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Historia del jardín más emblemático de Valladolid

Por Alberto y César Fernández

“Los siglos depararon impunidad al enclave, que permaneció baldío hasta que, a finales del siglo XIX, se convirtió en protagonista del sueño más recurrente del alcalde Miguel Íscar; hacer crecer en él un jardín único, de perímetro inquebrantable y entrañas sinuosas, frondoso y fértil, elegante y señorial; y, sobre todo, llamado a trascender y a convertirse, con el tiempo, en indiscutible icono ciudadano”. De esta bella manera la catedrática doña María Antonia Fernández del Hoyo nos expresa lo que es para ella el tan amado vergel y parque histórico de esta Noble y Leal Ciudad de Valladolid.

Hablar del Campo Grande como hoy lo conocemos es olvidar su legado histórico, importante por el uso que siempre se ha recurrido a él, cuando las necesidades lo han permitido. Su forma y extensión inmutables a lo largo del tiempo, siempre ha sido un vasto triángulo, espacioso pero baldío. Antolínez siempre se refería como “Espacioso Campo” [Historia de Valladolid, 1887 pág. 17]. La primera de sus designaciones, “El Campo de la Verdad”, se da por un duelo mantenido entre dos caballeros, don Alonso de Carvajal y Pedro de Burón en el siglo XV.

También se le conocía como “Puerta del Campo”, por ser la entrada de la ciudad, además de las numerosas contiendas militares a lo largo de los siglos. De ellas le valió un nombre que con el actual se mantuvo casi hasta el final, mediados del siglo XIX, “Campo de Marte”.

Las festividades religiosas iniciada por la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz, el Jueves Santo, elaboraba su carrera oficial saliendo del Convento de San Francisco hasta su Humilladero ubicado en este espacio. La festividad de mayo, celebrando la Santa Cruz, se realizaba su pertinente Acto Litúrgico en su Humilladero, de la Penitencial.

Una de sus utilizaciones más sombrías, como lugar de ejecuciones, tanto de la Inquisición o de la Jurisdicción Civil, según Agapito y Revilla se le conocía también con el sobre nombre de la “Hoguera” o el “Brasero”, en ese mismo espacio posterior, se llamó “Campo de Feria” en el siglo XIX. Los Autos de Fe fueron frecuentes y muy activos en los siglos XVI y XVII, partiendo de la Plaza Mayor, llegando hasta él.

Ya como su última actividad, la feria de ganado de San Miguel, “con ganado mular y caballar en número de hasta dos mil”. Sin duda tal actividad dio también notoriedad al Campo. Un extranjero, Jouvin, en 1672, habla del “gran mercado de ganados, llamado el Campo”. (Campo Grande de Valladolid. Una Historia de Siglos. María Antonia Fernández del Hoyo).

Todos estos nombres siempre tuvieron como origen la palabra “Campo”, quedando como final “Campo Grande”. Como podemos observar múltiples ocupaciones y otras menos importantes llegaron en este maravilloso espacio de nuestra bella ciudad.


¿Pero cuándo se reconvierte en la utilización actual?
El problema radicaba en que era un terreno pedregoso, árido y sin agua. El primer intento serio de convertirlo en un maravilloso y bello jardín empezó entre 1787 a 1788 y fue a cargo de don Jorge Astraudi, Corregidor e Intendente del Rey Carlos III para la provincia de Valladolid. Lo realizó utilizando el perímetro del mismo. Plantó 1.800 árboles de olmo negrillo, separándolos con una distancia aproximada de 20 pies, repartiéndolos en cuatro filas, que estas formarían 3 calles, siendo la central la más ancha, para el tránsito de carruajes y las otras para uso de viandantes.

En las calles que comunicaban el Paseo Filipino y el lado de Recoletos, se dispuso de unas anchuras de 40 y 20 pies para las laterales. En la Puerta del Carmen siguiendo la misma disposición, don José Reconcho y Mata costeó 320 árboles y el acondicionamiento del pavimento igualándolo y quitando los charcos. En el interior se formaría con dos plazas circulares. La grande en el centro, con un diámetro de 420 pies y acompañada por tres hileras de olmos, separadas por dos calles. La interior para peatones y la exterior para vehículos.

De esta se formaban, radialmente, seis paseos más, repartiendo la utilización para ambas cosas. Para impedir el acceso en las de peatones, se colocaron fragmentos de columnas. En los segmentos entre la plaza y las calles se plantaron 10 árboles y se colocaron 24 bancos de madera, labrados y pintados de verde.

