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Arqueología y más

Rafael Varón. ArkeoClio.

El avispado redactor jefe de esta revista que me fichó -a la usanza de la Marina Real Inglesa, botellazo y a navegar por Polinesia- como columnista me pide que escriba sobre arqueología. rafa varon ilustracion-02Me plantea preguntas que llevo años contestando y que, a estas alturas de la profesión, no sé si lo que respondo son falsos tópicos o sigo pensando que estamos ante la hora más oscura de la noche, antes de que despunte el sol y tengamos un día claro y brillante en el que se vean las cosas con más optimismo. En este estado de ánimo me pongo a escribir.

Las nueve provincias de Castilla y León contienen en su suelo, sobre él y, sobre todo, en el interior de las personas que las habitan, un inmenso censo de sitios arqueológicos. Censo que es, además, incompleto. No es raro que los medios -últimamente con más frecuencia que nunca- recojan la aparición de un nuevo yacimiento desconocido o un muy interesante hallazgo en uno de los que ya venimos trabajando. Inclúyanse ustedes en el ‘venimos’ puesto que, en un buen número de casos, son sus impuestos los que pagan el sudor de la siempre quejosa tropa de arqueólogas y arqueólogos que pululan, cual bagauda, por nuestra geografía interior.

En no pocas ocasiones esas inversiones tienen retornos positivos. Frente a las cruces que se nos ponen como obstructores del progreso y del desarrollo económico, nuestros trabajos tienen beneficios si los resultados son bien explotados, pero esa cuestión será para otro viaje por estas páginas.

Si lo vemos desde lo tangible debemos ser conscientes de que los yacimientos ‘puestos en valor’ son una fuente de atracción de personas interesadas en ellos. Eso lo sabemos por quienes gestionan nuestro patrimonio, el cultural y el de la cartera, y lo oirán en estas próximas fechas en los inicios o finales de campañas estivales de excavación. Pero, más allá de hordas de turistas sacaselfis, recorren nuestros límites gentes interesadas de verdad en saber quién, cómo y cuándo vivió, pintó, recorrió un camino, instaló un molino, construyó una muralla castreña o defendió un castillo en aquella loma.

Un buen número de estos visitantes más culturales, acompañados de muchas y muchos vecinos de estas tierras, también quieren saber cómo vivimos en la actualidad y se acercan a tomarnos el pulso a nuestras tascas o nuestras tahonas desdeñando locales como los que nos podemos encontrar en Londres o Sidney, y que mientras llenan locales en nuestros hogares vacían de contenido nuestras almas. Es ahí, en lo sensorial, donde se producen los mejores retornos más allá del necesario tintineo de la caja registradora. El patrimonio arqueológico tiene un tremendo poder evocador del pasado que va asociado a nuestra capacidad para mejorar nuestra comprensión del mundo actual. De ahí a ser capaces de plantear veraz y razonadamente por dónde va el futuro solo hay un paso.

Profesionales utópicos

Este mantra que nos repetimos quienes nos dedicamos a la historia es del que vivimos. A través de los distintos oficios que desempeñamos somos capaces de hacerles -no a todo el mundo, no siempre- sentir la vida de quienes nos antecedieron en el tiempo. Vemos su forma de pensar desde lo individual y desde lo colectivo a través de los restos materiales, de sus objetos, de sus relaciones con el medio, desde su capacidad de adaptación y de transformación de los espacios que habitaban y que habitamos.

Aunque parezca sorprendente lo hacemos sin pensar en los beneficios que nuestro trabajo genera para el turismo. Somos más utópicos. Pensamos, creemos y actuamos para comprender mejor a la sociedad y para que ustedes puedan saber mejor quiénes son.

En el camino de la práctica hemos descubierto que esto que hacemos también les gusta a ustedes -no a todos, no siempre- y que la labor de la arqueología tiene un discurrir que se nos escapaba. Esto ha provocado que nos encontráramos con quien nos mira desde fuera. Además de sufragar nuestras actividades de manera pasiva -incluso a su pesar- les estamos incluyendo más y mejor en nuestra labor.

Si antaño no era infrecuente que sufriesen nuestras encuestas buscando comprobar qué quedaba del pasado en nuestro registro humano, hoy no es extraño verles sudar su propio patrimonio empuñando picos y palas, pero también accediendo a la gestión de su legado -del nuestro- buscando y aportando recursos porque, en muchos casos, han descubierto que esos restos no son de quienes practicamos la arqueología sino de las comunidades que la sostienen.

Quizá sea iluso pensar que esto se debe a lo bien que transmitimos nuestra labor, por lo persistentes que somos -incluso cargantes- o, mejor aún, porque más allá de un posible rédito económico han apreciado que la ermita derruida de Santa Gerundia, el dolmen de las Piedras Grandes o el Castro de Allá Arriba son suyos, son parte de su identidad y de su cultura, incluso de su propia felicidad.

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