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Sentirse águila en Las Arribes salmantinas

Cortados y farallones se precipitan desde las alturas hacia las aguas del Duero. Colgando de estos acantilados sobre agua dulce se localiza una decena de miradores, desde los que es posible -en un ejercicio donde el vértigo está garantizado- asomarse a paisajes deslumbrantes

Ricardo Ortega

La mano de un gigante rasgó la superficie granítica del oeste salmantino y por esa herida se desangra la península. Es un hilillo de agua que los portugueses llaman Douro y que entre los dos países, y a lo largo de cien kilómetros, forma los mayores acantilados de la piel de toro. Como escultores de siglos, el río Duero y sus afluentes han ido tallando pacientemente los macizos de roca en Las Arribes; el resultado final es un paisaje espectacular, del que se puede disfrutar a ras de agua gracias a numerosas embarcaciones turísticas, o bien imitar a las águilas y asomarse, en un ejercicio donde el vértigo está garantizado, sobre los cortados y farallones que se precipitan hacia las aguas.

Colgados de estos acantilados se localizan distintos miradores, desde donde asomarse a lo más profundo, disfrutar del paisaje y agotar las posibilidades de nuestra cámara fotográfica. Existen una serie de ellos, ya clásicos, como la Faya en Villarino de los Aires; la ermita de la Virgen en Pereña; el Picón de Felipe o el balcón del Fraile en Aldeadávila de la Ribera; la Code en Mieza; el Castillo en Vilvestre, o las Janas en Saucelle.

A esta lista se les ha unido recientemente otros incluidos en la Ruta de Miradores Paisajes de Las Arribes, que ofrecen vistas sobre parajes espectaculares. Cabe mencionar El púlpito de las monjas en Ahigal de los Aceiteros; El contrabando en Hinojosa de Duero; Mafeito en La Fregeneda; El salto en Saucelle; El cachón de Camaces en Hinojosa de Duero, y El reventón de la barca en Vilvestre.

La red de miradores, diseñada desde a Diputación de Salamanca, está concebida para acceder por carretera incluso por personas con a movilidad reducida. La ruta permite disfrutar del paisaje agrícola, la arquitectura tradicional ribereña, el contraste del valle del Duero en sus márgenes española y portuguesa, los saltos naturales de agua o la visión del río Duero desde la ingeniería industrial levantada en su cauce.

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Interpretar el territorio

Los miradores son algo más que atalayas, puesto que incluyen información para comprender el nombre de cada uno, además de para interpretar el paisaje que se puede contemplar, incluso adivinar, así como las historias y curiosidades del entorno. El itinerario se puede realizar en coche, a modo de circuito, adaptándolo al tiempo del viajero, de modo que incluso se pueden visitar todos los miradores en un solo día. Pero lo ideal es disfrutar de ellos en diferentes etapas, lo que permite acercarse a los diferentes municipios.

Esta es la opción más adecuada para hacerse una idea cabal del territorio, cuyos secretos solo pueden desvelarse conversando con los vecinos, conociendo los numerosos restaurantes de cocina tradicional, alojándose en las instalaciones turísticas y sumergiéndose en la paz que se respira en la comarca. Siempre hay tiempo para buscar los rincones naturales más escondidos, los monumentos, los museos, las muestras de arquitectura vernácula e incluso la diversidad de fauna y flora.

Esta es la tierra de los bancales, de las terrazas escalonadas donde la viña convive con cultivos propios de climas mediterráneos como el naranjo y el olivo. Además de un espacio natural de singular belleza, Las Arribes son cuna de una comarca vitivinícola emergente que incluye una decena de bodegas. Las viñas se extienden por las laderas abancaladas que asoman a la corriente del Duero, coincidiendo con el cauce del río. Además del vino, la producción agroalimentaria de este enclave de clima mediterráneo incluye alimentos autóctonos de elevada calidad como los embutidos, el aceite y los quesos.

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Completa oferta turística

En esta ruta se puede visitar la iglesia parroquial de San Salvador en Aldeadávila de la Ribera, la iglesia de Santa María en Pereña de la Ribera, el Pozo de los Humos o la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción, en Saucelle, con la Inmaculada de Pedro de Mena. De arquitectura civil, nos llama la atención la Casa del brasileiro de la misma localidad, así como diferentes edificaciones agrícolas, entre las que destaca en corral de lobos. Su mirador de Las Janas se convierte en un escaparate a toda la comarca, desde el que se divisa una de las más amplias perspectivas de la zona.

Vilvestre nos obsequia con su monumento rupestre, además de la posibilidad de realizar un paseo turístico en barco por las aguas del Duero. Son una buena excusa para visitar la localidad el castillo, el molino aceitero en la bajada a la barca o el rollo de justicia que nos da la bienvenida.

Municipio de fama quesera por excelencia, destaca Hinojosa de Duero por sus importantes vestigios arqueológicos, aparecidos en los cerros de El Moncalvo, Cabeza de San Pedro o la Malgarrida, donde se han hallado importantes metrópolis. Los amantes de la arqueología también tienen una cita en Lumbrales, con su castro de Las Merchanas y su Centro de Interpretación del Territorio Vetón, visitas obligadas para conocer las raíces de la comarca. Por su parte, Ahigal de los Aceiteros es el estandarte de los pueblos que basaban su economía en la transformación de la aceituna.

La Casa del Parque de Las Arribes del Duero en su parte salmantina se encuentra en una fortaleza medieval de Sobradillo, pueblo de tránsito de peregrinos hacia el Camino de Santiago.

También es de destacar La Fregeneda, cuyo paisaje se encuentra hilvanado por túneles y puentes de la antigua línea férrea, que se adentra en territorio portugués. Sorprende el contraste entre las orillas del Duero y del Águeda, tapizando las laderas de cultivos típicos mediterráneos con almendros, olivos y vides, así como de flora silvestre, como enebros y escobas. No se puede dejar de lado san Felices de los Gallegos, declarado Conjunto Histórico desde 1965. Conserva toda su esencia medieval, plasmada en su castillo, sus murallas y sus calles. Una razón más para no perderse Las Arribes.

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