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Relatos peregrinos: Villalar y los caballeros pardos

“La masacre de hombres
nos lleva a llorar con pena y tristeza.
La victoria en una batalla
conviene tratarla
según los ritos fúnebres”.
(Lao Tse)

Licerio Dospanes Justos puso trocha y zancada hacia Santiago de Compostela para que el Apóstol san Jacob disipara un incendio que padecía pecho adentro. Unas fiebres abrasadoras, “pestes de fuego”, le flagelaban con látigos candescentes.

José González Torices
José González Torices

Él barruntaba que el propio diablo enviscaba con risotadas sardónicas aquel escozor del Fuego de San Antón o San Marcial. Peregrinaba su voluntad a San Santiago -como creo que ya dijo mi decir- para atropar cualquier remedio celeste que aliviara e hilvanara con botica de agua bautismal su enfermedad, la cual suponía que era la del cornezuelo del centeno (conocido por ergotismo), que le llegaba forastero a zurcir las heridas después de tantos antaños.

Le hacía compañía la estampita de los 14 Santos Auxiliadores protectores contra las epidemias, malos humores y otras desdichas humanas sin catalogar, como las rufianas políticas que agonizaban al medio ambiente podrido y de mal sabor.

Pero rogó su voluntad a los zapatos que montaran sobre el camino que conducía al pueblo de Villalar que llaman de los Comuneros, espada irredenta. Sudaba su corazón por los ahogos de la andada. Villalar era la historia de sus antepasados sin historia: un mito irreal que alguien intentaba resucitar desde el patíbulo de las libertades fracasadas.

-¡Ay, pueblo mío!

Sus carnes descansaron dentro de la fresca sombra del Puente el Hierro. Se le antojaba a su antojo que aquel santuario de óbitos olía a sangre de fallecidos villanos, amortajados el 23 de abril de 1521. Sangre de voz sumisa que hervía bajo aquella tierra rebelde, en barbecho, sin hogaza: la de los caballeros pardos. Que así les nombraba la burla de los nobles feudales a los plebeyos, padres nuestros, después de disfrazarlos con el equipo militar y regalarles armas de bagatela para el combate.

exposición comuneros

-¡Ay, los caballeros pardos! Que Adriano de Utrecht y el incienso del obispo Acuña (las dos Iglesias) bendigan vuestras almas de arcilla y trigo. Amén.

-¡Maldigo la suerte de mi suerte! –gritaba y callaba Licerio Dospanes Justos, como engullen sus miserias los mendigos el hambre y el desamparo; como lo padecían esas aldeas yermas y desoladas de su región. Le granizaba en la memoria aquel “Dios le ampare” cuando pordioseaba una limosna de casa en misa. “Dios le ampare”. Y don Dios y su séquito religioso y profano-político permitían agonizar –entre las garras de todo tipo de hambrunas- a los seres de un pueblo mal bautizado y sin identidad propia, ‘pobredumbre’ humana, indefensa y desvalida. Somos un rebaño deslanado por la manada alfa con derecho a inmunidad –protestaba.

-Pueblo de todos y de nadie, añado de mi majuelo-. ¡Ay, los caballeros pardos!

-¡Ay, Villalar sin rostro! -retumbaba furioso Dospanes, hervido por la rabia canina-. Un pueblo magullado. Una región a la que nunca dejaron ser libre. “Una región, la nuestra, cabañal del rebaño” -rezongaba Licerio-. Una región (o una España) donde se privilegia a los lobos (especie protegida con derecho a la inmunidad). Alimañas –recalcó el pensar de Licerio Dospanes Justos- que degüellan a las mansas ovejas sin contabilizar el luto de sus dueños. ¿Sí o no? ¡Ay, mis pastores! ¿Quién de ellos puede correr gozoso a cantar villancicos al portal de Belén? Ni ganas. Estamos sorbiendo pandemias políticas, son nuestro manjar de maligno y abrasador centeno, lo que garabateamos con rabia y tinta de lágrima oscura: el Mal de los ardientes.

comuneros

¡Ay, pueblo el mío! El pueblo donde los jóvenes, desde los primeros silabarios, no saben dónde habitan sus anhelados suspiros ni conocen su Historia para amarla, respetarla, propagarla y hacerla respetar; cuidarla y sentirse orgullo de ella. ¡Ay, pueblo mío! ¡Ay, los caballeros pardos!

Pueblo adormilado en sus ronquidos, anestesiado, sin grajetas que lo despierte y truenos que lo zarandee. Tenemos lo que merecemos. Somos “monolitos de estandartes descabezados en Villalar”. ¿O no o sí? Estamos acostumbrados a la soledad y nunca a la valentía. ¡Ay, pueblo mío! ¡Ay, los caballeros pardos! –se lamentaba dentro de sus lágrimas desesperadas Licerio Dospanes Justos, el que ahuyentaba el hambre con panes de centeno, el de los pobres, el que transmitía la enfermedad del Ignis sacer o Fuego sagrado. Y como así fuera este dolor imaginario, le desarreglaba el seso y le pinchaba a rugir “incoherentes verdades”:

-¡Ay, pueblo mío! ¡Ay, los caballeros pardos!

Y pensó el pensar borrascoso de Dospanes Justos que su espíritu se había desplomado, yendo a cobijarse por imposición –nefasto destino- en las garras del rey arrimado Carlos I de España y V del más allá; siempre sacramentado por “el Pontífice bárbaro”, Adriano de Utrecht. Y en el otro rincón de la calle, los nobles revoltosos Bravo, Padilla y Maldonado, siempre con la bendición castrense del obispo zamorano Antonio de Acuña, todos ellos “sangrando en el patíbulo libertades interesadas”, tablado mortuorio de intereses.

