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La Ruta del Hereje. La conciencia toma las calles

Una ‘troupe’ de cíngaros asalta las calles de Valladolid para mostrar la ciudad donde se desarrolla ‘El hereje’, la última gran obra que nos legó Miguel Delibes. El aire festivo y las claves históricas no restan gravedad a una novela terrible que es también un canto a la tolerancia y a la libertad de conciencia. Dos horas de teatro callejero para sentir, reír y llorar
Ricardo Ortega

Ha pasado más de una década desde el fallecimiento de Miguel Delibes y la ciudad de Valladolid se ha dado cuenta, atónita, de que es capaz de existir sin la presencia de quien fuera una de las principales voces de su conciencia. Ha podido vivir pero, como sucede siempre que se pierde a un ser querido, ni ha querido ni ha podido olvidar al autor de ‘Cinco horas con Mario’ o ‘Los santos inocentes’, a quien conmemora en diferentes puntos de su callejero y su calendario cultural.

Delibes dejó claro su compromiso con la libertad en tiempos de dictadura y, aun en democracia, nunca dejó caer la bandera del inconformismo. Publicó su última gran novela, ‘El hereje’, en 1998, el año en que su ciudad se volcaba en los fastos por el cuarto centenario del fallecimiento de Felipe II; en aquella ocasión don Miguel no dejó de recordarnos que fue durante el reinado de ese monarca cuando murió en la hoguera el doctor Cazalla -quien fuera canónigo de la catedral de Salamanca y capellán del emperador Carlos V- acusado de introducir el protestantismo en Valladolid.

El protagonista de la novela viene al mundo en 1517, el año en que Martín Lutero fija sus 95 tesis contra las indulgencias papales en la iglesia de Wittenberg, coincidencia que marcará su destino de forma fatal. Salcedo fue un hombre adusto y profundamente religioso, puesto en contacto con las corrientes protestantes que empezaban a introducirse en la península, lo que llevó a su apresamiento, tortura y humillación en un auto de fe en la Plaza Mayor. Al no arrepentirse de su falta, como si fuera posible abjurar de una arraigada visión del mundo, falleció quemado vivo en la hoguera.

1_ruta_del_hereje_03bEsta historia terrible, que es un canto a la tolerancia, se ha convertido en uno de los reclamos turísticos de mayor empaque de Valladolid gracias a una ruta guiada por su casco histórico, que durante buena parte del año permite conocer los edificios más emblemáticos y los rincones descritos en la novela, a pesar de que muchos de ellos no han sobrevivido al paso del tiempo, por no decir a las piquetas de los años 60.

La forma más atractiva y dinámica de realizar la ruta del Hereje es sin duda su versión teatralizada, que realiza desde hace más de veinte años la compañía Azar Teatro y que se ha convertido en un clásico de las fiestas de San Pedro Regalado.

El espectáculo está protagonizado por una alegre ‘troupe’ de artistas gitanos -es decir, universales- que acarrea una multitud de visitantes por el centro de la ciudad y que representa en diez escenas la vida en la Valladolid de los Austrias.

Público y actores se dan cita frente a San Pablo, en un espacio que ha conservado buena parte del aspecto que ofrecía en el siglo XVI: el Palacio Real, el Palacio de Pimentel, la calle Cadenas de San Gregorio, la propia iglesia de San Pablo…

En ese espacio histórico, y bajo la atenta mirada de Felipe II (su estatua se encuentra a pocos metros, en un emplazamiento poco destacado), los artistas realizan una presentación de la ruta, a la que enmarcan en el contexto del siglo XVI. Este primer acto sirve para presentar a los personajes que recorrerán las calles con el público, que llega a sobrepasar el millar de personas.

Destaca el papel de Nicomedes, una suerte de cronista de la ciudad que es también un personaje sabiondo, algo impertinente, que interrumpirá en numerosas ocasiones las explicaciones de la guía turística. De hecho, una de las claves del espectáculo es la relación entre la guía, encargada de aportar los datos históricos de la ciudad, y los actores.

La ruta incluye diez paradas en lugares emblemáticos, con otras tantas escenas en las que se traslada cómo era la Valladolid de la época o determinados detalles de la novela, sin que suponga representar sus escenas. El director de Azar Teatro, Javier Esteban, señala que el propio Miguel Delibes dio su consentimiento para la teatralización de pasajes de la obra, si bien “estamos ante una novela muy narrativa y poco dialogada, y por lo tanto muy difícil de trasladar a la calle”. “Ese espacio es muy exigente; pide un lenguaje más grandilocuente, y representar esas escenas no permitiría intuir siquiera el aroma de la novela”, apunta.

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El libro está muy presente en las explicaciones de la guía y en las anécdotas y chanzas de Nicomedes, que junto a la música aporta fluidez y ambiente de fiesta a una caminata de apenas kilómetro y medio que se realiza en unas dos horas. “El espectáculo funciona gracias a ese clima”, que hace que muchas personas se vayan sumando a lo largo del recorrido; “incluso muchos espectadores que ya conocen la ruta deciden qué tramo les apetece ver”, recalca.

Esta curiosa caravana de cómicos, visitantes y turistas en su propia ciudad se detiene junto al palacio de Fabio Nelli, la Plaza Mayor -escenario de los autos de fe- o la iglesia de Santiago -que acogía las prédicas del doctor Cazalla- para finalizar en el actual Campo Grande, donde se ubicaba el quemadero: allí ardían quienes no comulgaban con la visión imperante en la época.

No se soslaya lo terrible de lo narrado, pero se combina con el humor y la fiesta, en un equilibro que se consigue gracias al respeto “y a que no se hace un solo chascarrillo a partir de lo que se cuenta en la novela”, como señala Esteban.

Llegamos al quemadero y se recuerda el trágico final del ‘hereje’ con la intervención de Minervina Capa, la nodriza y amante de Cipriano Salcedo, “la única persona que le da amor en toda su vida”, como recuerda Mercedes Asenjo, la actriz que la encarna. También toma la palabra el actor que se viste de Nicomedes, y ambos realizan un canto a la inocencia y la tolerancia. Se cierra el telón en el silencio del Campo Grande y ya hay licencia para llorar.

 

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