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Patrimonio Inmaterial de Bercianos de Aliste

Por José Luis Alonso Ponga (Centro Latino Americano de Estudios sobre la Religiosidad Popular de la UVA)

La Semana Santa de Bercianos de Aliste recibió el 22 de enero la declaración de Bien de Interés Cultural Inmaterial, novedad de gran relevancia porque nos sitúa ante el primer reconocimiento de esta categoría  a un evento semanasantero. Es de agradecer la decisión en estos tiempos en los que el título de Bien de Interés Turístico Internacional aplicado a la Semana Santa se encuentra devaluado por un exceso de declaraciones, algunas de dudosa categoría. Es de agradecer, digo, que la Consejería de Cultura y Turismo, consciente de la importancia de la Semana Santa de Bercianos de Aliste, haya decidido protegerla con este nombramiento

En la declaración se hace alusión a que la Semana Santa “constituye una relevante y singular manifestación cultural con orígenes en el s. XVI y que se ha mantenido inalterada hasta nuestros días, transmitiéndose de padres a hijos como un patrimonio vivo y seña de identidad de toda una comunidad”.  El mérito es del pueblo entero; sin él sería imposible poner en marcha,  año tras año,  estas celebraciones.  La Semana Santa de Bercianos se mantiene porque los cofrades, que son los paisanos, la llevan muy adentro. Pervive porque los vecinos la forjan año tras año con el respeto y recogimiento con el  que sólo se viven los misterios  del alma.

No son actores que representan guiones de un teatro popular pasionista, en un escenario local; son  un concejo y una comunidad cofradiera que se recrean a sí mismos y se refuerzan periódicamente como grupo; que rememoran las tradiciones de los antepasados, que perpetúan en cada tarde de los días santos los mismos ritos que durante siglos practicaron otros, cuya memoria se perfila y actualiza en la sombra de las imágenes, y se cuela entre los abanicos de las capas pardas.  Ello no impide que se hayan convertido en actores a su pesar, protagonistas para  un público que se lanza cada vez con más desconsideración  y menos respeto sobre las procesiones impidiendo, a veces, el correcto desarrollo de los ritos.

José Luis Alonso Ponga
José Luis Alonso Ponga

Los turistas acuden atraídos por las capas pardas, alistanas, las de chiva de toda la vida, indumentaria típica de pastores y campesinos que lo mismo servía para trabajar en el campo o guardar el rebaño, que para asistir a las reuniones del concejo y a las juntas de cofradía, o acompañar a los difuntos hasta la tumba.  Con ellas desfilan los hombres el Jueves Santo por la tarde en la procesión del Via Crucis.

Pero lo que más llama la atención a los foráneos es la túnica blanca con el capillo del mismo color, antiguo traje de penitente de sangre y de luz  que ahora, perdido el significado de las mortificaciones cruentas de otros siglos, se mantiene como la indumentaria de la hermandad. Ellos lo denominan “la vestimenta”, pero fuera de Bercianos  se conoce como “la mortaja”. Esta manera impropia de llamarla se debe a un periodista que, allá por los años sesenta, comenzó a darle ese nombre porque tenía más morbo, vendía más en aquella “España invertebrada”.

También entonces se empezó a decir  que era el regalo de la novia o la recién casada al marido el primer año de matrimonio.  Ambas construcciones  periodísticas tomaron carta de ciudadanía entre las múltiples explicaciones de la Semana Santa, y el morbo de ver desfilar a gente con la ropa de la  última despedida comenzó a atraer a curiosos y sobre todo a vender un espectáculo.  Tanto el Jueves como el Viernes Santo los vecinos desfilan, en un recorrido pautado, hasta el calvario marcado con tres cruces de piedra. Y lo hacen con la seriedad y reverencia que requieren los rituales heredados de los antepasados. Marchan en fila  ajenos a los turistas que miran desde la orilla del camino o desde los montículos adyacentes. Ascienden procurando no perder la fila, zigzagueando entre fotógrafos aficionados que no respetan ni siquiera el rito que pretenden capturar con sus objetivos.  Así procesionan el denominado Cristo de la carrera o de la cofradía en la tarde del Jueves Santo, y la urna con el Cristo desenclavado en la Procesión del Santo Entierro.

Impresiona el “Miserere castellano” compuesto por un arzobispo de Buenos Aires, extendido y popularizado por algunos misioneros  como el Beato José de Cádiz, que recorrieron el mundo rural, según decían ellos, para “misionar”, amedrentando a la gente humilde con fuegos infernales y creando una conciencia de culpabilidad que ha tardado siglos en desaparecer.20_alonso_ponga_03

 

Pero la Semana Santa de Bercianos es mucho más que esto; es, qué duda cabe,  un producto cultural, pero sobre todo es la concreción  de toda la estructura económica, social, cultural y religiosa que se vive a lo largo del año. La cristalización de un mundo de relaciones entre los vecinos y de interdependencias entre éstos y las autoridades, de unión espiritual entre la comunidad de los vivos y la de los difuntos. La puesta en escena durante estos días se entiende mal sin saber que ha contribuido a conservar  y actualizar relaciones de origen concejil, perdidas ya  en otros lugares de la misma comarca.