-¡Ay, los caballeros pardos!

batalla-de-villalar-(1853)

Y la redoblada voz de Licerio Dospanes Justos se trancaba con clavija la boca para no desenjaular las palabras más puñales y zaherir a los pasmados pacientes del Mal de los Ardientes. Y mucho menos meter cizaña y murga a tantas leyendas adulteradas. Porque “cada momento es fruto de 500 años”, rumiaba Dospanes Justos. Allí pegado al Puente el Hierro no dejaba de meditar sobre la celebración del V Centenario de la gloriosa derrota en Villalar.

Allí, en el recinto sagrado, todos vestidos de domingo, aplaudía la nobleza feudal a los desastres y despojos de una derrota, por lo visto, victoriosa; un fracaso de pólvora mojada de sus 1.000 escopeteros a los que les empapó la lluvia, destiñó la sangre y humedeció su libertad.

-¡Ay, los caballeros pardos!

Celebración en los palacios reales con la real realeza. Celebración ausente de contenido, como nuestros pueblos yermos y deshabitados. Mientras tanto, los vientos de Villalar huelen a bailes y bocadillos. Eso es lo más jugoso, “que dance el pueblo, así lo tenemos ocupado y distraído”, no dudaba la duda de la duda de Licerio.

-¡Ay, los caballeros pardos!

Escupió Licerio Dospanes Justos de suelo a cielo y la saliva al desplomarse le nevó en la frente. Y blasfemó a placer con voz ruda y deshabitada, hasta desahogar los pulmones, ahuyentando el vuelo de los pájaros sin nombre. Licerio vomitaba la rabia del perro penitente que le hervía por dentro. El cuerpo malhumorado de Licerio Dospanes montó sobre el camino que conduce a las ruinas del Hospital del Convento de San Antonio de Castrogeriz. Sus pies galoparon días y madrugadas. Al final, su desaliento exclamó:

-Llegué.

Allí sus carnes se postraron de rodillas y lloraron las lágrimas de sus miradas. Quizá había pecado demasiado, pensó. Las alucinaciones de la imaginaria enfermedad del Fuego de San Marcial eran las causantes de sus desvaríos: Villalar de los Comuneros. Pronto le resucitó de aquellos delirios la beatífica palabra del “boticario del Apóstol Santiago”, el llamado Roque Seisón Barajas, ser piadoso, el mismo que apacentaba los albergues del Camino de San Jacob y acogía sus bondades a todos los desvalidos del Dios y el Diablo (también con letra mayor).

Y le preguntó:

-¿Qué rondas por estos santos lagares, Licerio Dospanes Justos?

Él respondió con acento de aldea vaciada:

-Me escuece el pensamiento desde que abrevé mis ansias en Villalar de los Comuneros junto al monolito reverenciado, piedra congelada. Un monolito que ensalza a los “tres nobles” y olvida a “mis gentes de sudor y surco”, sangre campesina, honrada y pobre de mi pueblo. ¡Ay, los caballeros pardos! Mi corazón está aturdido, descompuesto y mi sed de gritar “¡Viva mi cuna!” desborda de dolor mis esperanzas. Solo servimos para levantar las perdices y otros aplaudidos del más allá vengan escopeta al hombro a desplumarlas con su burlesca. Amén, digo. Pero no puede mi flojedad escalar hasta el púlpito y predicar el “¡Basta ya!”. No se puede espabilar a una tierra amorfa y apática que está dormida, sin desenjaular, casi agonizante, en óbito, sin espíritu. No se puede. No.

Juan Bravo comuneros Segovia

Roque Seisón Barajas, con religiosa capa pluvial, delante de la mirada del lamentador Licerio, aireó con el graznido de su mirada incendiaria:

“Vestirse con ropas bordadas,
Ceñirse de espadas cortantes,
Hartarse de beber y de comer,
Acumular riquezas,
Todo esto se llama robo y mentira
Y no tiene nada del Tao”.
(del Tao Te King)

Licerio Dospanes Justos se santiguó:

-Que Santiago Matamoros, batallador en Clavijo, nos asista y proteja enarbolando la justicia de su sagrada espada.
Cambiaron de aires los acentos de Roque Seisón Barajas para preguntar al huido de Villalar:

-¿Presenciaste la masacre estudiantil en la Plaza de Tiananmén el 15 de abril de 1989?

-Sí. –afirmó rotunda la lengua castellana y universal de Dospanes Justos.

-La historia se repite, manso y devoto Licerio. ¿Por qué alborotan tanto a los déspotas los gritos comuneros de Justicia, Democracia, Igualdad y Libertad? Que no nos vengan ahora con monsergas. Ya entretienen a sus súbditos con murgas y chirigotas. Que dancen los pies; la jota borra todos los pensares. Te lo recalco yo con razón y sentido común, Seisón Barajas, poeta gruñón.

-Eso, eso. No lo vamos a consentir –duplicó con voz en pólvora Licerio Dospanes. Dos panes sin pan. Todos padecemos el Fuego de San Antonio.

Concluyó Roque Seisón:
-¡Los caballeros pardos!


***Dadas las características de este relato, el autor da su consentimiento para que el texto sea leído y también representado de forma dramática.

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