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Homenaje a la edad de oro de la escultura española

Más de 3.000 esculturas de los grandes maestros entre los siglos XV y XVIII son restauradas y expuestas en el Museo Nacional de Escultura, un tesoro único en España que transmite sentimientos universales como el sufrimiento ante la guerra, la tortura o la muerte

Ricardo Ortega

La ciudad de Valladolid asienta uno de sus motores culturales en la obra escultórica generada en España entre los siglos XV y XVIII, una ingente labor creativa que obedecía a la visión estrictamente religiosa de la época, pero que nos legó un patrimonio de una belleza plástica casi imposible de igualar, además de ser transmisor de sentimientos y valores universales. Porque el Museo Nacional de Escultura alberga algunas de las primeras ‘piedades’ de la cristiandad, cuya antigüedad no es capaz de empañar la sensación de dolor de una madre que sostiene en brazos el cuerpo sin vida de su hijo.

Y porque en relatos clásicos y textos bíblicos, aquí reflejados, se relatan cuestiones tan humanas como la guerra, la tortura o la muerte: con figuras del Ecce Homo que bien podrían ilustrar un manifiesto en favor de los derechos humanos y con imágenes desgarradoras como la de una Magdalena convertida en anacoreta después de perder a la persona amada, y cuya plasmación del dolor no admite réplica.

La ciudad debe el privilegio de contar con este centro a la desamortización de Mendizábal, que convirtió en dominio público buena parte de los tesoros en manos de la Iglesia. También a la República, que convirtió el Museo Provincial de Bellas Artes en el actual Museo Nacional de Escultura. El centro ha recuperado su denominación y ha dejado atrás la costumbre de referirse a él como museo de arte policromado, así como la decisión de referirse a la institución como Colegio de San Gregorio, cuando este es en realidad una de las piezas que forman el conjunto.

La entidad posee una estructura dispersa a lo largo de la calle Cadenas de San Gregorio, a la que convierte en una verdadera ‘calle museo’ gracias a los diferentes eventos que se organizan en ella a lo largo del año, además de la actividad propia de las sedes de la institución. La vía comienza entre la magnífica iglesia de San Pablo, que protagoniza el patrimonio arquitectónico de la ciudad gracias la fachada realizada en el siglo XV por Simón de Colonia, y el Palacio de Pimentel, cuna de Felipe II y actual sede de la Diputación Provincial. Si recorremos la calle desde el centro de la ciudad, hallamos en primer lugar el Palacio de Villena, un edificio multifuncional con una sala de exposiciones temporales, diferentes talleres y despachos y una biblioteca dedicada a la escultura, con cerca de 30.000 volúmenes. Más adelante encontramos el remozado Colegio de San Gregorio, sede central del museo, y por último llegamos a la Casa del Sol, que alberga el conjunto de réplicas de los siglos XIX y XX procedente del extinto Museo Nacional de Reproducciones Artísticas.

2-we-escultura-ArgiINo cabe duda de que el principal atractivo se encuentra en el Colegio de San Gregorio, cuyos fondos suman 3.000 obras de género religioso en madera policromada, lo que hace de él uno de los primeros museos europeos en su género. Suma cerca de 140.000 visitas al año, con un elevado porcentaje de turistas, y genera una incesante actividad cultural “que conjuga el respeto al patrimonio con las necesidades de la visión contemporánea”, como subraya María Bolaños, directora del centro. Esa demanda de la concepción actual  se traduce en diferentes iniciativas, como el maridaje de la escultura con otras artes, desde el cine o el teatro hasta la pintura.

Otro de los públicos fieles a su cita con el museo es el escolar, gracias a cuyas visitas los estudiantes obtienen un sólido refuerzo a sus menguados conocimientos sobre el periodo clásico y sobre los protagonistas de los textos religiosos. “Cada vez se incide más en determinado contenido por la falta de conocimiento entre los estudiantes de quiénes son los protagonistas de las obras”, apunta Bolaños.

Las obras contenidas en el Colegio de San Gregorio destacan por la calidad artística y la originalidad técnica, por su patetismo emocional en tanto que imágenes sagradas y, finalmente, “por su valor como documento de la vida espiritual, cultural y política de la España de la era moderna”, como se subraya al visitante. Las esculturas, talladas en madera y policromadas, ofrecen un amplio repertorio: figuras aisladas, relieves, sepulcros, sillerías y retablos. A ello se añaden los artesonados de madera, originales del edificio o adquiridos como piezas de colección.