No se comprende bien sin conocer que estas manifestaciones , aparentemente anacrónicas, están perfectamente interiorizadas por los nacidos en Bercianos  que, vivan o no en el pueblo, sienten la llamada de su identidad y acuden a participar cada Jueves y  Viernes  Santo de su cultura, a rememorar las pequeñas historias que dan sentido a la vida del hombre. Es todo menos espectáculo pasajero. Por eso es imposible trasladar estos ritos a otros lugares, ni cambiarlos de fecha en el propio  pueblo.

Bercianos de Aliste se erige de esta manera en un faro que atrae a los interesados en conocer, vivir y participar, en la medida de lo posible,  en la hondura que se percibe en este  Patrimonio Cultural Inmaterial. Al ser un evento que trasciende los días del Plenilunio de Primavera, porque hunde sus raíces en la vida cotidiana en las ocupaciones agroganaderas  de los pobladores, que muestra los valores de las comunidades tradicionales de estas tierras, estaba  reclamando con gritos silenciosos un hueco en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial. Este primer paso plasmado en el BOCYL del 22 de Enero debe ser origen de desarrollos posteriores hasta convertir a Bercianos de Aliste en un punto nuclear del desarrollo  Turismo-Patrimonial no sólo en estas fechas. Debe convertirse en  centro referencial de la comarca de Aliste, Tierra de Tábara, de  Alba  y Tras Os Montes.

El valor de la Semana de Bercianos, al menos desde mi punto de vista, es tan excepcional que  desde el Centro Internacional de estudios sobre la Religiosidad Popular: SEMANA SANTA nos gustaría que se construyese como punto de referencia Latinoamericana para el estudio, desarrollo y conservación de la Semana Santa Rural, y en  ello estamos trabajando, pero para conseguirlo, y perdón por la expresión coloquial terracampina, “tenemos que tratar con el padre de la novia”, que en este caso es La Diputación Provincial de Zamora. Confiamos, entre todos, llegar a buen puerto.

Una pasión restaurada

La iglesia del Monasterio Nuestra Señora de Prado, en Valladolid, ha acogido la muestra ‘Bercianos, la pasión de un pueblo’, en la que por primera vez se ha podido ver lejos de la localidad zamorana los iconos más destacados de su Semana Santa. La exposición seguía al proceso de restauración de estas piezas llevado a cabo en el Centro de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Castilla y León, ubicado en Simancas. La consejera de Cultura y Turismo, Alicia García, señaló durante la inauguración que  la muestra “trasciende el concepto tradicional de exposición de enseres para convertirse en un relato y una muestra escenográfica de un hecho cultural completo”, al recoger una doble representación: la manifestación cultural de la Semana Santa de Bercianos y la recreación del sentir de un pueblo a través de la obra de autor.

La Semana Santa de Bercianos de Aliste constituye una realidad cultural compleja, una obra de arte total, donde se interrelacionan los valores tangibles e intangibles que abarcan ritos y costumbres, indumentaria tradicional, belleza plástica de arte sacro y arte mueble, manifestaciones musicales o cultura gastronómica, todo ello generado a partir de la obra colectiva de un pueblo.

La exposición plasmaba un nuevo concepto a la hora de intervenir en el patrimonio cultural a través de una visión integradora entre el conocimiento y la investigación de la cultura tradicional y la delicada tarea de restauración y conservación de piezas y documentos llevada a cabo en el Centro de Restauración y Conservación. Una visión integral sobre el patrimonio que huye de la tradicional división de épocas, estilos y artes para convertirse en un hecho cultural global, que une todo ello al proceso de restauración y divulgación del patrimonio.

El recorrido por la exposición se iniciaba con una zona fotográfica, situada a ambos lados de la sala, con instantáneas de los fotógrafos Félix Marbán Junquera y Rafael Sanz Lobato. Las fotografías del zamorano Félix Marbán, tomadas en los últimos años, pretenden documentar tanto la vida cotidiana como los momentos especialmente emotivos de la Semana Santa de Bercianos, con protagonismo del retrato y los grupos humanos.

Por su parte, el realismo documental de las fotografías del sevillano Rafael Sanz procede de la procesión del Santo Entierro de los años 60 y 70. También se exhibía un documental con la esencia de la Semana Santa de la localidad, que daba paso a una recreación de las procesiones del Jueves y Viernes Santo a través de dos fotografías de gran formato y varias figuras de cofrades.

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