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El turista: culpable y perplejo criminal

Durante 30 años he sido un abyecto delincuente. Me confieso culpable de alterar restos históricos, de entorpecer la vida de quienes residen en conjuntos monumentales, incluso de haber aumentado mi propia huella de carbono. En definitiva, de ser un turista

Rafael Varón
Arqueólogo. ArkeoClio

Debo confesar que me reconozco en el tipo, tanto por las actuaciones realizadas en mi juventud como en mi actual madurez. Durante estos últimos 30 años he sido -y soy- un criminal abyecto, o al menos así lo han decidido un buen número de fiscales acusadores. Me explico.

He visto mi imagen de proscrito en pantallas de televisión, programas de radio, editoriales de los más prestigiosos periódicos y en no pocos estudios científicos y universitarios que han dado soporte a los medios de comunicación.

Rafael Varón
Rafael Varón

Mis presuntos delitos, de los que me confieso culpable, consisten en interrumpir el sueño del vecindario de distintas ciudades, de interior y de costa; de alterar restos históricos y artísticos en salidas nocturnas alocadas, pero también en amables excursiones grupales; de entorpecer la vida cotidiana de las gentes que viven pacíficamente en conjuntos monumentales o en un sinfín de entornos idílicos.

En estos dos últimos casos con dos acciones muy lamentables: he contribuido a que suban los alquileres de algunos barrios típicos, siendo el causante del éxodo inmisericorde de las gentes que allí habitaban, personas que mantenían el tejido histórico y social del entorno, poniéndolo en vías de extinción.

Mi segunda fechoría ha consistido en aumentar mi propia huella de carbono, que para llegar a estos lugares no voy andando y suelo volar en avión de líneas low cost, que seguro que usan el peor combustible.

Me confieso vector de la expansión de una epidemia moderna, la gentrificación, en versión turística, como lo fueron antaño las pulgas que propagaron la Peste Negra por la Europa Medieval y que se llevó por delante a la mitad de su población. Vamos, que cuando puedo me transformo en Mr. Hyde y soy turista. Ojo, no un viajero: un turista.

Me gustaría redimirme de este delito, pero no sé qué condena debo imponerme. Tengo claro que soy yo el que tiene que aplicarse una penitencia antes de que lo hagan el Estado o las administraciones correspondientes vía impuestos, castigo o vacuna que ya me han aplicado en muchos lugares y que todavía no me hace mucho efecto.

Pero ¿qué hago? Está claro que con la edad he renunciado a fiestas playeras y despedidas de soltero. Ese castigo, en mi caso, es biológico.

Sin embargo, ¿cómo evito ser un turista más, uno de esos que pasea por algunos de los maltratados lugares que llevo algunos años visitando o queriendo visitar? ¿Debo dejar de pasear por la plaza más bella del mundo y no disfrutar más de la escalinata que vigilan sus gemelos? ¿No podré tomarme un butano y una morcilla?

¿Me estará vetado ese acueducto? No alcanzo a discernir cómo me voy a prohibir cometer esos delitos u otros parecidos.

Por favor, sean benevolentes con este p**o turista culpable y perplejo.

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