Los artistas de referencia son grandes maestros activos en la Corona de Castilla, como Alejo de Vahía, Alonso Berruguete, Felipe Bigarny, Juan de Juni o Gregorio Fernández, artista cuya obra ha perdido su posición de privilegio en el edificio y, tras la reforma de la década pasada, se ha integrado en el puesto cronológico que le corresponde. Desde 1933 se añadieron esculturas de distintas escuelas y talleres españoles, con obras de Pedro de Mena, Martínez Montañés, Alonso Cano, Carmona o Salzillo.

La organización de las piezas expuestas sigue un criterio temporal, lo que permite percibir la evolución de los estilos. Desde el siglo XV, una nueva idea del hombre y del mundo impregnó el arte europeo; fue un periodo de transición entre el arte proveniente del gótico y, a la vez, un tiempo de novedad que anuncia el Renacimiento. Se palpa la necesidad de una espiritualidad más subjetiva, lo que lleva a inventar un nuevo lenguaje, más cercano a la realidad humana. En aquel periodo, la nueva técnica del óleo permite la transcripción de los detalles más exactos de las cosas. Los artistas comienzan a tener prestigio y nombre propio, y llegan a una Castilla repleta de vitalidad, procedentes de los talleres europeos más activos. En esta parte del museo se exponen obras como ‘La Piedad’, una obra representativa del gótico tardío que refleja el avance hacia el naturalismo. Al siglo XV corresponden también obras de las escuelas flamenca e hispano-flamenca como el Retablo de la vida de la Virgen, procedente del Convento de San Franciso de Valladolid, el Retablo de San Jerónimo, obra de Jorge Inglés, la Silla de Coro de Rodrigo Alemán y las obras pictóricas de San Atanasio y San Luis de Tolosa del Maestro de San Ildefonso.

valladolid-museo-esculturaLas salas dedicadas al siglo XVI revelan que una de las claves de la cultura artística de la época era la variedad. Las ideas se transmiten fácilmente y la figura del artista viajero, sea flamenco, español o italiano, se hace frecuente, con ejemplos como Felipe Bigarny, Rodrigo de Holanda, Morlanes, Arnao de Bruselas, Esteban Jordán, Antonio Moro o Pompeo Leoni. Escultores y pintores coetáneos practican estilos distintos, si bien se impone una mayor uniformidad a medida que avanza el siglo, fruto de la italianización del gusto. Como se indica al visitante, en este ambiente de arcaísmos, tanteos y audacias destacan dos artistas de referencia: Alonso Berruguete y Juan de Juni.

La segunda mitad de siglo está marcada por el Concilio de Trento (concluido en 1563), que reafirma la autoridad de Roma sobre la Europa católica, en el plano doctrinal y también en el estético. Las relaciones entre el arte y la Iglesia se estrechan como nunca; la imagen devota se somete a las normas del decoro moral, se postergan el desnudo y lo profano, se eliminan leyendas populares y se insiste en la visión católica sobre cuestiones objeto de polémica, como la defensa de la Virgen. Dentro de la colección artística de este siglo, se puede contemplar el Retablo de la Pasión de Cristo, obra de fray Rodrigo de Holanda, representativo de la estética flamenca, la Sagrada Familia, de Diego de Siloé, o la Virgen con el Niño, de Felipe Vigarny.

Se asoma el estilo barroco en el siglo XVII, un periodo protagonizado por las guerras religiosas, la ofensiva contrarreformista y el autoritarismo monárquico. En este contexto, la Iglesia encarga las obras, impone los temas y dirige el pensamiento. Las artes plásticas se convierten de este modo en arma de propaganda primordial, representando los éxtasis, las visiones celestes, el suplicio sangriento o la ansiedad espiritual. Gregorio Fernández, los Carducho, Martínez Montañés, Alonso Cano, Pedro de Mena, Ribalta o Zurbarán pusieron toda la fuerza plástica del Barroco al servicio de la imagen, alcanzando una alta temperatura expresiva, tomada en buena parte del lenguaje teatral. El Barroco se prolongó en España durante varias décadas del XVIII, aunque de manera más ecléctica y moderada debido a la llegada de los Borbones y el pensamiento ilustrado.

Uno de los espacios del museo está dedicado a los pasos procesionales. No en balde, la Semana Santa reúne lo más característico de la religiosidad barroca, la teatralidad, manifestada en una intensa expresión de los sentimientos; su principal elemento era el ‘paso’, un grupo de figuras colocadas sobre una plataforma que escenifican episodios de la Pasión. Realizado primero en materiales efímeros, pronto se generalizaron las tallas en madera policromada encargadas por las cofradías a artistas de renombre: Francisco de Rincón, Gregorio Fernández o Andrés Solanes.

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