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Estampas imborrables en las Raíces de Castilla

En la tierra donde echó raíces el Reino de Castilla se erigen tres municipios con una riqueza patrimonial y paisajística sin parangón

Fotografía en portada: castillo de Poza de la Sal

Hay territorios que sorprenden, que cautivan el espíritu y que atrapan los sentidos. En los que cada rincón parece competir en hermosura con el anterior para regalar al viajero estampas que no se pueden borrar de la memoria. Como la ruta que enlaza Poza de la Sal, Oña y Frías, entre la Bureba y las Merindades

Al norte de la provincia de Burgos, a caballo entre las comarcas de la Bureba y las Merindades, se extienden tres genuinos municipios en los que se escribieron algunas de las páginas más importantes de la historia. Tierra de transición entre la meseta y la Cordillera Cantábrica en la que se suceden desfiladeros, montañas, gargantas y rincones de una belleza natural incomparable, por sus caminos y veredas deambularon celtíberos, romanos y cristianos, que dejaron sus huellas hasta dar vida al que fuera condado de Castilla, embrión de los posteriores reino y corona. De ahí que la mancomunidad turística formada por Frías, Oña y Poza de la Sal sea llamada Raíces de Castilla.

Piedras colocadas en forma de castillos, murallas, iglesias o monasterios que nos hablan de un pasado esplendoroso, nacido de las luchas de poder entre la nobleza castellana y la leonesa hasta su unificación bajo una misma bandera, en su conjunto dibujan un espacio único, tanto por su riqueza y valor ecológico, cuyo máximo exponente es el Parque Natural de los Montes Obarenes, como por su importancia histórica, su legado monumental y etnográfico y por representar un destino vacacional y de ocio capaz de satisfacer con creces cualquier nivel de expectativas.

Monasterio de San Salvador de Ona

Oña, la villa condal

De gran importancia durante la Edad Media, tuvo mucho que ver en la formación del Reino de Castilla, como se pone de manifiesto en su amplio conjunto monumental y que le valió la concesión del título ‘Muy leal y valerosa villa’.

Oña hunde sus raíces en remotas épocas, como atestiguan los restos del paleolítico y el castro prerromano de los autrigones, pero fue a mediados del siglo VIII cuando su nombre aparece en la historia como un fortificado baluarte.

Es en el año 950 cuando el primer conde independiente de Castilla, Fernán González, le concede sus primeros privilegios, y su nieto Sancho Gracia eleva el lugar al rango condal y funda el Monasterio de San Salvador.

El patrimonio monumental de Oña está encabezado por el monasterio de San Salvador, el que fuera el monasterio más importante del reino. Morada de los últimos condes y de los primeros reyes castellanos, fue además foco de una intensa actividad religiosa y cultural. Fundado en el año 1011, fue una de las más ricas abadías españolas a lo largo de toda la Edad Media y Moderna.

Riqueza que se vio reflejada en el desarrollo artístico, presentando diferentes estilos arquitectónicos como el románico en la nave de la iglesia, el gótico en su cabecera y en el espectacular claustro, sin olvidar el arte renacentista y barroco, fruto de las diversas remodelaciones que se llevaron a cabo a lo largo de su historia.

Frias

La ciudad de Frías

Un lugar de visita imprescindible es la ciudad de Frías, cuyo nombre procede de ‘Aguas Fridas’. La primera documentación en la que aparece reflejada la ciudad más pequeña de España corresponde al siglo IX, época de la que se conservan varios sepulcros rupestres alrededor de la parroquia de San Vicente. Mucho tiempo después, concretamente bajo el reinado de Alfonso VIII, es cuando se produce su auge, convirtiéndose en centro comercial, viario y defensivo, además de asumir funciones administrativas y militares.

Como recuerdo de los acontecimientos históricos vividos por la ciudad, todos los años se llevan a cabo dos representaciones teatrales que tiene como escenario incomparable el patio de armas del castillo. El primer viernes y sábado de agosto, vecinos y veraneantes ponen en escena las obras ‘El Capitán’ y ‘El Fuero de Frías’, dos hechos que marcaron la historia de la ciudad y la vida de sus habitantes.

En la actualidad Frías es un pequeño pero importante y bellísimo núcleo turístico de la provincia, que impregna al visitante de un exquisito sabor medieval y que cuenta con un importante patrimonio cultural y natural. El castillo, las casas colgadas, las puertas, el recinto amurallado y las iglesias de San Vítores y San Vicente Mártir, esta última situada en un lugar privilegiado, junto a un cortado rocoso y con espectaculares vistas al valle del Ebro.

Poza de la Sal. Salinas

La villa salinera de Poza de la Sal

Esta villa que un día vio nacer al universal Félix Rodríguez de la Fuente se alza a los pies de su imponente castillo, allí donde el Páramo de Masa se rinde a los encantos de la comarca de la Bureba, ofreciendo una fantástica panorámica que alcanza con la vista hasta los montes Obarenes, Pancorbo y la Demanda.

Serían los hombres del Neolítico los que primero dejaron aquí su huella, pero no será hasta la Edad del Bronce y del Hierro cuando se tenga constancia de la existencia ya de la antigua ciudad celtibérica de Salionca.

Su situación estratégica y sus ricos yacimientos de sal despertaron el interés de los romanos, quienes convirtieron la urbe en uno de los principales centros productores de sal mediante un proceso extractivo único en el mundo, construyeron puentes e infraestructuras de comunicación y un sistema de distribución, lo que significó la base para el fuerte desarrollo que experimentó en la Edad Media, llegando a ser un potente motor económico.

Los designios de Poza de la Sal siempre estuvieron ligados a la explotación salinera, una actividad que ha esculpido un genuino paraje en el que el ‘salero’ con forma de anfiteatro sigue siendo el protagonista desde la prehistoria junto con el diapiro más perfecto de Europa.

La localidad es muy fiel a su cultura y tradición salinera, por lo que organiza La Batalla por la Sal, una visita teatralizada de la historia de la villa y su ligazón a la sal, que además incluye una visita al Centro de las Salinas y al Espacio Medioambiental de la Infancia de Félix Rodríguez de la Fuente.

Tal fue la importancia del lugar que el conde Diego Rodríguez Porcelos construyó el castillo en el siglo IX para su defensa. Desde su privilegiada situación controlaba por el oeste la entrada a la villa y a la Bureba desde el páramo, y también tenía el control de todo el territorio salinero. Así se demostró en diversos lances de la Guerra de la Independencia.

Es destacable la arquitectura tradicional, que conjuga la piedra y la mampostería, la madera y el ladrillo, que bien podría ser influencia de antiguos constructores mudéjares. Y de las fachadas, con escudos nobiliarios cuelgan como mudos testigos de un importante pasado. Además del castillo, es imprescindible admirar la que fuera la Casa de Administración de las Reales Salinas del siglo XVIII y la iglesia de San Cosme y San Damián.


Reportaje gráfico, Cardinalia Comunicación

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