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‘El Hereje’, escenario de risa y llanto

La ruta teatralizada de ‘El Hereje’ cumplió su mayoría de edad en pleno Año Delibes. Una situación excepcional para revisar la última gran novela de don Miguel, y también para reflexionar sobre la impronta que dejaron en la ciudad -y en sus habitantes- los acontecimientos descritos en el libro. Para el dramaturgo y director artístico de Azar Teatro, Javier Esteban, quienes en estos años han participado como público en la ruta teatralizada son ahora capaces de ver la ciudad con una mirada diferente
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Javier Esteban. Azar Teatro

Azar Teatro realizó su primera ‘Ruta del Hereje’ en mayo de 2002 y un curioso baile de números nos lleva hasta mayo de 2020, cuando se cumple la mayoría de edad de un evento que es ya toda una tradición en la ciudad.

A diferencia de la ruta que la Sociedad Mixta para la Promoción del Turismo de Valladolid realiza a lo largo de todo el año con guías profesionales y a propuesta suya, la intervención teatralizada se realiza una vez al año (en varios pases) alrededor de cada 13 de mayo, fiesta de San Pedro Regalado en Valladolid, lo que facilita un encuentro festivo entre el teatro, el turismo y la literatura.

La propia ciudad se convierte en la mejor de las escenografías, los cientos de personas que acompañan el recorrido son público y figuración a un tiempo y la monumental novela de Miguel Delibes, el guion perfecto para disfrutar de entorno, compañía y argumento.

Miguel Delibes publica ‘El Hereje’ en 1998. En la novela, a través de la peripecia vital de su protagonista, Cipriano Salcedo, el autor dibuja un impecable retrato del Valladolid del siglo XVI, en el que se pueden percibir las costumbres, los sonidos de una próspera urbe en la que comienza a asomar el Renacimiento, los pasos de sus habitantes y los paisajes que enmarcaban sus vidas.

Son páginas transitadas por relaciones humanas que se muestran en toda su complejidad, mujeres y hombres que deben construirse con otros valores porque los antiguos se desmoronan. Y también una necesaria y apasionada llamada a la tolerancia y la libertad de conciencia.

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Además, constituye un preciso catálogo de los edificios, calles y oficios de aquella época, el mapa exacto de un Valladolid que aún hoy conserva, evocador, los lugares en los que habita la novela.

Ello es posible porque Miguel Delibes construyó su obra desde el Valladolid de hoy, el que conocía y habitaba, buscando los ecos y recovecos de aquel de ayer. Regaló a los vallisoletanos, tan necesitados de ello, el placer de contemplar la ciudad como fue y no como pudo haber sido.

Nos enseñó que la ciudad ha de mirarse entera, porque nos hemos construido desde lo que fuimos, no solo desde aquello que estamos dispuestos a mostrar. Si cabe el orgullo local solo puede darse desde este reconocimiento.

Estos vallisoletanos que somos le deben mucho a don Miguel en lo que a nuestra -aún incierta- construcción identitaria se refiere.

azar el hereje

Plenamente conscientes de la importancia de la materia con la que debíamos trabajar, nuestra ‘Ruta del Hereje’ no pierde de vista en ningún momento al autor, acercándose a su figura a través de don Nicomedes, supuesto cronista de la ciudad y exacerbado admirador de Delibes, a quien imita en lo posible.

A través de este personaje, a veces guiñolesco pero siempre respetuoso, se sugiere la presencia física de don Miguel estableciendo un diálogo constante con los actores, el público y la guía profesional que acompaña el recorrido.

Nuestro Nicomedes se convierte en la voz directa del escritor cuando apostilla o añade algún comentario acudiendo a las propias palabras de este o a alguna referencia literal de la novela. Esta constante llamada a la presencia de Miguel Delibes es un homenaje que se hace más presente que las menciones que a él se puedan dar porque es vivo, es real.

Todo surge de un encuentro en el que confluyen el impresionante entorno de la plaza de San Pablo, una precaria compañía de cómicos de la legua, una guía turística y un irreductible cronista admirador de Delibes. ¿Qué puede salir mal? La respuesta es nada.

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La guía nos cuenta dónde estamos, los cómicos irrumpen en la plaza con su carro, con fiesta, con música y con su particularmente torpe, pero eficaz, modo de contar.

