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El Palacio de Santa Cruz: una visita al primer edificio renacentista de España

Situado en una de las plazas más queridas y transitadas por los vallisoletanos, rodeado de frondosos jardines y colegios históricos, el Palacio de Santa Cruz rezuma orgullosa historia por todos los poros de la piedra que le da forma.

Enrique Hernández

Este bello edificio del siglo XV fue fundado por el gran cardenal de España, don Pedro González de Mendoza, hombre de mundo y poderoso miembro del clero español.

En su tiempo era conocido como el tercer rey de España, debido al gran poder e influencias que atesoraba. Dedicó gran parte de sus riquezas a una importante obra de mecenazgo artístico y benéfico. En su deseo de fundar un colegio mayor para estudiantes pobres con aptitudes para el estudio, en el que residirían y estudiarían, eligió Valladolid para su construcción, encomendándolo devocionalmente a la Santa Cruz, de la que el cardenal era fiel devoto por haber nacido un 3 de mayo, fiesta del descubrimiento de la verdadera Cruz de Cristo.

Las buenas relaciones entre el cardenal y la Universidad de Valladolid, así como la intercesión del Concejo de la Ciudad con los Reyes Católicos, permitió que estos concedieran distintos beneficios y exenciones fiscales a la construcción del colegio, que comenzó en 1486 con un marcado y sobrio estilo gótico. A lo largo de los años se fueron sucediendo diferentes responsables en la dirección de las obras, ya que el cardenal no acababa de estar satisfecho con el resultado de su trabajo, llegando al extremo de estar a punto de mandar derribar toda la obra, por no ser todo lo grandiosa que él deseaba. Por fortuna, los Reyes Católicos le convencieron para que no realizara semejante disparate. Fue clave la llegada a la dirección de la obra de Lorenzo Vázquez de Segovia, arquitecto de confianza de los Mendoza en 1489, y artífice de las formas renacentistas del edificio, primero en España de su estilo. Se finalizó de construir en 1491, y en 1492 ya estaría habitable.

En los siglos posteriores sufrió distintas reformas y ampliaciones, destacando las acontecidas en 1744 (cubiertas y galerías del patio), en 1754 (cocina y refectorio) y en 1764, en el que se emprende una profunda reforma de las distintas fachadas del edificio, debido a su elevado estado de deterioro, siendo el resultado de esta intervención el que ha llegado hasta nuestros días. En el último cuarto del siglo XX se realizaron varias obras de restauración, debido a la erosión y degradación de la piedra con la que fue construido. Las últimas intervenciones finalizaron en 2012.

El siglo XIX fue complicado para el destino del colegio. Durante la guerra de independencia fue cerrado a los estudiantes y en él se hospedó nada más y nada menos que el Comandante en Jefe del Ejército Británico Lord Wellington, tras expulsar a las tropas francesas de la ciudad. En 1823 fue prisión de los liberales, reabriéndose en 1833 reinando Isabel II bajo la regencia de María Cristina. En 1838 se cerró definitivamente como residencia de estudiantes. En 1842 se instaló allí el Museo de Bellas Artes (germen del actual Museo Nacional de Escultura), que albergaba las obras de arte procedentes de la Desamortización de las iglesias y conventos vallisoletanos, permaneciendo hasta 1933.

 

En 1850 el edificio es agregado la Universidad, compartiendo dependencias en años posteriores con la Academia de Bellas Artes, la Comisión de Monumentos, el Museo Arqueológico, la Escuela de Artes y Oficios, o la Escuela de Música. Tras la guerra civil el edificio pasa a tener funciones únicamente relacionadas con la Universidad de Valladolid. En 1955 el edificio es declarado monumento histórico artístico. En la actualidad, el palacio es la sede del Rectorado de la Universidad de Valladolid (UVa), del Museo de la Universidad de Valladolid (MUVa) y del Museo de Arte Africano Arellano Alonso (muy recomendable su visita por la colección que atesora y por los exquisitos artesonados que muestra).

