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Palomares, la inspiración de la arquitectura vernácula

Construidos con los materiales más sencillos, los palomares nos recuerdan que somos herederos de Roma. Son cerca de 7.000 en Castilla y León y, con base cuadrada o redonda, en pleno siglo XXI su silueta destaca como estandarte cultural del territorio

La geografía de Castilla y León está salpicada de humildes joyas patrimoniales, de ejemplos casi anónimos de arquitectura vernácula, que nacieron con una fina­lidad económica y acabaron siendo inspiración de pintores y poetas.

Son los palomares, esas construcciones de materiales sencillos que nos recuerdan que no somos sino hijos de los romanos.

Servían para alimentar a las familias y como complemento a su economía. La primera página del Quijote da cuenta de que Alonso Quijano incorporaba a su dieta “algún palomino de añadidura los domingos”, mientras el Lazarillo de Tormes aseguraba poseer “un palomar que a no estar derribado como está, daría más de doscientos palominos”.

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Como tantas familias, la de Santa Teresa poseía un palomar en Gotarrendura, en la comarca abulense de la Moraña, que aún recibe numerosas visitas.

Con una tipología muy diversa, el palomar se hace presente en todo el territorio de Castilla y León, de forma especial en la comarca de Tierra de Campos. En este territorio repartido entre las provincias de Zamora, León, Palencia y Valladolid perviven 3.000 de estos edificios, cuya silueta es tan emblemática para la zona como los molinos de viento para La Mancha. Sin embargo, no existe un censo oficial de palomares en el conjunto de la comunidad.

Llama la atención su enorme versatilidad y su extraordinaria mutación en diversas formas, desde circulares, cuadradas o rectangulares hasta hexagonales. En todos los casos, con variaciones en cuanto al tipo de tejado empleado o respecto a la existencia de un patio interior. Por eso se ha dicho que no hay dos palomares iguales.

Piedra, madera y adobe son los principales elementos empleados en su construcción. El tercero es el más habitual, ya que su uso responde a las características de buena parte de Castilla y León: la escasez de piedra de calidad y lo limitado de la producción de madera, combustible esencial.

Así se señala en el estudio ‘Palomares y palomas, manual básico’, publicado por el grupo de acción local ADRI Palomares.

palomar Cuenca-de-Campos, autor Ricardo OrtegaEl libro, escrito por José Orduña, Pedro Olea y Fernando Freire, recoge tanto la importancia socioeconómica del palomar como su significado histórico, las técnicas de construcción y las posibles vías para su aprovechamiento económico.

Destaca la publicación la importancia del barro, que se emplea como mortero, para unir los cantos rodados y la mampostería en los lizares o zócalos de los palo­mares de barro, o bien en los muros de las construcciones en piedra.

El revoque se denomina embarrado, enlodado o enfoscado. Se trata de una labor fundamental para proteger los muros frente a las inclemencias del tiempo, fundamentalmente del durísimo invierno del interior de la meseta, donde el agua y el hielo pueden llegar a quebrar los muros. La lluvia y las fortísimas temperaturas del verano son otros enemigos contra los que el embarrado forma un manto protector.

El manual también dedica un capítulo a la elaboración del adobe. Se aconseja que la tierra empleada no sea muy arenosa ni muy pedregosa, aunque debe contener una proporción de arena similar a la de arcilla. “Las arcillas y las margas son los tipos de tierra que van a aportar la textura necesaria para elaborar el adobe”, señala el texto.

Víctor Manuel de la Iglesia, gerente del grupo, habla de un patrimo­nio popular heredado y mantenido a través de los siglos, en los que ha desempeñado una importancia relevante en la economía y la sociedad de la comarca.

Entre otras cuestiones importantes, el libro hace énfasis en la ubicación más habitual del palomar, siempre orientado al sur para que el sol diera de lleno y las crías tuvieran más posibilidades de salir adelante. Estas construcciones suelen situarse en lugares rasos, carentes de árboles, para evitar la cercanía de gavilanes y otras rapaces.

Aunque el empleo de las palomas y pichones hunde sus raíces en la historia más remota, los palo­mares de la Península Ibérica son herederos de la civilización romana. Llegaron a todos los rincones de Europa gracias al impulso del Imperio, y mucho se ha especulado sobre el parecido entre la vivienda latina y estas humildes casas que albergan palo­mas y pichones.

Ese parecido es más evidente en los palomares cuadrados y rectangulares, aunque los más nume­rosos son los de planta circular. En unos casos u otros, la construcción puede contar con un patio interior o no hacerlo. Ese espacio es el dedicado a que los animales puedan beber y alimentarse. Siempre son cerrados, casi herméticos para impedir la en­trada de roedores y depredadores, con una pequeña puerta de acceso y las troneras por las que entran y salen las palomas.

Mensajera de los dioses

La historia de la paloma y los palomares es tan antigua como la del propio hombre. Hace más de 5.000 años, en Egipto este animal era un alimento muy apreciado, además de considerarse un mensajero de los dioses. Por eso solo las podían poseer en la corte de los faraones.

También la Grecia clásica fue amante de las palomas, y con la expansión de Roma se potenció su cultura por toda Europa, como ya ha quedado dicho. Mil años después, en la Corona de Castilla ya se tomaban

medidas para la protección de estos elementos. El rey Enrique IV, hermano de Isabel la Católica, a quien precedió en el trono, hizo aprobar en 1465 luna Ley de Protección de los Palomares, que preveía, entre otras cosas, severas penas para quienes mataran palomas ajenas. En la época feudal el palomar era un privilegio, pero al perder poder la nobleza pasó de símbolo de señorío a constituir una actividad ganadera. Se incrementó la compraventa del palomo como alimento y el empleo de la palomina como fertilizante.

Desde la época clásica y hasta la segunda mitad del siglo XX, lo que hoy llamamos Castilla y León tuvo en estas explotaciones uno de sus principales recursos para la subsistencia de las familias, hasta el punto de contar con 10.000 de estos monumentos de la arquitectura popular en los momentos de mayor implantación. Desde mediados de los años 60, la industrialización de las ciudades y el abandono del campo llevaron al descuido de los palomares, al ser explotaciones que no se adecuaban a la rampante economía de mercado.

Con la intención de recuperar estos ele­mentos patrimoniales, ADRI Palomares realizó un catálogo de los existentes en su área de actuación y registró 727 elementos, de ellos 201 en ruinas y 278 con posibilidades de ser recuperados. A partir de estas cifras hay quien ha dicho que en Castilla y León hay identificados unos 7.000.

El palomar nace de la tierra, puesto que se construye con los materiales más próximos: piedra y adobe. Al desaparecer regresa al suelo y cierra un ciclo que convierte en impensable el incómodo concepto de residuo.


Texto: Ricardo Ortega Bombín

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