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Medinaceli, una puerta para la historia

Un arco del triunfo de doce metros de largo y ocho de alto vigila el valle del Jalón y recuerda la impronta militar de Medinaceli. Esta fortaleza celtíbera y romana es el mejor ejemplo de lo que significa una frontera, de lo que implica el peso de la historia cuando se trata de forjar el carácter de un pueblo que se niega a desaparecer

Fotografía: Jesús María Martínez de Ilarduya
Texto: Ricardo Ortega

Resulta algo más que sorprendente que en tierras sorianas, en el valle del Jalón, un arco del triunfo siga celebrando las victorias de emperadores fallecidos hace 2.000 años, que subraye la frontera medieval entre los reinos cristianos y el sur musulmán, que recuerde que estas tierras fueron reino de Aragón y Corona de Castilla.

Incluso llama la atención que este postigo recuerde que a muy pocos kilómetros hay otra forma de entender lo castellano, en esa provincia de resonancia árabe que hoy conocemos como Guadalajara. Estamos pisando el terreno sobre el que nacían, cazaban y morían los integrantes de la tribu celtíbera de los belos, en la parte alta del valle del Jalón, dentro del camino trazado por los romanos para enlazar Caesaraugusta (Zaragoza) y Augusta Emerita (Mérida).

UNA IMAGEN ESTÁTICA

Internet nos facilita numerosas imágenes a vista de pájaro de Medinaceli, en la provincia de Soria. Son estampas que revelan lo poco que ha cambiado a lo largo de los siglos la configuración de su núcleo urbano.

Incluso uno estaría por apostar a que los contornos de su caserío apenas se han modificado desde los tiempos de la muralla celtíbera, y después romana. A que cualquier obra que acometan sus vecinos en el casco antiguo, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, se topará necesariamente con los muros y mosaicos que confeccionaron en su día los hijos de Rómulo y Remo.

VIAJAR TIENE SU IMPORTANCIA

No hay nada como viajar para comprender el significado de las cosas, el nombre que les dieron quienes fueron sus habitantes. Si ‘Guadalajara’ significa río de piedras, en referencia al actual río Henares, Medinaceli es la suma de la palabra árabe ‘medina’, ciudad, y del nombre celtíbero para esta población, ‘Occilis’, que significaba colina.

Medinaceli es eso, la ciudad de la colina, y en el recorrido por este altozano el visitante se encuentra con numerosos ejemplos de arquitectura tradicional, con calles laberínticas, tan estrechas que muchas veces podrá tocar sus muros solo con extender los brazos.

UNA HISTORIA MILITAR
También hay templos cristianos en la vieja ciudad, con una fuente (la de la Canal) que sigue aprovechando las canalizaciones y depósitos de decantación que construyeron los romanos. Y un castillo, que vigila el valle desde una paramera que parece yerma en determinadas épocas del año.

Todo ello para subrayar el carácter eminentemente militar de esta plaza, cuya historia está trufada de personajes y episodios bélicos. La Occilis romana se despobló y desapareció del mapa con el desmoronamiento del Imperio romano, con la conocida llegada de los suevos, vándalos y alanos, y después de los visigodos. No fue hasta cuatro siglos después cuando se recuperó como ciudad, con la llegada de los musulmanes a la península.

LA LEYENDA DE CALATAÑAZOR

Fue en este cerro, precisamente, donde falleció Almanzor, uno de los caudillos más astutos de la historia de España. El militar y político andalusí, canciller del Califato de Córdoba, murió a los 65 años de una enfermedad, y no como consecuencia de las heridas recibidas en la fantasmal batalla de Calatañazor, que -como conoce de sobra el lector aficionado a la historia- en realidad nunca tuvo lugar.

Fue hacia 1129 cuando el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador, conquistó a los árabes los territorios del alto Jalón, incluidos Medinaceli y el enclave de Molina. Pocos años después el territorio pasaría al reino de Castilla.

Mucho después, durante la llamada Guerra de la Independencia, otro guerrero indomable, que recordamos como el Empecinado, se hizo fuerte en la plaza ante el acoso de las tropas napoleónicas.

El llamado Arco de Medinaceli es el testimonio más afamado del curriculum belicoso de la localidad. El único de tres vanos existente en España. El central, más amplio, era para el paso de animales, jinetes y carruajes. Los laterales eran para el tráfico peatonal.

AUGUSTO Y TRAJANO

Su lado noroeste da al pueblo y está relativamente conservado; el lado sureste da al valle y acusa el desgaste al que obliga un clima continentalizado. Mide algo más de trece metros de largo y ocho de alto.

En el lado norte podía leerse ‘Nvmini Avgvsto Sacrvm’, Consagrado al numen Augusto. ‘Numen’ era el adjetivo que acompañaba a las deidades. En el lado sur podía leerse ‘Nvmini Imperatoris Traiani Avgusti Germanici’, al numen emperador Trajano Augusto Germánico.

Con sus 680 habitantes, hoy esta localidad histórica, orgullosa, pelea con denuedo para no ser sepultada por las corrientes de la historia. Los edificios económicos y administrativos descendieron hace tiempo al barrio de la Estación para estar más cerca del río y de las grandes infraestructuras.

Vigila desde lo alto el arco impenitente, diríamos obstinado, oteando el futuro y velando para que nadie se atreva a incluir a Occilis en la España vaciada.


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