Ahora que nos hemos puesto al día sobre la azarosa historia del Palacio, llega el momento de deleitarnos y sorprendernos con su visita: de planta cuadrada, y labrado en piedra caliza, lo primero que nos llama la atención antes de entrar es la espectacular portada principal, de influencia italiana, en la que figura, en un relieve aún gótico, el propio cardenal arrodillado ante Santa Elena. Destacan, en la decoración del arco de medio punto que nos sirve de entrada, los grifos, delfines y temas botánicos. La omnipresente Cruz de Jerusalén, emblema del colegio, nos acompañará durante toda la visita labrada en todos y cada uno de los rincones del edificio. El fondo del paño que ocupa toda la portada, y que rodea el espectacular balcón, se encuentra decorado por un exquisito almohadillado afacetado, en el que destacan varios escudos nobiliarios.

Nada más entrar en el zaguán, cubierto con una sencilla bóveda de crucería, nos aparece el acceso a la sobria capilla y uno de los principales motivos de nuestra visita, ya que en ella podremos deleitarnos con la visión del impactante “Cristo de la Luz” (Gregorio Fernández, h. 1630), depósito del Museo Nacional de Escultura, y obra cumbre del barroco castellano.

El cercano patio interior será la siguiente parada en nuestra visita. Allí podremos disfrutar del trazado de las distintas galerías, observar los nombres de los Honoris Causa otorgados por la UVA caligrafiados en las paredes, curiosear el llamativo pozo central (uno de los escenarios de mi relato «El informe Carretero») o pararnos a contemplar el enorme reloj custodiado en una urna de cristal, y que data de 1855. Dicho reloj fue realizado para el edificio histórico de la Universidad de Valladolid, hoy Facultad de Derecho. Allí permaneció durante más de siete décadas hasta su desmontaje. En 2012 se procedió a su restauración y, tras finalizarla, se optó por exhibirlo en su emplazamiento actual.

Antes de abandonar el patio, y si tenemos la fortuna de que nos permitan el acceso, nos acercaremos hasta el Aula Triste o de Grados, donde contemplaremos su sobria sillería labrada en madera y los lienzos de todos los rectores de la Universidad desde principios del siglo XX.

Y, al fin, llega el momento de visitar la auténtica ‘joya de la corona’ del palacio: la biblioteca. Emplazada en la primera planta (de fácil acceso a través de una majestuosa escalera situada en la esquina noroeste del patio), quedamos impresionados desde el primer momento con sus puertas platerescas talladas en nogal. Su interior nos deja sin palabras y nuestros ojos no pueden dejar de recorrer la estantería salomónica ejecutada en 1705 y presidida por el retrato ecuestre del cardenal fundador, intentando adivinar cuántos libros de incalculable valor descansan en sus estantes.

Destaca sobre todos ellos el ejemplar mozárabe, hecho en pergamino, del Beato de Valcabado, datado en el año 970, con ochenta y siete coloridas miniaturas, magníficamente conservado. El fondo bibliográfico de la biblioteca está a disposición de los investigadores que necesiten consultar sus miles de impresos, legajos, manuscritos o incunables y raros. Un cristal blindado nos permitirá observar desde la entrada toda la biblioteca, pero no podremos acceder a su interior a menos que lo solicitemos expresamente a las autoridades universitarias. Un espectacular remanso de paz y cultura oculto en pleno centro de Valladolid.

Finalizada la visita a la biblioteca, podemos dedicar unos segundos a asomarnos al patio, mientras nos apoyamos en la balaustrada finamente labrada, y disfrutar del silencio atemporal que nos rodea, mientras nos preguntamos qué sintió Lord Wellington al observar tanta paz y belleza.


Reportaje fotográfico de Miguel Ángel Hernández

(Nuestro más sincero agradecimiento a la Universidad de Valladolid por su inestimable colaboración para la realización de este artículo)

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