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Pitidos en la noche

La reflexión es poco habitual, pero necesaria: un resto arqueológico extraído del lugar donde lo hallamos pierde la mayor parte de su valor. No seamos tolerantes con quienes expolian el patrimonio

Rafa Varón, arqueólogo Miranda, Ondare BabesaRafael Varón. Arqueólogo. ArkeoClio

Vaya por delante que, como arqueólogo, no tengo nada en contra del uso de tecnologías. Más allá de la imagen de provecto profesor en veraniego pantalón corto, barbita blanca, aspecto de sabiduría y dotado de una paciencia infinita con sus estudiantes que impregna el imaginario colectivo sobre nuestra actividad, hay un buen número de profesionales, científicos y comerciales que han hecho grandes avances arqueológicos a partir del buen uso de las herramientas tecnológicas disponibles, tanto de las físicas como de las virtuales.

Algunas de estas tecnologías son realmente baratas, estando ya al alcance de cualquier persona. Desde investigadores en su despacho universitario, o en su gabinete privado, hasta buenos e incansables aficionados que participan en proyectos de protección cultural y arqueológica desde la pantalla de su ordenador, en su hogar.

No obstante, como nos pasa con otros numerosos avances, estos acaban siendo usados por desaprensivos que lo son bien por estulticia o, sencillamente, por mero afán de ser dañinos. Esto sucede con los detectores de metales, que en nuestro caso son unos aparatos que sirven para localizar restos metálicos ocultos bajo la tierra. La maquinita no es en sí mismo peligrosa, y su uso está extendido en la práctica arqueológica. Son muy útiles manejadas por personal formado para su aplicación en ámbitos patrimoniales, como en prospecciones dedicadas a la localización, por ejemplo, de escenarios bélicos de la antigüedad.

El peligro está en aquellas personas que los usan para robar el material arqueológico metálico que se localiza en nuestros campos. Vaya, creo que he puesto robar. No se engañen, y no se dejen engañar. Protegidos por la luna, y armados con un aparatito que emite pitidos, hay apandadores que nos sustraen nuestra historia, esa que podemos intentar reconstruir con objetos recuperados de sus contextos arqueológicos. Porque es así: una pieza sacada del sitio al que pertenece pierde la mayor parte de su valor para recomponer el pasado. El suyo y el mío.

Disfrazados de eruditos y falsos especialistas, armados con un discurso egoísta y mentiroso (“para que esté tirado está mejor en mi casa”), estos indeseables pasan de usar una tecnología puntera por una más sencilla. Una vez concentrado el pitido no les queda más remedio que doblar el riñón y, con una azadilla, perforar el suelo y hurtar una pieza sin mirar lo que es, dañando el sustrato arqueológico.

En nuestra cabeza biempensante nos asombra e indigna que peligrosas organizaciones terroristas internacionales tengan entre sus objetivos destruir el patrimonio cultural de sus enemigos, eliminando físicamente los restos o haciendo que estos desaparezcan en el mercado negro. Sin embargo, somos capaces de justificar que un vecino nuestro haga merodeos nocturnos y se lleve nuestra historia por mero afán de urraca egoísta, atraído por el brillo de la pieza y, en muchas más ocasiones de las que creemos, para traficar ilícitamente con un pasado menguante.

*Reflexiones realizadas a partir de la noticia de la detención, por parte del Seprona de la Guardia Civil, de varias personas acusadas de saquear un campamento romano en el norte de Burgos, en mayo de 2017.


“La arqueología nos ayuda a comprender y planificar el territorio”

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