como alternativa para facilitar, desde lo local, una mejor oferta turística y cultural.

Pero qué sabré yo…

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