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Ávila Mística. La respuesta a las grandes preguntas de siempre

Al pie de la muralla de Ávila, el Centro de Interpretación del Misticismo nos recuerda el hilo que recorre esta disciplina a lo largo de todas las culturas y todas las creencias. Tiene por sede una compleja obra de arte que nos recuerda que el mejor viaje es hacia el interior

Ricardo Ortega

El año teresiano que todo lo ocupa parece una buena ocasión para releer la obra de la maestra de las letras españolas nacida ahora hace cinco siglos. También para acercarse a un fenómeno poco conocido en realidad, vinculado menos a la religión que a la íntima espiritualidad, a la psicología, al conocimiento de uno mismo. A lo anímico.

En paralelo a la muralla de Ávila, a un paso del antiguo barrio judío de la ciudad, el Centro de Interpretación del Misticismo es quizá el mejor rincón de España en el que se pueden conocer la esencia y los secretos de esta realidad compleja y universal. También, por cierto, una de las propuestas más sugerentes para hacer turismo, ya que el turismo es viajar para conocer, y qué mejor viaje que hacia el interior de cada cual. Y qué mejor conocimiento que el que podamos adquirir sobre nosotros mismos, lejos de las consultas de especialistas y a salvo de la fácil literatura de autoayuda.

Situado en el muy luminoso Paseo del Rastro, el centro es en primer lugar una obra de arte en la que el visitante penetra para recorrer sus diferentes estancias, cada una con un especial significado en el proceso que recorre quien busca en su interior. También es un centro de interpretación como tal, que ofrece información relevante sobre la unión entre el ser humano y la tierra, y sobre todo como fenómeno que se repite en todas las culturas y en todas las creencias, desde el taoísmo y el budismo hasta el islam de los sufíes, sin dejar atrás visiones heterodoxas e incluso laicas.

Las instalaciones ofrecen un compendio de esta práctica repetida en todos los tiempos. Arquitectura, pintura, escultura, vídeo, sonido, luces y poesía colaboran en una propuesta ciertamente audaz, “mostrar el misticismo como una posibilidad útil y actual”, como señalan los responsables del centro. Por esa razón el sentido último de la instalación se cumple con la presencia del visitante, ya que se desplaza por el interior de la obra convertido en una suerte de explorador que busca algo al mismo tiempo que se busca a sí mismo.

Esa exploración puede pautarse en diez momentos, a semejanza de los diez grados de la escala secreta de la que hablaba Juan de la Cruz. La guía del centro señala al mismo edificio como el primero de esos momentos, puesto que está diseñado según las líneas de la sobriedad, la austeridad y la pobreza. Una de las salas de este museo único es la de la Tradición, con paneles que nos informan de los tres grandes místicos que trabajaron en la ciudad: el judío Moisés de León, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Pero la tradición nos lleva también al chamán, que para la muestra es “el primer místico”.

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