El paseo principal de la plaza conducía al Convento de San Juan de Letrán, siendo esta más ancha de unos 46 pies, disponiendo de bancos pintados en blanco con adornos de cuatro leones de piedra, dos a la entrada y dos a la salida. Enfrente de este paseo, se hallaba similar otro, que conectaba con la plaza pequeña de unos 198 pies de diámetro. Estaba situada enfrente del Hospital de la Resurrección, compuesta por tres filas de árboles, disponiendo de varias salidas a la ciudad hacia la Puerta de Madrid.

Los cuatro paseos restantes de la rotonda grande se dirigían, dos en Recoletos y otro al Camino de Madrid o Acera de Sancti Spíritus. Buscaba ser simétrico, regular, geométrico, de estilo clásico, a esto se le denomina Francés, que es lo que estaba a la moda de ese siglo. Este hermoso esfuerzo en un principio compensó toda la trasformación. Pero esto no duró mucho tiempo, ya en 1835, los descuidos en de las zonas hacían que se perdieran árboles y siguiendo en esta línea, desaparecieron en más zonas y todo ello, se formó por la mala calidad de tierra y la carencia de regadío, que resultaba bastante caro de mantener.

Tuvo que esperar a la llegada del Ilustre Don Miguel Íscar, que tomando posesión oficial el 1 de marzo de 1877, se propuso “…de la próxima presentación al Ayuntamiento de un nuevo y bonito plan para el arreglo de paseos y jardines en el Campo Grande, muy parecido al que se ha adoptado últimamente en Barcelona” (Campo Grande… M. Antonia Fernández del Hoyo).

La primera acción que elaboró, fue la creación de un equipo de personas cualificadas comandadas por don Francisco de Paula Sabadell y Oliva y su tío don Ramón Oliva, un importante jardinero barcelonés, quien diseñó las traza y planes que utilizó su sobrino para este cometido.

Miguel Íscar destinó inteligentemente los recursos, cambiando el arbolado, sustituyo los sustratos, por tierra vegetal y soluciono el problema más importante, el riego, construyendo una tubería suficiente para tener conectado todo el terreno, utilizando las aguas del Canal del Duero.

Otra de las obras más interesantes fueron el “Estanque” y la “Cascada”, que comenzaron en enero de 1879, con un costo presupuestado en 26.340 pesetas. Se colocaría entre la antigua glorieta y la carretera más cercana del colegio Filipinos, una obra ornamental, la de la “Cascada”, y fue ideada por don Ramón Oliva. Para ello ideó una montaña artificial, con un fuerte muro de contención, se utilizó la vieja piedra de la Casa Consistorial antigua, además de comprar rocas de derribos de otras.

Se pensó en recubrir la estructura con piedra ornamental, pero la edificación corría peligro y fue supervisado por el arquitecto municipal, Sr. Sierra, no habiendo problemas y se decidió colocar en el interior de la gruta unas estalactitas naturales, obtenidas en la cueva de Atapuerca de Burgos, que tras un litigio entre el Ayuntamiento de Valladolid y la Comisión Provincial de Monumentos, Sociedad Antropológica Española, Ingenieros de minas y miembros de la Corporación de Burgos, interviniendo al final el “Ministro de Fomento puso fin a la disputa ordenando la entrega de las tan controvertidas estalactitas al Ayuntamiento vallisoletano” [El Norte de Castilla, 17 abril 1880]. (Campo Grande… M. Antonia Fernández del Hoyo.) Pero todos estos esfuerzos no fueron suficientes, por su repentina muerte en Madrid a causa de un derrame cerebral en 1880.

Ya en 1881 la cascada era el principal elemento ornamental de este bello jardín. Con todo, sus logros eran la zona ajardinada situado a la izquierda del actual Paseo de los Príncipes, a partir de 1881 hasta 1895, se siguen los trabajos intermitentes en la zona del triángulo delimitado por ese paseo, el de Zorrilla y la zona más occidental de los Filipinos.

Fue en el segundo mandato de Ramón Pardo [1894-1895], que le otorga un paisaje creado en el sector más situado cerca del Hospital Militar, denominándose como “Los Países Bajos”, además de completar el ajardinamiento en el Paseo de los Príncipes.

