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Un imaginero del siglo XXI

Siete imágenes de la Semana Santa de Castilla y León han salido del taller ‘Aquí se hacen santos’, donde Miguel Ángel Tapia da curso a un impulso creativo que siente desde niño. Madera hecha carne que sale a las calles para alimentar el fervor y la cultura

 

Ricardo Ortega

Tablones, herramientas, gubias, botes de pintura, figuras de diferentes tamaños y todo tipo de elementos de madera pueblan el taller donde han nacido algunas de las imágenes que se pueden contemplar en la Semana Santa de Castilla y León.

Lo que parece fruto de un viaje en el tiempo no es sino el taller donde trabaja Miguel Ángel Tapia, imaginero “vallisoletano y leonés” que ha hecho coincidir su vocación por la madera y su actividad profesional. La afición por las artes plásticas ya le perseguía de pequeño, cuando era un niño curioso que dibujaba todo cuanto le llamaba la atención, y que pronto se aficionó a modelar el barro.

Al pequeño Miguel Ángel se le abrían los ojos con asombro cuando veía cortar la madera, actividad que le transmitía “una gran sensación de plasticidad”. Cómo una herramienta de corte caía sobre un material noble, como el tronco de un roble, y hacía saltar grandes virutas, que salían lanzadas por los aires.

“Era algo que me llamaba poderosamente la atención y que me gustaba ver y hacer”, recuerda. En el montón de leña siempre encontraba algún trozo de madera al que encontraba parecido con una cara, un animal o alguna forma dada por la naturaleza, “que con un poco de imaginación y herramientas, muy poco apropiadas, conseguía modelar o tallar”.imagen

Era normal, por lo tanto, que se aficionara a las imágenes talladas, que contemplaba tanto en la Semana Santa como en las visitas a exposiciones, de forma especial al Museo Nacional de Escultura, con sede en Valladolid.

Compaginó los estudios de bachillerato con las enseñanzas plásticas, por las tardes, y más adelante se matriculó en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos, de donde salió como graduado en Artes Aplicadas (técnico de volumen).

El primer encargo profesional fue una imagen de un Cristo crucificado y muerto tallado en madera de roble, que se encuentra en la iglesia parroquial de Villasrrubias (Salamanca).

Desde entonces ha pasado casi un cuarto de siglo y tiene trabajo a lo largo de todo el año, si bien los meses previos a la Semana Santa son los de mayor actividad. Es cuando surgen todo tipo de encargos y arreglos. Sus clientes son los obispados, las iglesias y las cofradías, aunque atiende todo tipo de pedidos. Hace poco ha hecho un Cristo para una compañía de teatro.

Como buen artesano, para Tapia es fundamental contar con una buena materia prima. La mejor madera para realizar las imágenes es la de Castilla y León, ya que “se ha acostumbrado de forma natural a los fuertes contrastes de esta tierra”.

Teniendo en cuenta que las tallas se realizan a partir de diferentes tablones ensamblados, “podemos tener un problema muy serio si empleamos material del Norte de Europa”. La madera que prefiere es la del pino regional y el nogal de la provincia de Soria.

Gregorio Fernández como referente

El máximo exponente de la denominada Escuela Castellana ha sido uno de sus principales maestros, aunque solo haya sido por la cantidad de obras con las que se ha embelesado. Más allá de las influencias recibidas, los encargos que atiende sobre un cristo o una escena concreta le llevan a documentarse con un repaso al listado de obras realizadas con anterioridad.

A partir de ahí diseñará su propia obra, “sin salirme del estilo castellano, del que no podría alejarme aunque quisiera”. “Algunas veces me dicen que una obra recuerda a Gregorio Fernández, y la verdad es que no me molesta en absoluto (ríe)”.

Eso sí, el gran maestro no disponía de los grandes avances de los que hoy se benefician sus sucesores. “A veces realizo diseños o pequeñas operaciones por ordenador y me pregunto hasta dónde habría llegado Gregorio Fernández si hubiera tenido los medios de los que hoy disponemos”.

Como recuerda Tapia, los grandes autores clásicos lograban una expresión en el rostro o las manos muy conseguida, gracias a la pericia y a tener unos modelos muy bien escogidos.

Los sayones o verdugos “se copiaban de gente ruda, que trabajaba en el campo, con una musculatura natural, muy diferente a la musculatura de gimnasio a la que estamos acostumbrados”.

La labor del imaginero necesitaba modelos a tamaño natural que posaran durante horas y días, lo que llevaba a emplear a personas de extracción social muy baja, a la que se podía tener un día entero a cambio de una comida. Por el contrario, “nosotros hacemos la foto del músculo o de la mano, disponemos de dibujos…”.

Obras artesanas

A pesar de los avances tecnológicos, las obras realizadas en el taller ‘Aquí se hacen santos’ son eminentemente artesanas, con las mismas técnicas empleadas hace cuatro siglos y con productos y materiales como huevos frescos, ajos, pan de oro de 24 quilates, cola de conejo, yeso muerto, bol de Armenia, lino natural, madera de pino, goma laca, pigmentos y tierras naturales o pintura al óleo.

Como apunta el artista, “los mismos procedimientos, tratamientos y técnicas que se realizaban en los antiguos talleres de imaginería se realizan en este taller”. Antes de empezar la obra, se realizan varios bocetos de la imagen, “que marcan las pautas que debe seguir el proyecto”. En algunas ocasiones también se realiza una maqueta a escala.

Una creencia muy extendida es que el imaginero trabaja a partir de un bloque de madera extraído sin más del árbol, pero lo cierto es que se construye a partir de tablones de diferentes medidas. La dirección de la veta y la orientación de los anillos de crecimiento son muy importantes a la hora de unir los tablones.

Antes de concluir el proceso completo de talla, se abre la figura a la mitad y se vacía, “dejando un grosor uniforme de dos a tres centímetros”. Desde dentro se trabajarán mejor algunos detalles y se podrán colocar los ojos, piezas de cristal en forma de pequeñas bombillas.

Y un último truco: el ajo frotado sobre la madera es un tapaporos ideal y un eficaz fungicida que se emplea en la preparación de la base para la policromía.

 

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