A todos ellos se les suma la inefable presencia de un cronista que se perdió en las formas heredadas de sus abuelos. Primer contacto, primeras risas y una proposición que se hace al público: recorrer el paisaje de la novela durante dos horas siguiendo las huellas de aquella época y, al mismo tiempo, disfrutar del teatro más popular descubriendo una obra como ‘El Hereje’.

Son varios cientos de personas las que suelen acompañar un recorrido para el que se cuenta con el apoyo de la Policía Local y con una mínima, pero imprescindible, infraestructura de pequeños escenarios a lo largo del recorrido.

Plaza de San Pablo, Plaza de las Brígidas, Palacio de Fabio Nelli, calle Expósitos, calle Fray Luis de León, iglesia de San Agustín, fachada de la Hospedería de San Benito, plaza de Fuente Dorada, plaza Mayor, calle Santiago y finalmente Campo Grande conforman el recorrido de este periplo monumental y novelesco.

el hereje

Descubrir y contextualizar la monumentalidad de edificios y calles, recorrer callejuelas casi intactas bajo los ecos de personajes como los que pudieron habitarlas realmente y desgranar poco a poco las vivencias del protagonista de la novela en sus escenarios reales se convierte en una experiencia llena de sorpresas y emotividad. Es imposible para un pequeño grupo de actores recrear toda la novela y pretender dar a cada pasaje representado la gravedad que la obra transmite.

‘El Hereje’ es un drama que se torna tragedia al final. Hablamos de un recorrido durante el que el público debe enfrentarse a una larga travesía urbana y donde las condiciones de expectación son cambiantes y volubles.

El diseño de nuestro trabajo parte ya de la experiencia en el teatro de calle y en el manejo de una gran cantidad de público, teniendo en cuenta además el añadido de tener que realizar una gran itinerancia.

El público debe sentir cada etapa como una experiencia nueva que le impulse a realizar el siguiente traslado, que el cansancio y el aburrimiento no le hagan abandonar antes del final. Así, a base de intervenciones sorpresivas, en general de carácter cómico, conseguimos completar un recorrido en el que la fiesta no impide conocer el trasfondo amargo de la peripecia de Cipriano Salcedo, sino que nos permite comprenderlo con la distancia que nos otorga el tiempo y la poética del autor de su historia.

publico el hereje

Descubrir aquel Valladolid del XVI bajo la mirada de Miguel Delibes, dotar de contexto y significado calles, plazas y edificios, cambia para siempre la mirada que uno tiene de la ciudad. Recorrerla de nuevo contagiado de la alegría de unos cómicos que, para ganarse el pan, la recorren tirando de un carro cargado de atrezos, vino y panderetas, y llegar al final del recorrido, el Campo Grande, en las afueras de aquella ciudad, donde se situaba el quemadero en el que se daba cruel muerte a los herejes, sin que la emoción, la alegría, la sorpresa, la compasión o incluso la rabia por la injusticia dejen de ser posibles.

El trabajo de los cómicos en la Ruta del Hereje acaba en el Campo Grande entre la fronda de los árboles del parque y el trompeteo de los pavos reales. La presencia y la voz de Minervina Capa, nodriza y única ‘madre’ de Cipriano Salcedo, al que llamaba “su niño” y “que hubiera accedido a morir en su lugar si así se lo hubieran pedido”, da cuenta de la entereza con la que Cipriano se enfrenta a su final.

sentencia hereje

Además, desde la sabiduría de quien ama, recuerda a los presentes “…que el ojo de Nuestro Señor no es de la misma condición que el de los humanos… No repara en las apariencias sino que va directamente al corazón de los hombres, razón por la que nunca se equivoca”.

Es un final grave y necesario, el final que le dio Miguel Delibes. Después, el fingido cronista es abandonado por su actor y toda la compañía se distribuye por el escenario, porque quiere hacer de todos las palabras con las que concluye esta ruta:

“Allá donde le dicen la puerta del Campo Grande está el quemadero en el que se ejecuta a todos los condenados por herejía y a otras pobres gentes.

Allí fue ajusticiado Cipriano Salcedo, junto a otros infelices, por defender lo que creía. Allí, una vez más, las fuerzas de la oscuridad vencieron a la razón, la tolerancia y la fraternidad.

Y así siguieron venciendo y violando los derechos de las personas durante siglos, ahogando la libertad”.


Reportaje gráfico, Ricardo Ortega

Rutas teatralizadas. Un manual de urgencia

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