En el invierno de 1894, se ocupa de arreglar jardines y la construcción de una casita para los guardas. Hoy se puede razonar que es la que hay como si fuera tipo suizo y se utiliza para guardar los útiles de jardinería. Se pospuso el gran proyecto de la verja monumental, que se consideró en 1879 trivial y cara, siendo un grave error estas afirmaciones y que, a la larga, lo pagó. Siendo un problema en el nuevo siglo, que se tuvo que solucionar. Se intentó el cerramiento en cuatro ocasiones, 1899, 1903, 1904 y 1930, pero por la carencia de recursos se tuvo que posponer este proyecto. Se logró en 1949, por fin la colocación de una malla metálica soportada por postes de tubos de hierro sujetadas sobre zocalillo de hormigón y que posteriormente se fue sustituyendo por el sistema actual.

Sobre la edificación de edificios podemos decir que el más importante es el Teatro Pradera, el cual nace y se edifica en 1909 y se derriba en 1968, pensado sustituirlo en un principio por un hotel o casa social, dejándolo en unos jardines con la efigie del escudo de la ciudad.

En esta revisión histórica no podemos olvidar lo que hoy día es el alma de este parque y de nuestra ciudad, que es sus animales y todas las especies botánicas que habitan en él. Que como en un oasis en un desierto convive con nuestra urbe. Que nos permiten además de compartir sus vidas, nos muestra una paz y un sosiego, necesario para por un instante abandonar todo nuestro mundo.

Si quisiéramos leer los jardines que alberga el Campo Grande no encontraríamos una mezcla de varios estilos y épocas, aunque el más predominante es el silvestre y boscoso. Si nos adentramos desde la Plaza Zorrilla contemplamos a la izquierda el llamado escudo floral; una composición floral victoriana del escudo de la ciudad de Valladolid, cuyos setos son rellenados por plantas de vivos colores en amarillo, rojo y lila. Si seguimos el paseo del Príncipe, a la derecha veremos curiosa fuente, la del cisne. Una alegoría a bellas sirenas coronadas por un hermoso cisne en su máximo esplendor.

Un pavo real luce sus encantos en el Campo Grande. Fotografía: Aitana Sánchez
Un pavo real luce sus encantos en el Campo Grande. Fotografía: Aitana Sánchez

Esta fontana clasicista se encuentra rodeada por una pérgola, a modo de claustro verde abierto por ambos lados.

Si abandonamos el recto paseo del Príncipe, nos adentramos por caminos de tierra con puentes rústicos, tan de moda en el siglo XIX, que salvan los pequeños riachuelos que transcurren a lo largo del Campo Grande. La cascada da paso a una gruta más natural que las renacentistas. De construcción artificial para ubicar un mirador en su parte más alta, al que podemos acceder a través de unas escaleras irregulares hechas con piedras hundidas directamente en el suelo.

La fuente de la Fama se encuentra en un amplio espacio rodeado de una arboleda espesa compuesta no solo por especies autóctonas, como si lo atestiguaran las palmeras que se abren paso entre vegetación. El lago, también de construcción artificial, se ha situado estratégicamente, escondido entre la espesa arboleda. El lugar donde mueren los diferentes riachuelos que recorren el Campo Grande para gran deleite de patos y cisnes.

A lo largo de nuestros recorridos también encontramos estructuras usadas como la caseta para el jardinero, situada en una zona más sombría para que no quite ni la luz ni el protagonismo a lo que realmente es importante. Un bonito jardín de rosaledas con arcos de sujeción para enmarcar vistas y formar caminos, muy visitados estos, por pavos reales y ardillas atraías con la gratitud gastronómica de parte humana.

En el Campo Grande hallaremos una manipulación difícil y costosa de agua, en un entorno con influencias del paisajismo inglés del siglo XVII huyendo de la formalidad francesa y holandesa con caminos zigzagueantes a través de la naturaleza virgen. Pero también alfombras florales que decoran parterres isabelinos y franceses, la simetría formal se funde con la libertad de la que está dotada la naturaleza satisfaciendo a la mayoría de las virtudes.

 


Bibliografía:

-Cómo leer jardines. Lorraine Harrison. H. Blume.

-Lo regular e irregular en un jardín. Arq. Fernando BRITOS. Docente de Historia de los Jardines. Escuela de Jardinería Prof. Julio Muñoz.

-Campo Grande de Valladolid. Una Historia de Siglos. María Antonia Fernández del Hoyo. Ayuntamiento de Valladolid 1981

-Catálogo Monumental de la Provincia de Valladolid. Tomo XIII. Monumentos Civiles de la Ciudad de Valladolid. J. J. Martín González. Instituto Cultural Simancas Valladolid 1983.


Fotografías: César Fernández

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