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Arqueología veraniega

Rafael Varón. ArkeoClio

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Rafael Varón. ArkeoClio

Se acababa el verano cuando ataqué el cuaderno y reviví sensaciones de aquellos tiempos en los que mi actividad arqueológica me llevaba, en los periodos de estío, a una excavación en algún punto más o menos ignoto, que desde entonces se ha ganado un hueco en mi geografía personal. Tiempos que en mis recuerdos forman parte de la categoría de legendarios.

Vuelven a mi memoria merced a mi dependencia de las omnipresentes redes sociales. Mis vicios cibernéticos y mis obsesiones me llevan a seguir la arqueología veraniega que sigue siendo -cada vez más, e incluso cada vez mejor tratada- un tema recurrente en la prensa estival. Quizá se sorprendan si les digo que hay actividades arqueológicas en el campo todo el año; porque campo debe entenderse como el interior de un conjunto histórico, el solar de un nuevo supermercado o el seguimiento de una tubería de aguas negras. Lo que pasa, y como presumo su mueca al final de la frase anterior, es que esta arqueología es mucho más intensa e intensiva, y mucho menos difundida.

Estas actividades afloran solo en los medios cuando se produce un hallazgo espectacular, o bien cuando el titular destaca que se ha frenado el progreso por la aparición de algunas piedras de valor relativizado por quien firma los artículos.
Pero volvamos a lo bucólico. La organización de una excavación veraniega es un esfuerzo titánico minimizado por la imagen de jóvenes en pantalón corto que vemos en nuestras pantallas, en el periódico o quizá en vivo si ha ido usted a visitar una excavación en curso.

Nuestros titanes particulares, convertidos en dirección de excavación, deben buscar, primero, financiación: esos fondos que permitan afrontar con garantías toda la operación, que se gastan en alquilar equipos, pagar los traslados y la manutención de esa tropa de jóvenes -que se les nota que están creciendo y comen en los cánones que les establecieron sus abuelas-, los seguros, los malditos fungibles y un infinito número de etcéteras.

Esos titanes habrán gastado su tiempo y esfuerzo en pelear con direcciones generales, diputaciones, ayuntamientos y concejos para conseguir pasta, permisos o recursos en la comarca de la actuación: casas y escuelas para dar de comer y dormir. Estos esfuerzos organizativos han hecho que en el pelo de nuestros protagonistas se consoliden las canas.
La experiencia me dice que lo que esperan los responsables de las excavaciones es que la campaña sea fructífera, con resultados científicos de interés. Y eso incluye que quien ha puesto las perras sea de la misma opinión, porque no siempre es el caso.

Así, hemos convertido la comunicación social -inscrita ya de antaño en nuestro ADN- en un elemento fundamental de la arqueología de verano. Al tradicional formato de la charla o visita final de campaña se ha añadido un buen número de actividades: la tecnología nos está permitiendo volcar información diaria, casi inmediata, a través de las herramientas virtuales.

Más allá de la algarabía del medio electrónico se está procurando dar un paso más ‘físico’ tratando de integrar a las comunidades que soportan estas intervenciones a través de su participación directa. Hay algunas alternativas sencillas, como facilitar que usted se una al equipo de trabajo y mejore su conocimiento de esta ciencia sudando con nosotros.

Hay otras opciones más complejas y que requieren otra interacción, como la participación en el diseño del proyecto: incluyendo activamente a aquellas personas que son las usufructuarias del legado patrimonial que les debemos a nuestros nietos. Así que no se extrañe si el equipo arqueológico se planta cerca de su casa y le convoca para entrevistarle y saber qué es lo que usted quiere. También se encontrará con que los arqueólogos le van a pedir que les controle y les fiscalice para que los recursos aportados -por usted, insistimos- se consuman de manera razonable.

Si esto no está ocurriendo a su alrededor, empiece a exigirlo. Conviértase en responsable de encanecer aún más la cabeza de nuestros arqueólogos. Estoy convencido de que son conscientes de que están trabajando con bienes prestados, y de que los chines proceden de los vecinos, bien a través de los presupuestos del Estado, la UE o (donde les duele más a ustedes) de su Ayuntamiento.


Fotografía, ArkeoClio

“La arqueología nos ayuda a comprender y planificar el territorio”

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