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Variedades que aportan acidez en tiempos de cambio climático

Los investigadores de Itacyl rastrean antiguos majuelos en busca de tipos de uva que quizá presidan las mesas de cata dentro de una década

Ricardo Ortega

Son decenas de variedades las denostadas por los viticultores de antaño y hoy recuperadas por los investigadores de Itacyl, que las detectan y catalogan para valorar su potencial enológico antes de lanzarlas a un proceso que finalizará con su reconocimiento por la Oficina Española de Variedades Vegetales, por la normativa autonómica y, como último paso, por el reglamento de alguna de las DO presentes en Castilla y León.

El técnico Enrique Barajas destaca que son varias decenas de variedades las que han pasado por los laboratorios del instituto, y varias se incorporan al proceso todos los años. En el estudio se han localizado 129 variedades y se han detectado 88 sinonimias y 27 variedades únicas.

El primer tipo de uva registrado en la Oficina Española de Variedades Vegetales, dependiente del ministerio, fue la bruñal, de la DO Arribes, que quedó inscrita hace una década.

Un caso singular es el de la variedad Cenicienta, una tinta hallada en la comarca de la DO Rueda y llamada así por el tono que presentan sus hojas, según Barajas. “Las microvinificaciones realizadas en la Estación Enológica de Castilla y León han dado resultados muy positivos”, por lo que desde Itacyl se considera que tiene potencial comercial.

Podría estar registrada en 2023. También se han recuperado algunas como la Negro Suarí en la DO León o la Áurea en la DO Toro.

Las variedades minoritarias “son aquellas que tradicionalmente han sido abandonadas porque no cumplían las expectativas del viticultor, probablemente porque no acababan el ciclo”, mientras que muchas hoy sí lo hacen como consecuencia del cambio climático.

Interés ante el cambio climático

“Además, cumplen ese ciclo con unos niveles de acidez muy correctos”, señala el investigador, para quien estas ‘castas’ suponen “una oportunidad” para atenuar las consecuencias del cambio climático, además de enriquecer el mapa vitivinícola y las mesas de cata, “con nuevos sabores y matices”.

Sin perder de vista que “en aquellas zonas en las que se detectan estas variedades se aporta el plus de la tipicidad”, ya que se trata de variedades muy adaptadas a sus zonas de origen.

Lo importante ahora es comprobar cómo serían las producciones de estas variedades, de ciclos muy dispares, y qué resultados darían en su vinificación.

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